A estas alturas de la película es sorprendente aún exista gente que defienda que Esquerra Republicana es un partido «moderado» y «sensato», en contraposición al «radicalismo» de la CUP y Junts per Catalunya.
Esquerra fue la punta de lanza del golpe de Estado secesionista, y no olvidemos que fue esta formación la que presionó brutalmente a Carles Puigdemont cuando este quiso recular y convocar elecciones autonómicas para evitar la DUI en el Parlament.
No solo eso, en ningún momento los líderes de Esquerra han cesado en su radicalismo verbal a la hora de defender la «proclamación» de la «República» y el mal llamado «espíritu del 1 de octubre».
Han sido los primeros en estigmatizar a los catalanes no secesionistas y en ningún momento han plantado cara de verdad para evitar la violencia de los CDRs y otros grupos radicales contra líderes y militantes constitucionalistas. Como fuerza de gobierno deberían haber sido los primeros, y no ha sido así.
Las mentiras de Junqueras, el famoso «España nos roba» y el «déficit fiscal», han contribuido a la desafección que centenares de miles de catalanes sienten hacia España. Josep Borrell desmontó sus mentiras en un famoso debate, pero el mensaje ya había calado en amplias capas de la población.
Esquerra no es un socio fiable, no es un socio moderado y no es un socio que juegue a favor de la convivencia. Es un partido sectario que solo busca, tal y como demostró en los plenos del Parlament del 6 y 7 de septiembre de 2017, los llamados ‘plenos de la vergüenza’, laminar los derechos de la oposición y convertir en ciudadanos de segunda a millones de catalanes.
Intentar pactar con Esquerra es un grave error que más pronto que tarde se acabará pagando.
Comentario editorial de elCatalán.es
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