La gestión de la crisis de Gaza por parte del Gobierno de Pedro Sánchez evidencia una notoria falta de tacto y pericia diplomática. Es claro que Moncloa no ha abordado este delicado conflicto con la inteligencia que han exhibido otros miembros de la Unión Europea. España ha actuado con una mezcla de oportunismo e inconsciencia.
No se trata de una cuestión de principios. Abogar por el reconocimiento del Estado palestino no es una originalidad de Sánchez. Otros países europeos también sostienen esa posición. Además, no es el primer presidente español en defender la solución de los dos Estados, palestino e israelí, como salida al conflicto que lleva casi ochenta años enquistado en Oriente Próximo.
El problema es la forma. El Ejecutivo socialista, encabezado por Sánchez y secundado por su ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha enfocado el asunto con una visión ideologizada y marcadamente tendenciosa. Esta aproximación ha minado la credibilidad de España ante los actores clave de la región.
El excesivo sesgo del PSOE ha generado una profunda desconfianza tanto en Israel como en parte del pueblo palestino. Esta última es la principal víctima de las facciones terroristas como Hamás, y de otros grupos afines que han operado desde la creación de Israel.
La presencia de estas organizaciones al estilo de Hamás ha provocado una animadversión hacia los palestinos, incluso en naciones árabes cercanas. La historia reciente da cuenta de ello. Países como Jordania y Líbano llegaron a expulsar a palestinos de sus territorios para evitar la expansión de algunos de estos grupos terroristas.
La política exterior no debería ser un mero instrumento de la propaganda ideológica interna del PSOE. Abordar una crisis internacional de esta magnitud requiere de un pragmatismo y un conocimiento de causa que Sánchez y su equipo no han demostrado tener. El resultado es el aislamiento sutil de España en el tablero europeo y un deterioro de las relaciones con una potencia clave como Israel. Los intereses nacionales quedan subordinados a un tacticismo político de corto alcance.
El manejo de la crisis de Gaza es el último ejemplo de que el Ejecutivo de Sánchez carece de la talla necesaria para liderar la posición española en la esfera internacional. La irresponsabilidad con la que el PSOE ha gestionado este conflicto ha generado más problemas que soluciones. España merece una política exterior que esté a la altura de su peso histórico y de su papel en Europa.
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