Entrevista a Jordi Bernal: “El procés ha sido la revolución de los ociosos”

Colaborador en The Objetive y Jot Down, Jordi Bernal (Barcelona, 1976) es conocido sobre todo por el libro Viajando con Ciudadanos (Tentadero 2007 – Triacastela, 2015) una crónica sobre los orígenes de la formación naranja. Con ocasión de esta entrevista, Bernal se muestra especialmente crítico con el sesgo separatista de televisión pública catalana, a la que no duda en catalogar como una verdadera “estructura de estado”.

En un artículo publicado hace un año, definió el nacionalismo español como un “fenómeno residual”. ¿Se lo sigue pareciendo?

Sí, lo sigo pensando. De un año a esta parte ha crecido, pero se trata de una respuesta circunstancial al nacionalismo catalán. No existe un nacionalismo español fomentado por las instituciones y el poder político, como sí ocurre en Cataluña.

Sin embargo, escritores y ensayistas a los que aprecio mucho —uno de ellos es Jordi Amat— ya denunciaban la existencia de un fuerte nacionalismo español antes de que apareciera Vox. Hombre, si Rajoy era un nacionalista español, ahora con Vox Amat y los demás deben de estar viviendo ocultos en el armario como los comunistas durante el franquismo. Se deben de sentir perseguidos a más no poder.

En cualquier caso, el nacionalismo español no tiene el peligro del catalán, que ha llevado a cabo una violación de la legalidad. Tal vez empiece a ser peligroso ahora, pero no lo ha sido durante 40 años.

Según el escritor Ramón de España, el “nacionalismo es supremacista por definición”.

Evidentemente. No obstante, la relación que uno establece con su tierra no tiene que ser necesariamente nociva. Uno se puede sentir catalán, español o de donde sea. Es como ser heterosexual, bisexual o gay. Son sentimientos personales e intransferibles. Pero no son siempre peligrosos.

El peligro aparece cuando a partir de la identidad eriges un sistema, una ideología. Éstas tienden a la imposición y al enfrentamiento con el otro. Ahí es donde reside el verdadero peligro de estos sentimientos tribales.

Por otra parte, ese fundamentalismo tiene que ver mucho con la conducta de cada uno. Tengo la sensación que toda esta gente tan alterada lo estaría igualmente por otros motivos. Si no existiese el independentismo, se buscarían otra causa. Y también ha de decirse que no todos los independentistas defienden sus postulados desde el supremacismo.

Son numerosas las voces que han denunciado la parcialidad de los informativos y tertulias de TV3. ¿Podría entenderse el procés sin el concurso de los medios de comunicación catalanes?

Dado que el procés ha sido principalmente una construcción mediática, el papel de TV3 ha sido fundamental. Sin olvidar a Catalunya Ràdio. Lo de estas dos cadenas ha sido un cáncer, algo realmente vomitivo. Pero se ha de reconocer que los nacionalistas —que suelen ser bastante chapuceros— han hecho un buen trabajo: han conseguido convertir TV3 en una estructura de estado. Les ha llevado muchos años y mucho dinero. Curiosamente, la cadena la dirige uno de esos valencianos que nos envían desde la comunidad vecina a modo de submarino o quintacolumnista para respaldar la causa. Y que viven de la subvención, claro.

En resumen, se ha construido un problema artificial —que antes no existía— por parte de un medio de comunicación. En este sentido, los nacionalistas se ha valido de estrategias comunicativas y de propaganda que recuerdan a las que siguieron los grandes totalitarismos de los años 30.

¿Y cuál ha sido el papel desempeñado por la escuela?

Desde mi punto de vista, la inmersión lingüística importa menos que la manipulación de la historia. Esa parte es trascendental, y ha contribuido a la ficción que vivimos de la misma manera que la televisión. ¿Por qué? Porque el modo en que se ha enseñado la historia da pie a que, en cuestiones de derecho internacional, Cataluña se perciba como un territorio colonizado.

Según ese relato, construido pacientemente durante años, España no nace de un pacto entra dos monarquías —la castellana y la aragonesa— sino que es fruto de la imposición, lo que convierte a Cataluña, como decía, en una colonia. Sin esta ficción previa con respecto a lo que es España, los argumentos independentistas se quedarían en nada.

Los acusados del procés han presentado el juicio como una “causa general” contra el secesionismo. ¿Puede considerarse así?

Entiendo que lo planteen como una causa política. Como en España lo dan todo por  perdido, tienen la vista puesta en el Tribunal Europeo. Es una estrategia de defensa totalmente legítima. En cualquier caso, yo no lo entiendo como una causa política, aunque el señor Junqueras tiene derecho a plantearla como tal. Es la grandeza del Estado de derecho.

Luego, está lo de que Junqueras asegure que “ama a España”. A mí la gente sentimental me parece muy peligrosa. No puedes confiar en alguien que ama las cosas con esa intensidad y, al mismo tiempo, las quiere destruir.

Por otra parte, su discurso—y el del nacionalismo en general— es muy adolescente. “Los demás no me comprenden” o “Yo solo quiero encajar” son argumentos propios de esa edad. Y cuando defiende que todo fue pacífico, miente. Si violentas la ley, tan pacífico no fue. Tampoco dijo la verdad cuando afirmó que Esquerra Republicana no ha sufrido casos de corrupción en cuarenta años.

En los años 30 hubo corrupción en Esquerra. Además, circulan teorías de que al mártir Companys querían liquidarlo desde sus propias filas —los de Estat Català, que no podían con él—.

Por su parte, Quim Torra ha declarado: “Antepongo a la democracia a cualquier ley”. ¿Le parece lícita su postura?

Pues depende. La cuestión es que si antepones tu concepción de la democracia a la ley, debes atenerte a las consecuencias. Ese es el gran problema: no se puede plantear una revolución hecha exclusivamente de sonrisas. Un revolución implica consecuencias que uno debe asumir. Si pierdes en tu enfrentamiento con el Estado, luego no vengas exigiendo explicaciones o lamentándote. El procés ha sido la revolución de los ociosos. El día del cerco a la Consejería de Economía, por ejemplo, eran todos jubilados y estudiantes. Además, una revolución tiene que ser seria; su objetivo es tomar el poder. No puedes hacerla y después decir que ibas de farol.

Parte de la izquierda ha manifestado su rechazo ante la exhibición de españolismo de la manifestación contra Pedro Sánchez celebrada en Colón. ¿Por qué, sin embargo, sus críticas a las manifestaciones separatistas, con no menos banderas, siempre son más tibias?

Se debe a  la rémora que el concepto de España acarrea para cierta izquierda. Es un complejo conocido y con el que hemos de convivir. En lo referente a la manifestación, creo que solo benefició al nacionalismo español de Vox. En ocasiones, puede ser necesaria cierta exhibición de patriotismo, pero en este caso no aportó nada.

Es curioso, porque hay gente muy critica con el nacionalismo catalán que no mide con el mismo rasero a Vox. Se niegan a criticarlos alegando que no son nacionalistas, sino patriotas. Y un patriota no querría cargarse el Estado de las autonomías, que ha supuesto un innegable y extraordinario progreso para España. Si no, fíjese en las desigualdades que padece Italia entre el norte y el sur. España está mucho más cohesionada, y eso se lo debemos al actual sistema. Si quieren dinamitarlo, que lo argumenten mejor, no con cuatro tuits.

En mi opinión, Vox es un partido claramente nacionalista —cosa que no es el Partido Popular ni, por supuesto, Ciudadanos—. Sin ir más lejos, sus ataques a Manuel Valls por ser francés están a la altura de la xenofobia de Torra.

Fuerzas como Podemos o los comunes no respaldan el separatismo pero sí el denominado derecho a decidir. ¿Es una postura congruente?

No, la postura de ambos partidos me parece acomodaticia. Aún están anclados al derecho de autodeterminación que defendía el marxismo en la época de las colonias. Y a la nostalgia de los años 30 y la república —que, aunque preferible al golpe de Estado, distó mucho de ser un paraíso—. No han evolucionado ni un ápice.

Ada Colau, por ejemplo, no es independentista, pero siempre se muestra favorable a las demandas de los independentistas. Es lo que yo llamo la inmoralidad del bienqueda: siempre busca el sitio más cómodo y que rinda más réditos electorales. Más que nacionalista, Colau es la quintaesencia del oportunismo. Y representa a la perfección la relación de cierta izquierda con el nacionalismo —asunto que aborda Félix Ovejero en su La deriva reaccionaria de la izquierda—.

Usted es autor de Viajando con Ciudadanos, un libro sobre los orígenes de esta formación. ¿Cómo valora su evolución desde su inicios hasta el presente?

Lo cierto es que, en el día a día, me siento algo alejado de Ciudadanos —partido en el que, por otra parte, no he militado nunca—. En mi opinión, se equivocaron al abandonar su señas socialdemócratas y competir exclusivamente con el Partido Popular. Antes, era una formación que trataba de superar el eje izquierda-derecha, situándose en el centro. Ahora, parecen haber perdido esa transversalidad. El cambio lo propició la irrupción de Podemos. Entonces, debieron de pensar que la izquierda la copaba Podemos y el PSOE, y se escoraron a la derecha.

Me parece un error, porque los electores de centroizquierda que no tragamos a Sánchez nos sentimos un poco desamparados. En estos momentos, carecemos de alternativa.

Por Óscar Benítez


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