El señuelo transversal

Hay que reconocerle mérito a algunos nacionalistas influyentes en su reciente labor de camuflaje y borrado sistemático de huellas. Cuando se ponen a hacer contrapropaganda, y dada su acrisolada trayectoria, no hay quien los iguale. Las últimas noticias hablan de una epifanía (parcial y atropellada, sí, pero por algo se empieza) más o menos colectiva, en virtud de la cual no sólo una parte del gobierno destituido, sino también unos cuantos de los ideólogos del proceso han ido desdiciéndose de sus vaticinios, convencidos durante años por voz divina de que lo suyo, al modo marxista, no sólo era necesario sino inevitable.

Todos parecen ahora lamentar dos cosas: el “engaño colectivo” a que fue sometida la población separatista, por una parte, lo cual resulta curiosamente incompatible con negar, justo antes o justo después, y con aspavientos ofendidos, que en Cataluña se haya producido un proceso de ingeniería social en forma de progresiva alienación –abducción, casi clínica, en casos extremos–, en la educación y los mass media, principalmente; y por otra su corolario político, la desaparición de un catalanismo integrador y transversal como monopolio legitimador de la acción política, el pal de paller pujolista, que tantos réditos electorales obtuvo, no sólo en Cataluña, también para los sucesivos gobiernos nacionales, de distinto signo ideológico, durante décadas. Vuelta al sentido común, al pragmatismo aglutinador, nos dice Miquel Iceta, y con él prestigiosos medios de comunicación, en particular el diario El País, con Lluis Bassets a la cabeza, en una operación de aparente sensatez que devuelvan las aguas a su cauce. Y aquí paz y después gloria.

Están sin embargo estos catalanistas de buena fe a un centímetro de convertirse en gente cabal, casi en conciudadanos, pero ese milímetro es para ellos una distancia infinita e insalvable, moral y epistemológicamente hablando. Su visión de este asunto, consecuencia de su perspectiva de la realidad, está presa en la lógica nacionalista, y se sustenta fundamentalmente en tres premisas: Cataluña es un sujeto histórico con derecho a la libre decisión acerca de su estatus jurídico-político, de forma que su «encaje» en el marco nacional español es y será siempre conflictivo (el consabido problema político catalán), toda vez que resulta imposible pergeñar un ente nacional moderno sin demoler previamente los entes protonacionales incipientes; la segunda, ligada necesariamente a la anterior, es que cualquier solución a ese problema político en forma de desajuste histórico debe seguirse de una negociación previa entre iguales, es decir, se despliega el axioma lógico anterior, en forma de petición de principio (somos una nación que se construye como sujeto en el tiempo, pero tenemos derecho a ese proceso empírico –a posteriori– de construcción nacional política porque preexistimos ya como nación cultural –a priori–) y de ahí no consiguen salir.

También Bassets, epígono de esa búsqueda del grial catalanista que rescate, al modo lampedusa, el statu quo anterior, y que en su último artículo, en que se lamenta de la desaparición del catalanismo político como espacio “transversal” y “cohesionador” (dos fetiches repetidos hasta la saciedad, tan falsos como rentables) deja ver ese esquema interpretativo como pringue que todo lo salpica. Con el catalanismo, esa esencia destilada del pactismo democrático, mal que bien íbamos tirando.

De lo único de lo que parecen haberse liberado, haciendo de la necesidad virtud, es de una de las derivadas ineludibles de la primera tesis, según la cual Cataluña es un solo pueblo. Lo desmintieron las manifestaciones constitucionalistas del mes pasado, por un lado, y por otro la constatación, evidente para cualquiera que no se hubiese tragado los sapos del pujolismo, de que a día de hoy, y pese a todos sus denodados esfuerzos, siguen siendo pocos.

Pero comprobar que les falta gente es en ellos simplemente una reubicación táctica, una crítica justa –e incluso acerada, como en el caso de Bassets– al señuelo del nacionalismo, esa espuma de las cosas que fue el proceso rupturista unilateral como programa de máximos, pero en absoluto hay una modificación de su marco mental y de la estrategia de homogeneización que conlleva. Porque fundamentalmente siguen desplegando el primero de los puntos expuestos más arriba: Cataluña existe como sujeto político y ente soberano. Ahora ya han constatado (¡incluso Iceta!) que somos al menos dos comunidades nacionales de filiación distinta dentro del naciente estado catalán, cosa que saben bien y que reconocen de modo recurrente, pero siempre como lamento, y no como virtud. De la idea de asimilación cultural, de la enajenación de derechos de la población castellana y de su eliminación del espacio público aún nada dicen. Ni dirán. Porque siguen a un milímetro, en realidad dos, de convertirse verdaderamente en conciudadanos.

Pablo Romero, profesor universitario de Pensamiento Político y Social

 


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