Entrevista a Mikel Arteta: “En Valencia se pretende que el castellano desaparezca de la vida pública”

Doctor en filosofía política y colaborador en medios como El País o FronteraD, Mikel Arteta (1985) ha publicado Construcción nacional en Valencia, un ensayo en el que denuncia el avance de las políticas identitarias en la Comunidad Valenciana.  Tal y como explica en esta entrevista, esta operación debe su éxito a la metódica “distorsión” que el nacionalismo ejerce sobre la realidad.

En el libro alerta de las políticas nacionalistas que se están aplicando en la comunidad valenciana, sobre todo con respecto a la lengua. ¿Sigue Valencia los pasos de Cataluña?

Sí, han tomado como molde la construcción nacional catalana, a partir del Programa 2000. La base es la política lingüística. Se trata de que el valenciano le coma el terreno al castellano hasta hacerlo desaparecer de la vida pública. En la educación, en los medios, en la rotulación y toponimia y, en fin, en toda la Administración y en sus relaciones con el administrado. En este sentido, recuerdo que en los Estatutos del Bloc, partido mayoritario de Compromís, se dice literalmente que el objetivo es alcanzar la “plena soberanía nacional” del pueblo valenciano.

El ejercicio de ingeniería social es lento y sutil para no levantar recelos. Pero es profundo. No hay que menospreciar los conciertos y la organización de fiestas en la calle, con las que intentan ganarse al mundo asociativo, muy vinculado a los casales falleros. La construcción nacional va avanzando, saben hacia dónde van y tienen paciencia para dar cada paso. En la Universidad, mediante el Bloc, y en la Administración, mediante la Confederación Intersindical, abiertamente independentista, ya tienen bastante poder. En poco tiempo será difícil hacer frente a su relato.

Sostiene que en el pensamiento nacionalista es clave la metáfora de la “nación como familia”. ¿En qué consiste dicha idea?

Antes que nada, quisiera recordar que con las metáforas intentamos arrojar luz a un aspecto de la realidad social a partir de una realidad distinta. Pero, cuidado, las metáforas también pueden enturbiar más de lo que aclaran. En cualquier caso, condicionan nuestros juicios morales y modulan nuestro marco mental. Y este marco es fundamental y muy terco. La psicología social muestra lo fácilmente que ignoramos hechos evidentes cuando éstos contradicen nuestros prejuicios. Nos ahorramos la reflexión y evitamos  enfrentarnos a nuestro grupo de referencia. Parece un mecanismo de supervivencia.

Pues bien, el nacionalismo se ha cuidado de difundir sus propias metáforas —como la del “oasis catalán”— y de imponer, desde la escuela, el marco mental que favorece a sus intereses. Un ejemplo, políticamente relevante, es su interés en hacernos pensar la nación como una familia, como un todo orgánico. Hablaban del “pal de paller” donde otros hablan de los “padres de la patria”. Pero creo que es bastante más fiel a las democracias liberales la metáfora del pacto social. Ésta nos habla de una solidaridad entre ciudadanos, entre iguales, no de una comunidad unida por vínculos de sangre que se remontan al pasado.

Por otra parte, abunda en el concepto de “distorsión nacionalista”. ¿A qué se refiere?

Me refiero a que el nacionalismo distorsiona la realidad para lograr sus objetivos. Mire, tanto en Cataluña como en Valencia, el uso del catalán o valenciano supera por poco el 30%. ¡El idioma principal de catalanes y valencianos es el castellano pero todos repiten que en Cataluña se habla catalán; y, encima, se suele derivar de ello que tienen su propia identidad! ¿Cómo han conseguido esto?

Fácil. Miremos donde miremos, desde la educación hasta los hospitales —recuerdo que se han difundido protocolos para dirigirse a los pacientes por signos antes que en castellano—, toda la esfera pública nos habla en catalán. Multando si hace falta. Ellos lo llaman “normalización”. A cínicos nos les gana nadie, desde luego.

La consecuencia más evidente es que los castellanoparlantes, pese a vivir y trabajar ahí, se sienten extraños en esa “casa nostra”, que no sienten suya. Unos se alejarán discretamente de la vida social y política catalana. Otros optarán por aprender el catalán para integrarse, porque allí “donde fueres haz lo que vieres”. En ambos casos habrán actuado de buen grado, creyendo que eso es lo que todos esperan.

¿Por qué? Porque, como decíamos, la televisión, el autobús, los carteles y hasta los menús del bar les dan a entender que el único idioma oficial es el catalán. Y se lo creen. La distorsión es tan brutal que el castellanoparlante ni siquiera cae en la cuenta de que el suyo es precisamente el perfil más típico de ciudadano catalán. En consecuencia, muchos optan por callarse mientras les arrebatan derechos que sí tiene la minoría en el poder. Sus hijos directamente sufrirán una “inmersión” —una metáfora que podríamos cambiar por la del “ahogo lingüístico”—.

¿Y qué puede hacerse frente a esta situación?

Hay una solución: según varios estudios de psicología social, si una quinta parte de quienes se saben con derecho a ser catalanes-en-castellano empezara a expresarlo públicamente, este “consenso catalanista” se haría pedazos.

También critica que parte de la izquierda haya interiorizado el marco mental del nacionalismo.

Sí, claro. Con tal de oponerse frontalmente al PP, a quien asocian impúdicamente con Franco y con el centralismo, el PSOE decidió que los nacionalistas fueran sus aliados políticos. Esto se plasmó claramente en el Pacto del Tinell. Desgraciadamente, la izquierda hizo suya toda la chatarra conceptual nacionalista —las “identidades históricas”, la “nación de naciones” o el “federalismo asimétrico”— y se alió con las dinámicas centrífugas que debilitan al Estado y que entorpecen la armonización legislativa o la redistribución.

Buena parte de la izquierda tiene que explicarnos todavía cómo la fragmentación de la ciudadanía en múltiples identidades puede compaginarse con la igualdad de todos. Que Navarra o País Vasco dispongan del doble de financiación per capita que el resto de los españoles supone que sus hospitales, sus colegios y sus aceras sean bastante mejores que las nuestras. ¿Acabamos con ese privilegio o se lo damos también a Cataluña? ¿Y si seguimos dando privilegios a los nacionalistas de dónde saldrá el dinero para pagar los servicios del resto de los españoles? De Madrid mejor nos olvidamos, porque en nombre del federalismo fiscal ya eliminó el impuesto sobre sucesiones y donaciones, empezando un dumping fiscal al resto de Comunidades.

Intelectuales como Félix Ovejero o Aurelio Arteta estiman el nacionalismo incompatible con la democracia. ¿Lo suscribe?

Les debo muchísimo a ambos y lo suscribo, claro. El nacionalismo choca con el fundamento liberal por cuanto antepone derechos colectivos a los individuales. La inmersión lingüística es un claro ejemplo de política antidemocrática.

Pero me interesa más otra incompatibilidad. Me explico. Quien quiera hacer honor al autogobierno democrático querrá decidir sobre aquellas cuestiones públicas que le afectan. Y las fronteras le molestarán. Por ejemplo, un demócrata querría votar sobre la estructura financiera mundial, plagada de paraísos fiscales, la mayoría dependientes de la corona británica. Pues bien, para quitarnos ese poder, que teníamos al menos en el marco europeo, los poderosos británicos financiaron a los nacionalistas para lograr el Brexit. Volverán a levantar la frontera, y la City y muchas dependencias británicas podrán mantener el secreto bancario.

Por su parte, un independentista catalán lo que busca es que un gallego o un andaluz tengan que solicitar permisos para ir a trabajar a Cataluña. Quiere gestionar las rentas del suelo y los ingresos por turismo, quiere disponer en exclusiva del puerto de Barcelona. En fin, quiere ampliar las exclusiones en provecho propio. Sin embargo, un demócrata querría ceder competencias fiscales y financieras a la UE, para contribuir realmente a la redistribución de rentas y a la igualdad política.

Tanto PP como PSOE ignoraron el informe elaborado por la Alta Inspección del Estado que certificaba el adoctrinamiento escolar en Cataluña. ¿A qué se debe su inacción en este asunto?

Sólo puedo especular. La hipótesis evidente es que Sánchez está pagando las deudas contraídas por subir al poder. El precio, además del oprobio que le alcanzará, es el fortalecimiento de todos los marcos cognitivos del nacionalismo, que siguen permeando la conciencia de muchos españoles. Es increíble que estén dispuestos a cualquier cosa antes que pactar unos mínimos con la derecha.

Pero no conviene perder de vista que todos los gobiernos han sido complacientes con el nacionalismo catalán. Sería importante entender por qué ostentan un poder que condiciona sistemáticamente a los gobiernos españoles, incluso cuando han tenido mayoría absoluta. Y es un poder que nunca rinde cuentas.

Recientemente, el consejero de Interior catalán afirmó que “no hay ningún problema de convivencia” en Cataluña. ¿Le parece cierto?

No lo hubo mientras la distorsión nacionalista funcionó. La mitad de los catalanes, muchos de ellos hijos y nietos de quienes fueron allí a trabajar, a levantar Cataluña y a echar raíces —mire, esta metáfora nos permite imaginar esquejes que arraigan más allá del tronco original—, ha permanecido callada y agradecida por nada durante demasiado tiempo.

Hoy la gente sale a la calle y reclama que habla español. O que también lo habla. Y quienes ven amenazado su poder intentan boicotearlos, como siempre. Los prefieren callados y ocultos para que no sean conscientes de cuántos son y del poder que tienen.

Cataluña, personas que se consideran antirracistas respaldan, sin embargo, a un presidente que llamó a los castellanoparlantes “bestias taradas”. ¿Cómo explicarlo?

Porque operan los marcos cognitivos del nacionalismo. Las mismas palabras les horrorizarían si las pronunciara un diputado del PP. Sin embargo, si las pronuncian Torra o Pujol no perciben el problema: el catalán, ya se sabe, es trabajador y ahorrador pero también solidario, progresista, amante de la diversidad, cosmopolita, etc.

Todos esos tópicos, si los analizáramos, no resistirían un asalto. Primero, la inmigración interna levantó Cataluña. Segundo, el Estatut del 2006 pretendía consagrar el insolidario principio de ordinalidad. Tercero, el nacionalismo, al buscar el cierre de fronteras y no la integración política y económica, es cualquier cosa menos progresista. Cuarto, cuando un nacionalista habla de diversidad o de pluralidad lo que dice es que España es diversa pero sólo para poder asegurarse de que Cataluña sea homogénea, violando así el patrón individual de los derechos fundamentales. Y, en fin, es evidente la contradicción entre nacionalismo y cosmopolitismo…

Lo que estamos viviendo es una alucinación colectiva. Pero no es tan raro: no es probable, por ejemplo, que un fenómeno de masas como el nazismo se alimentara de personas que creyeran ser malas. Por eso es tan difícil prevenir el derrape.

Pablo Iglesias, tras visitar a los Jordis en la cárcel, declaró que “no es sensato que en España haya presos políticos”. ¿Se les puede calificar de tales?

No hubo arbitrariedad. No están presos por sus ideas políticas, ni por expresarlas. Están presos por intentar llevarlas a cabo al margen de la ley democrática. O, mejor dicho, contra dicha ley.

Si quiere, podemos llamarlos delincuentes políticos. Pero eso no reduce su culpa, sino que la agrava: quien difama, roba o mata a una persona, vulnera gravemente los derechos de un ciudadano; sin embargo, quien pisotea el procedimiento democrático y viola la ley para imponer un proyecto contra una parte de la población,  ataca las libertades de los 45 millones de españoles. No tengo ningún inconveniente en subrayar el carácter político y doblemente grave de sus delitos.

¿Confía en la política de “deshielo” iniciada por Sánchez para solventar el conflicto catalán?

Sánchez se ha sometido al chantaje nacionalista. Los premia por incumplir la ley sin responderles. Debería decirles claramente que el proyecto nacionalista es incompatible con la democracia, es decir, con la igualdad política de todos los ciudadanos. Borrell lo intenta, pero nos ha dado también un par de sustos.

Yo entiendo que la política tiene sus estrategias y que hemos de recomponer los lazos de confianza, de aceptación de las normas comunes. Pero creo que eso pasa por un curso de actuación distinto. Es importante recordar que a la justicia se la representa siempre ciega, porque todos estamos igualmente sometidos a ella, con una balanza en una mano y con una espada en la otra. Ejecutar la ley tiene un valor pedagógico. Quien no paga por incumplir la ley acaba creyéndose por encima de ella. Se está creando una aristocracia catalana, una casta que no concibe ya compartir las obligaciones de la plebe, que somos los demás españoles. El trato dado a Cataluña está sembrando el resentimiento en otros lugares. Y, ojo, porque Cataluña muestra el camino a País Vasco, Baleares o Valencia.


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