Es complicado intentar sanar las heridas que el separatismo ha abierto en la sociedad catalana cuando cada día echan sal para que duela, para que los millones de catalanes constitucionalistas sufran y comprueben que ellos son los que mandan y que nos desprecian. No nos consideran catalanes, y nos lo dicen cada día, para que nunca lo olvidemos. Como ejemplo basta el ‘puta España’ que Jair Domínguez, que tiene programa diario pagado por todos los catalanes en TV3 y Catalunya Ràdio, usa con demasiada frecuencia.
Y es que es imposible conseguir la paz social entre catalanes cuando la parte más desagradable del secesionismo, como Pilar Rahola, Jair Domínguez, Toni Soler, Alba Vergés, Clara Ponsatí, Oriol Junqueras, Carles Puigdemont o Joan Canadell, es algo más que un sector minoritario dentro de este movimiento político. Sus miembros ocupan los principales cargos institucionales, dominan los principales medios de comunicación y controlan buena parte de la sociedad civil en Cataluña.
Con gente así, es imposible la concordia entre catalanes. Cuando media Cataluña, la separatista, ejerce una mezcla entre ignorar y despreciar a la otra media, la constitucionalista, es difícil encontrar un punto de encuentro. Se les nota demasiado que no nos consideran ciudadanos, sino súbditos.
Los catalanes no separatistas solo tenemos derecho a que nos sangren a impuestos (Cataluña es el ‘infierno fiscal’ español), a aceptar que nos insulten desde TV3 mientras la pagamos y a que humillen a nuestra gente, como los guardias civiles o los policías nacionales, negándole las vacunas durante semanas, en un claro ejercicio de falta de humanidad y de desprecio hacia la labor de servicio público de estos funcionarios.
Por no hablar de como señalan nuestros hogares, cortan carreteras y destrozan mobiliario urbano cuando les da la gana y luego nos pasan la factura a todos. O como llenan los ayuntamientos, escuelas, ambulatorios, plazas y otros lugares públicos solo con símbolos separatistas. Así nos tratan, y así nos van a seguir tratando mientras no alcemos nuestra voz de forma clara y rotunda.
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