
Oriol Ges, el secretario de Organización de Aliança Catalana, ha criticado en redes sociales que los presos de las cárceles catalanas tengan servicios como «piscina, gimnasio y hasta depilación láser gratuita» mientras los pacientes de los hospitales públicos catalanes – cita el caso del Hospital de Sant Pau, en Barcelona, pero es una práctica extendida en los centros sanitarios de esta comunidad autónoma – han de pagar por ver la televisión en sus habitaciones.
Oriol Ges se ha consolidado como el «cerebro» que dota de contenido la retórica xenófoba y unilateralista de la formación de Ripoll. Ges no es un recién llegado a la política catalana, aunque su trayectoria ha estado marcada por el entrismo y la discreción.
Antes de desembarcar en el proyecto de Orriols, intentó permear en formaciones locales como Impulsem Manresa, donde fue señalado como un «infiltrado» de la extrema derecha. Su capacidad para transitar desde el independentismo institucional hacia posiciones etnicistas demuestra un pragmatismo inquietante en la nueva derecha catalana.
El perfil de Ges es el de un ideólogo que no teme al conflicto. A través de sus escritos y blogs, ha defendido durante años que la única vía para la supervivencia de Cataluña es la ruptura total y el rechazo a lo que él denomina la «clase política autonomista farsante». Sus tesis alimentan el discurso de Aliança Catalana, centrando el objetivo no solo en Madrid, sino en los propios partidos separatistas tradicionales a los que acusa de traición.
Su nombramiento como asesor de Aliança Catalana en el Parlament ha levantado ampollas incluso dentro de las filas soberanistas. El motivo es puramente económico: Ges percibe una retribución anual superior a los 77.000 euros, un sueldo que supera al de la mayoría de alcaldes de las capitales de provincia catalanas.
Desde su posición en la sombra, Ges ha sabido articular el giro hacia el apoyo internacional a figuras como Donald Trump. Su visión del mundo no se detiene en la frontera de los Pirineos; busca conectar el nacionalismo identitario catalán con las corrientes del populismo de derecha global. Es él quien traduce los principios del «Catalonia First» a una estrategia política ejecutable en las urnas.
La influencia de este asesor es determinante para entender por qué Aliança Catalana ha logrado robarle la cartera a Junts en el discurso del orden y la seguridad. Mientras los de Puigdemont se pierden en tecnicismos jurídicos, Ges dota a Orriols de consignas directas y agresivas que conectan con un electorado de derechas que se siente huérfano de representación contundente.
A pesar de su retórica hispanófoba, Ges es un producto genuino del ecosistema político catalán de las últimas décadas. Su paso por las JERC le permitió conocer desde dentro los mecanismos de movilización juvenil que ahora aplica para alimentar un nacionalismo excluyente. Su evolución es el síntoma de una parte de la sociedad que ha pasado de la demanda de autogobierno a la hostilidad abierta contra todo lo que huela a pluralidad.
El futuro de Aliança Catalana depende, en gran medida, de que la dupla Orriols-Ges mantenga su cohesión. Mientras ella pone la cara y el mitin, él gestiona la estrategia y, sobre todo, los recursos que el sistema parlamentario pone a su disposición. Es la alianza perfecta entre el carisma populista y el cálculo del apparatchik que ha encontrado su mina de oro en la crisis del «procés».
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