Entrevista a Jorge San Miguel: “Las políticas de la identidad niegan el pluralismo”

Jorge San Miguel
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Jorge San Miguel combina su trabajo como asesor en Ciudadanos con la labor de articulista en medios como The Objetive o Jot Down. Asimismo, es coautor del ensayo La urna rota: la crisis política e institucional del modelo español (Debate). Con ocasión de esta charla con El Catalán, San Miguel critica tanto las políticas de la identidad como la desorientación de la izquierda contemporánea, convertida en una especie de “movimiento de autoayuda” desligado de lo que ocurre en el mundo.

Participó en el ensayo colectivo La España de Abel, que, frente al relato secesionista, ofrecía un retrato positivo de España. ¿Cuál es, para usted, nuestra principal virtud?

No sé si tenemos una “principal virtud”. Mi capítulo pretendía precisamente reclamar la normalidad de vivir la nacionalidad de uno de manera no agónica. No hace falta estar todo el día dando vivas a Blas de Lezo, ni por el lado contrario pensar que somos un Estado fallido o una nación inexistente, parásita de realidades nacionales esenciales y previas, que es lo que cree buena parte de la izquierda. Pero bueno, visto lo visto, el libro creo que queda como documento muy raro de un momento en que se pudo vislumbrar un gran acuerdo constitucionalista. Hoy a lo mejor tendríamos que escribir La España de Caín, otra vez…

Por otra parte, en un artículo reciente en The Objective, criticaba lo que denominaba el “embudo identitario”. ¿A qué se refería?

Hay un juego perverso con las políticas de la identidad: cuando un colectivo se define respecto al poder externo, reclama pluralidad. Pero para definirse, ese colectivo debe presentarse como un todo homogéneo, unívoco incluso. Por tanto, sofoca o niega la pluralidad hacia dentro. Así que al final no habría tanto pluralidad como una sucesión de monismos que reclaman soberanía absoluta sobre lo suyo.

Se me hizo muy evidente con el ejemplo de las neozelandesas que se pusieron velos en solidaridad con la comunidad musulmana, como si no hubiera innumerables maneras de ser musulmán. Pero en España es algo que sucede de manera generalizada. Como dice mi amigo Juan Claudio de Ramón, decir que España es plurinacional significa en realidad decir que sólo hay una manera de ser catalán o vasco.

Es asesor en Ciudadanos. Aunque el partido se define como “liberal progresista”, parece haber calado la idea de que se trata de una formación de “derechas”. Siendo así, ¿no debería el partido hacer más guiños a su electorado de centro izquierda?

Somos un partido liberal, así que el elector encontrará una mezcla de liberalismo económico, progresismo en lo moral y estado de bienestar eficiente no muy distinta de los partidos europeos de la misma familia. Buena parte de la percepción de estar más a la derecha de eso viene de tener una posición firme frente a los nacionalismos, de ser, por así decirlo, jacobinos. Esto es una anomalía española, que en ningún país europeo que me venga a la memoria se entendería.

Luego, claro, el contexto estratégico de unas campañas u otras te sitúa en posiciones variables respecto a las alianzas poselectorales posibles. En España, desde los tiempos de Zapatero y el Tinell, se ha generado y alimentado una dinámica de bloques, y nosotros obviamente no pintamos nada en uno que incluye a los nacionalistas catalanes y vascos. Que, por cierto, no son partidos de izquierda bajo ninguna definición razonable. Es parte de la misma anomalía: vas a Cataluña y en las encuestas de autoubicación ideológica te sale una amplísima mayoría de izquierdas, pero luego Convergència gobierna 30 años. No sé, yo no me creo que Marta Ferrusola o Núria de Gispert estén en el 4 de la escala ideológica, pero serán cosas mías.

Recientemente, Quim Torra ha sacado a relucir de nuevo que Cataluña padece un déficit fiscal de 16.000 millones, un dato que se ha demostrado falso. ¿Cree que el factor económico es el verdadero motor del separatismo o pesan más otros motivos?

Creo que es un fenómeno donde se conjugan factores diversos, y que, de hecho, no hubiera adquirido la entidad que ha adquirido sin esa suma de factores. Tenemos en el origen un nacionalismo etnicista de corte decimonónico, que apela a la pequeña burguesía provincial; tenemos la derivación posmoderna, un movimiento plebiscitario, populista, que intenta enmascarar —en realidad es posible que mucha gente se crea esto de buena fe— el nacionalismo etnicista con rasgos decisionistas, con apelaciones a una hiperdemocracia donde todo ha de votarse, incluido el sujeto de la soberanía. En esta transformación tiene mucho que ver la legitimación que hace la izquierda del proceso, desde Bandera Roja hasta los partidos que se dicen herederos del 15M, pasando obviamente por el PSC. Una cosa que me hace mucha gracia es la tremenda popularidad de personajes como Rufián en la izquierda española.

Y, finalmente, sí, tenemos una élites políticas, económicas también, que en un momento de crisis política y posible quiebra económica del Estado, hacen una apuesta por ponerse a la cabeza de todo esto, por ampliar el perímetro de posibilidad del independentismo y convencer a la gente de que se puede. Supongo que calculando que, en el mejor de los casos, si acaba sonando la flauta, tienen un país que gobernar; y en el peor, un acuerdo fiscal a la vasca. Son gente que lleva ganando más de un siglo; han ganado en democracia, ganaron con Franco y antes con Primo de Rivera. Pero esta vez pueden haber calculado mal.

La fundación Konrad Adenauer ha lamentado la excesiva indulgencia de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez con el separatismo catalán. ¿Comparte el diagnóstico?

No puedo no compartirlo. Tanto el PSOE como el PP han seguido una política de apaciguamiento que, en realidad, probablemente es un pecado original de esto que algunos llaman “régimen del 78”: se le da a los nacionalistas carta blanca, en primer lugar para definir el sujeto político, y luego en la práctica para gobernar casi como reyezuelos en sus territorios. Lo prueban detalles como que la bandera del PNV haya acabado siendo la de la comunidad autónoma vasca, o la costumbre de llamar “catalán” y “vasco” a los grupos parlamentarios nacionalistas, esa sinécdoque que lo permea todo. Como anécdota, cuando Ciudadanos entramos en el Congreso en enero de 2016, bromeábamos con reclamar el nombre de grupo catalán. Es una broma que en realidad dice bastante.

Pero bueno, en el plano simbólico tenemos cosas como éstas, pero hay un plano material como los años de latrocinio más o menos consentido de Pujol, el caso Banca Catalana, etcétera. Desde mediados de los 90, el PP hace las transferencias de competencias más importantes, y el PSOE asume como doctrina lo que en origen es una mera necesidad táctica: pactar con los nacionalistas para frenar mayorías del PP. Así que solo hemos ido a peor.

En la última fase, Mariano Rajoy y su gobierno creo que no entienden la manera en que el fenómeno ha cambiado, en que ya no basta con los enjuagues habituales con las élites nacionalistas, porque hay un proceso en marcha con vida propia. Y Sánchez representa un regreso a la doctrina Zapatero, pero después de que te hayan dado un golpe de Estado. Es descorazonador.

Según diversos estudios, el fracaso escolar en Cataluña se ceba con los castellanohablantes, de extracción social más baja que los catalanohablantes. ¿Cómo se entiende, pues, que parte de la izquierda sigue defendiendo la inmersión lingüística obligatoria en catalán?

Pues porque, en muchos casos, lo que queda de la izquierda está vaciado de cualquier contenido doctrinal positivo. Es decir, si tú aplicas un análisis marxista, es imposible no ver los rasgos de una dominación, la exclusión de una parte de la población definida en términos étnico-lingüísticos, la reproducción de élites, etc. No es imprescindible ser marxista, pero tener una teoría ayuda. El problema es que buena parte de la izquierda ahora ni siquiera tiene una teoría y solo cree en chorradas. Es una especie de movimiento de autoayuda en el que lo importante es sentirse bien con uno mismo, vivir experiencias de emancipación o realización personal desligadas de cualquier análisis con pretensión de objetividad sobre lo que pasa en el mundo. Y ahí cabe cualquier cosa.

Luego, hay un problema evidente de solidaridades de clase: las élites de izquierdas catalanas en muchos casos son socialmente indistinguibles de las nacionalistas burguesas. No se relacionan con señoras mayores de origen extremeño de Nou Barris, sino que toman gin-tonics en Gracia con sus pares. Yo lo veo de manera clarísima con los académicos españoles en mi gremio, las Ciencias sociales. Al final, con quien coincides en clase, en el departamento, en congresos o en los medios de comunicación es con las mismas clases medias y clerecías nacionalistas. Los otros son invisibles. Bueno, todo esto lo ha estudiado y explicado mucho mejor gente como Félix Ovejero.

Según el expresident José Montilla, “que haya políticos en prisión es gasolina para el procés”. ¿Es así?

Pues no lo sé, pero a estas alturas quizás también habría que empezar a preguntarse qué tipo de gasolina es y para quién lo contrario; y en general el compadreo con los nacionalistas y la sensación de impunidad.

Por su parte, el portavoz del PSC, Miquel Iceta, ha pedido a lo separatistas que no planteen un referéndum hasta que no haya un “cambio de mentalidad en la opinión pública española”. ¿Qué opinión te merece su postura?

Ninguna, en la medida en que es lo que se espera del personaje. Tampoco sé si a estas alturas tiene mucho sentido hacer más análisis, más allá de que la actitud y el proyecto del PSC y del PSOE son los mismos que hace 10 años, los que nos han traído hasta aquí. Es el tipo de pensiero debole de izquierdas al que me refería antes. Los resultados materiales del proceso dan igual, lo importante es la expresión de voluntades que flotan en el éter. Y todo ello sazonado con ese regusto etnicista de que parte del problema es que el resto de España aún no ha llegado donde están ellos, el PSC y los nacionalistas.

Son muchos los que se preguntan qué hacer con los dos millones de catalanes que no desean seguir siendo españoles. ¿Cuál sería su respuesta?

En democracia cada día se gestionan millones de preferencias y se dirimen conflictos en torno a muchos temas. Si hay dos millones que tienen esas preferencias, eso quiere decir que hay millones que tienen otras. Lo que ha pasado en el último año y medio es que esas otras preferencias se han hecho más visibles que nunca, ha habido manifestaciones masivas por la unidad y un partido como Ciudadanos ha ganado las elecciones.

Por tanto, hay que hacer algo revolucionario que es hablarle a la gente como adultos: tenéis preferencias incompatibles entre sí y hay que alumbrar un equilibrio nuevo donde se refleje esto en la medida de lo posible. Y, en la medida de lo posible, en un entorno institucional neutral, donde no se den golpes de Estado desde la mesa del Parlament y donde no haya una televisión pública que insulte sistemáticamente a la mitad de los catalanes. Esto es algo distinto de esa idea blanda del “diálogo” como panacea; es asumir como adultos que hay proyectos incompatibles entre sí y con la realidad.

Respecto a los políticos, hay una responsabilidad muy grande en las élites que han permitido a millones de personas creer que el perímetro de la comunidad puede someterse a votación como si fuera un tema corriente de administración, y que sus preferencias eran más importantes que las de los otros porque conectaban con alguna realidad étnica esencial. Creo que con estas élites el sistema judicial puede hacer una pedagogía muy importante.

Por Óscar Benítez


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