El separatismo catalán, como movimiento fanático y supremacista que es, no permite de ninguna de las maneras que se le lleve la contraria y persigue con saña a quien no le da razón. Se buscar castigar al discrepante para que nadie más se atreva a hacerlo. Su raíz totalitaria le empuja a eliminar a los que no piensan como ellos, ya que solo admiten la adhesión inquebrantable o la sumisión.
De ahí la voluntad del separatismo de castigar, al precio que sea, a las empresas que osaron, usando su libertad, por trasladar su sede social desde Cataluña a otras comunidades autónomas, para evitar verse perjudicadas por las decisiones totalitarias que adoptaron unos partidos secesionistas instalados en un golpe de Estado permanente.
Ahora ha sido Junts el que ha presionado al Gobierno de Sánchez para castigar a dichas empresas si no vuelven a Cataluña. Pero es una demanda que la gran mayoría del separatismo comparte. Y lo acabarán consiguiendo, porque Pedro Sánchez y el PSC han decidido ser compañeros de viaje del independentismo catalán, atendiendo a todas su exigencias.
Y recordemos la entrevista que dio el actor Juan Puigcorbé a ‘La Vanguardia’ en la que narraba como ERC había intentado destruirle personalmente por no seguir a pie juntillas las directrices de este partido separatista. O sumisión total, o persecución, no cabe otro lenguaje para el independentismo catalán.
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