La CUP (Candidatura d’Unitat Popular) atraviesa un momento de notoria irrelevancia política. Su peso dentro del arco parlamentario y en el debate público catalán se ha desplomado en los últimos meses. Las encuestas de intención de voto al Parlament de Cataluña la sitúan actualmente en una posición muy delicada.
Los sondeos más recientes son contundentes. Las proyecciones de voto relegan a los anticapitalistas a ser la última fuerza política en la cámara catalana. El partido de la izquierda radical podría perder algún escaño de los escasos cuatro que tiene en la actualidad.
Este dato refleja una pérdida de apoyo dramática. En las últimas elecciones autonómicas, la CUP ya sufrió un varapalo importante perdiendo cinco escaños, aunque consiguió mantener un grupo parlamentario con cierta capacidad de influencia. Ahora, el retroceso parece ser mucho más profundo y estructural.
El papel histórico de la CUP, a menudo siendo decisiva para la investidura de presidentes de la Generalitat o para aprobar presupuestos, se disipa. Su escaso número de escaños proyectado la convierte en un actor marginal en el juego de pactos futuro.
Su discurso intransigente y su constante negativa a apoyar cualquier estrategia que no fuese la ruptura unilateral han terminado por pasarle factura. La ciudadanía percibe que su maximalismo político ha frenado cualquier posibilidad de avance en el procés, llevándolo al actual bloqueo.
En un panorama donde el PSC se consolida como primera fuerza y el Partido Popular (PP) y Vox crecen, la escasa representación de la CUP la relega a la irrelevancia. Ya no será un ‘juez’ de investiduras, como pasó en los casos de Carles Puigdemont o Quim Torra, sino un mero comparsa. La supervivencia política de la CUP pende de un hilo.
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