Entrevista a Rubén Amón: “Sin TV3, el ‘procés’ no habría llegado tan lejos”

El periodista Rubén Amón.

Antes en El País y ahora en El Confidencial, Rubén Amón (Madrid, 1969) es uno de los periodistas españoles más reputados de su generación. En El Catalán, hemos querido conocer sus impresiones sobre el procés, asunto que aborda con frecuencia en sus columnas y sobre el que se muestra optimista por dos motivos: “el hartazgo de la sociedad catalana y un posible viraje del independentismo hacia posturas más moderadas”.

Se ha mostrado muy crítico con el pacto entre PSOE y Podemos. En relación a Cataluña, ¿es un acuerdo positivo?

En mi opinión, es un acuerdo temerario. No es positivo porque conocemos la postura de Pablo Iglesias sobre el modelo territorial o el derecho de autodeterminación. Esos principios son muy complicados de sobrellevar por un gobierno socialista que, aunque tiene como último extremo el federalismo, no aspira a crear desequilibrios entre las comunidades. Ni mucho menos, ahondar en la obsesión identitaria. Y no otra cosa significa cohabitar con Iglesias, un líder que visitó a Junqueras en la prisión y que considera que todos los procesados en el procés son presos políticos. Por no hablar de su amistad con Rufián, de sus vínculos con Esquerra y de su simpatía por Arnaldo Otegui. A mí todo eso me parece muy, muy inquietante.

Usted hizo público antes de las elecciones que votaría a Ciudadanos. ¿Qué debería hacer el partido para recuperarse del descalabro?

Para mí, ese descalabro es una desmesura. La factura del adelanto electoral la ha pagado sobre todo Albert Rivera. Es cierto que ha cometido muchos errores. No ha sabido gestionar sus grandes victorias, como la de Cataluña o los 57 diputados. Pero después el partido ha sido expuesto a un tormento que no está a la altura de las errores cometidos. Así como Iglesias ha redimido su desastre siendo vicepresidente, Rivera no ha podido redimir su catástrofe continuando en el partido.

En cuanto al futuro, el primer problema de Cs es sobrevivir al modelo del cesarismo y del hiperliderazgo. En definitiva, sobrevivir a Rivera. El segundo es cómo recuperar un votante que no existe. Y es que la virtud de Cs es su límite: contar con un votante de perfil ideológico poco marcado y sin convicciones identitarias pero decididamente pragmático. La pregunta es: ¿se puede ser pragmático con sus escasos diez diputados? Es verdad que tiene un buen líder, Inés Arrimadas, pero también que, como otros partidos liberales en Europa, debe conjurar el riesgo de la extinción.

En otro artículo, crítica que Vox pretenda neutralizar el soberanismo catalán desde el nacionalismo rojigualda. ¿Por qué le parece una mala idea?

No se puede cuestionar un nacionalismo desde otro. Vox exhibe en su programa una concepción excluyente de la identidad. En este sentido, resulta muy ilustrativa la forma en la que se refiere despectivamente a Manuel Valls: “el francés”. Esta visión identitaria, restrictiva, que invoca una España que no existió ni puede existir, redunda en un perfil excluyente similar al de los nacionalismos que dice combatir. Y que va contra la inercia del mundo actual. Afortunadamente, la identidad consiste hoy en la suma de rasgos y no en la resta, en la exclusión y no en la inclusión. El mundo globalizado o la Europa comunitaria —dos de los enemigos declarados de Vox— rechazan de pleno el ensimismamiento identitario que caracteriza a este partido.

La inmersión lingüística obligatoria en catalán es uno de los tótems del nacionalismo, que suele repetir el lema “la llengua no es toca”. ¿Qué le parece a usted dicho modelo?

La identidad, en un sentido positivo, se abastece de rasgos que la enriquecen. La cuestión de privilegiar una lengua sobre otra, de discriminar el castellano de una forma implícita o explicita, obedece a una gradación jerárquica impuesta por el nacionalismo según la cual una cultura debe predominar y la otra subordinarse o desaparecer. Además, sabemos que en la construcción de una identidad la lengua es el primer elemento. En el caso del País vasco no ha podido serlo porque el euskera no se habla lo suficiente. Allí pesa más la genética —recordemos el sagrado RH de Arzalluz—, mientras que el punto de partida del nacionalismo catalán es el idioma. Para exponerlo como símbolo de su identidad pero también para rechazar el castellano, argumentando que este es producto de la opresión franquista. Es agotador tener que repetir que ambas lenguas constituyen una riqueza y que no debemos renunciar a ninguna de ellas.

Pedro Sánchez anunció antes de los comicios reformar la ley audiovisual para acabar con el “sectarismo” de TV3, pero ahora ha dado marcha atrás. ¿Era una medida necesaria?

Yo creo que sin la propaganda de TV3 y su grado de complicidad con el procés, el soberanismo nunca hubiera llegado tan lejos. Se trata de un brazo mediático autorreferencial y narcisista, que no ha hecho otra cosa que promocionar una parte de la expresión política catalana en detrimento de la otra. Sin duda, no estaríamos donde estamos sin la participación del canal autonómico.

El presidente de Seat ha alertado de que podrían trasladar su fábrica fuera de Cataluña si continúan los disturbios. ¿Menguará el apoyo a la secesión si continúa deteriorándose la economía?

No, incluso puede ocurrir al contrario. Hemos escuchado portavoces partidarios de sabotear económicamente a Cataluña en beneficio de la causa. Y es que quien está dispuesto a sacrificar la convivencia, el pluralismo y la identidad compartida, también será capaz de sacrificar la economía. Por lo tanto, entiendo que incluso se vea con cierto alborozo la depauperación de la economía catalana, que tradicionalmente había sido abierta y próspera. Si la forma de perseverar en el soberanismo es deteriorar la economía, los independentistas no dudarán en hacer suyo ese objetivo.

La portavoz de Arran, la facción juvenil de la CUP, ha señalado que su organización no tiene como límite los derechos individuales o la ley, sino la razón, que sitúa en su bando. ¿Es un planteamiento lícito?

Ojalá solo fuera la postura de Arran y no fuera también la de Torra. Pero desde el momento en que Torra se jacta de haber incumplido una ley aduciendo que no es justa —es lo que hizo cuando se le juzgó por la exhibición de lazos amarillos—, se subvierte el principio de responsabilidad de las figuras institucionales. Esto es preocupante porque Arran es el movimiento ultra de un partido ultra, pero Torra es el presidente de la Generalitat, y tanto él como sus adláteres promueven el incumplimiento de las leyes. Difunden la idea, por ejemplo, de que cortar una autopista o bloquear una frontera es una manifestación y no un delito. Sin duda, uno de los saltos cualitativos dados por el soberanismo en los últimos tiempos es la naturalidad con que se fomenta desde las instituciones la comisión de delitos.

Esquerra pidió como condición al PSOE para sentarse a negociar que este dejase de referirse al problema catalán como “crisis de convivencia”. Este lo ha hecho y ha pasado a hablar de “conflicto político”. ¿En qué medida importa que se usen unos términos y no otros?

En la semántica de la propaganda, el término conflicto es decisivo. Ya lo era en el País vasco. El conflicto trata de exponer una especie de simetría perfecta entre el opresor y el oprimido. Es decir, que el oprimido lo es a expensas del opresor. De esa dialéctica surge este término perverso del conflicto.

Yo, cuando trato de explicarles a mis amigos turistas el problema catalán, les digo que es tal como se ha explicado en el extranjero, pero al revés. Así, cuando se habla de opresión, les aclaro que quien la ejerce es el soberanismo . Y lo mismo con el recorte de derechos o la discriminación lingüística. Esto les produce desconcierto, porque el soberanismo ha conseguido trasladar afuera el relato de un pueblo oprimido. Y, en ese relato, el término conflicto funciona como centro de gravedad porque crea una simetría completamente falsa. El problema es que Sánchez haya aceptado ese lenguaje contaminado.

¿Y qué pasos deberían darse a partir de ahora?

Por un lado, los excesos del soberanismo han tenido un efecto contraproducente. Entre el deterioro de la economía, los desordenes urbanos, y que el objetivo final de la patria nueva apenas se divisa, muchos partidarios de la zona mixta empiezan a cambiar de bando. Es lo que parece apuntar el último CIS catalán, que informa de una rebaja del fervor soberanista.

Por otro lado, al igual que los movimientos telúricos de la sociedad fueron advertidos por los líderes catalanes para incorporarse a ellos —Artur Mas pasó de llegar en helicóptero al Parlament a liderar la diada de 2012—, espero que las propias élites independentistas enarbolen un discurso que atenúe el fervor actual. No importa que sea un proceso lento y progresivo mientras sea inequívoco. Ambas facetas —el hartazgo de la sociedad catalana y un posible viraje del independentismo— abren una expectativa de optimismo.

Por Óscar Benítez

Twitter: @Oscar_Benitez_


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