Lo de ir a nuestro estadio se está convirtiendo, más que en un acontecimiento futbolístico, en algo parecido a un rito religioso. No quiero que se me ofenda ningún creyente, porque lo que quiero decir es que no vamos al Stagefront a disfrutar del juego de nuestros futbolistas, más que nada porque hace años que no recuerdo haber gozado de tres partidos aceptables seguidos. Vamos como integrantes de una comunidad, en nuestro caso la parroquia perica.
Llegamos, saludamos a los feligreses habituales que, como nosotros, llevan años yendo al templo a dar testimonio de nuestra pertenencia a la comunidad. Participamos de la liturgia de aplausos cuando se canta la alineación, bufandeo con el himno, aplausos en el minuto 21, se entonan algunos cantos de nuestro coro particular – la Grada Canito – y, si el partido ha dado algún mínimo motivo de satisfacción, le reconocemos a los jugadores su esfuerzo tras el pitido final. El juego es lo de menos, más que nada porque la mayoría de las veces es inexistente.
En nuestro rito de cada quince días recordamos a los ausentes, compartimos juntos en nuestra fe blanquiazul, deseamos un futuro mejor y, sobre todo, mostramos nuestra fidelidad a una comunidad en la que nadie nos ha obligado a estar y en la que permanecemos porque creemos que es nuestro sitio en el mundo. El hecho de cumplir con el precepto perico nos reafirma en nuestra pertenencia al grupo. Si el equipo no da una no afecta a nuestra fe y a nuestra voluntad de volver.
Está claro que cuando el fútbol es electrizante hace que vayas con más ganas a la ceremonia. Aunque el núcleo más fiel va tanto si llueve, como si truena, siempre es mejor hacerlo cuando hay un ‘algo más’. Ojalá veamos en el RCDE Stadium ese `algo más’ lo antes posible, porque, aunque la fe no flaquee, lo de hacer apostolado para que vengan nuevos creyentes a la misa blanquiazul cuesta cada día más.
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