En Cataluña los “fachas” ya somos millones. Y nos gusta

Cada vez somos más “fachas” en Cataluña, porque todo aquel que no lleva lazo amarillo en la solapa, la chepa o en el bolso, ha puesto media docena de esteladas en su balcón, ha señalado la casa de su vecino ‘unionista’ con pintura y tiene su casa llena de banderolas de “libertad presos políticos” y “free Junqueras” es considerado un “fascista”, un “represor” y un “colono”.

Si no le das la razón al gran Ramón Cotarelo, al insigne Toni Soler, a la ecuánime Pilar Rahola y al mítico Lluís Llach, eres un “franquista” y un “antidemócrata” que “oprime” al “pueblo catalán”.

Vamos, que millones de catalanes somos “fachas”. Y bien orgulloso que estoy de formar parte de esta congregación definida por el separatismo. Claro, no me dedico a ir a actos culturales para reventarlos al grito de “libertad presos políticos” y de sacar esteladas hasta con los pies para convertir un acto cultural en un aquelarre propagandístico.

Tampoco corto las calles, con la complicidad de los Mossos d’Esquadra y las autoridades municipales, para joder la vida a mis vecinos mientras paseo una pancarta con una foto gigantesca de Oriol Junqueras o Carles Puigdemont. ¡Qué le vamos a hacer, no es lo mío!

Ni lleno las calles de mi barrio de propaganda excluyente para ocupar el espacio público y amargar la vida a los que no piensan como yo. Eso de contaminar con lazos de plástico amarillo y con banderas supremacistas, no me va.

Ni deseo que la televisión que pagan todos los catalanes sea un pozo de propaganda ‘unionista’, ni que los telediarios los presente un periodista vestido de torero con una montera rojigualda. Que es justo lo que disfrutamos en TV3, pero en versión secesionista, con ‘periodistas’ con la estelada tatuada en sus partes más o menos nobles.

Ser “facha” en Cataluña consiste en defender las libertades civiles. Y los que nos tachan de “fachas” acostumbran a ser los que quieren despojar de derechos cívicos a millones de conciudadanos. Así que mejor que ser “facha” que miembro de la cofradía de Junqueras y Puigdemont y su aparato totalitario de propaganda.

Sergio Fidalgo


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