
Ya quedó claro durante los disturbios que el otoño pasado asolaron el centro de Barcelona, y otras grandes ciudades catalanas, que la «revolución de las sonrisas» que, según el separatismo era el camino hacia la secesión de Cataluña del resto de España, se había quitado al fin la careta.
Nunca existió tal «revolución de las sonrisas», la revuelta secesionista siempre se basó en ignorar los sentimientos y los deseos de más de la mitad de la población, la Cataluña no separatista.
El mantra separatista aseguraba, y asegura, que «el 80%» de los catalanes quería votar en un referéndum para conseguir la independencia. Y todo aquel que no quería entrar en su juego era considerado «no catalán», «colono», «traidor», «quintacolumnista», y, para ellos el insulto definitivo, «español».
El intento de golpe de Estado, con la DUI en el Parlament, llevó a prisión, y a ser condenados por sedición a un buen número de dirigentes independentistas. El separatismo radical ya tenía su relato para pasar del señalamiento del discrepante a la destrucción y a los disturbios públicos. «España no nos deja votar y encarcela a la buena gente que solo quisieron poner las urnas» pasó a ser su nuevo lema. La situación perfecta para el victimismo que alimenta el alma secesionista.
En el segundo semestre del 2019, según el Observatorio cívico de la violencia política en Cataluña, los actos violentos se multiplicaron por cinco con respecto al primer semestre del mismo año. También indica que el 96,22 de los actos violentos fueron causados por separatistas. Este estudio, elaborado por el Movimiento contra la intolerancia e Impulso Ciudadano, deja claro que los secesionistas lejos de buscar la concordia, usan la coacción física y el vandalismo como arma política.
El confinamiento causado por el coronavirus ha sido solo una tregua en la escalada de coacción separatista. Durante el estado de alarma ha habido secesionistas que han quemado docenas de contenedores, han vandalizado medio centenar de cajeros automáticos y han reivindicado el haber provocado un incendio en la estación de metro de ‘España’, como ‘acto simbólico’ para ‘celebrar’ Sant Jordi.
Ha habido bandas de secesionistas que han salido a poner lazos amarillos. Otros, como el líder de los Mossos separatistas, Albert Donaire, ha incitado a la revuelta contra España en cuanto acabe el confinamiento e hizo un llamamiento a los independentistas a comprar armas eléctricas ilegales en Andorra para la autodefensa.
Y, aunque no sea lo mismo, separatistas militaristas, que gustan ir vestidos de paramilitares, preparan para este agosto unas jornadas para debatir el futuro Ejército en una república catalana.
El «helado de postre para cada día» y las «sonrisas», aunque nunca fue verdad, se han convertido en algo mucho más siniestro. Vienen tiempos duros para Cataluña, ya que el separatismo ha decidido que la democracia y la libertad les sobra. Y también les sobra la media Cataluña que no piensa como ellos.
Comentario editorial de elCatalán.es.
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