Eloi Badia es el concejal más aciago de los que sientan sus posaderas en las poltronas del ayuntamiento barcelonés. Su gestión como edil está jalonada de conflictos vecinales y problemas funerarios. Ha protagonizado errores de bulto respecto a los temas de energía, recogida de residuos urbanos y gestión del agua. Es el paradigma del concejal sin caché, del que nadie conoce otras virtudes que la de saber medrar.
Se sabe observado, se siente débil y cuestionado por sus colegas de partido. Para los miembros de la oposición este hombre es el arquetipo del político nefasto. Quizás por ello, en un alarde de oportunismo descerebrado para blindarse, ha propuesto que Jordi Cuixart protagonice el pregón de las fiestas de Gracia. Badia, asediado por las críticas, insiste en su fuga hacia adelante aduciendo que el indultado ‘encarna los valores de la ciudadanía’.
Craso error el suyo; intentar banalizar las responsabilidades de aquellos que atentaron contra el orden constitucional y quebraron la ley no es de recibo. Con su decisión sectaria y clientelar, similar a las que nos tienen acostumbrados desde el Govern, Eloi Badia satisface solo a los ciudadanos que comulgan con el ‘procés’.
Dicen que la popularidad del ayuntamiento de Barcelona no pasa por su mejor momento. Cierto, y decisiones como las del concejal de Gracia dando pábulo al ‘ho tornarem a fer’ no contribuyen a mejorar la maltrecha imagen del consistorio.
Eloi Badia se ha convertido en uno de los quintacolumnistas a sueldo de la corte de Waterloo. Otros, que militaron en hipotéticas organizaciones de izquierdas, emprendieron antes que él la senda del entreguismo a Puigdemont. Están a la espera de que caigan algunas migajas desde la mesa del poder. Aunque en su fuero interno lo desee, a Badia aún no lo han invitado a degustar las paellas revenidas que guisa Pilar Rahola. Al sumiso Dante Fachín sí, pero todo llegará si persevera.
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