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El Río Segre y los terribles barcos prisión en la Cataluña de Companys

Por Salvador Caamaño
jueves, 1 de julio de 2021
en Cultura
6 mins read
 

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De la terrible represión que se vivió, hace ahora 85 años, en la retaguardia republicana de la Catalunya presidida por Lluís Companys, muy poco saben hoy los ciudadanos en general y no digamos los más jóvenes en particular, pues el asunto desde hace décadas se ha convertido en un tema tabú. Resulta ofensivo comprobar cómo con una gran aquiescencia, sobre todo, al albur de la nefasta Ley de Memoria Histórica de Zapatero (2007) que ahora quieren llamar de memoria democrática, se pretende reescribir la historia y se impone por parte de izquierdistas, separatistas y muchos antifranquistas sobrevenidos, un determinado relato marcado por el sectarismo y la dialéctica maniquea del blanco o negro donde, desde una presunta superioridad moral e intelectual, los republicanos del Frente Popular serían «los buenos» y los franquistas «los malos, muy malos».

En esta línea, desde el principio una de las prioridades del Gobierno de Sánchez e Iglesias, fue la exhumación de Franco y la vuelta al siniestro guerracivilismo negador de la realidad histórica. Y en el caso de Catalunya, mientras no se para de repetir lo terrible que fue la represión franquista se oculta sistemáticamente la terrible represión producida por parte del republicano Front Popular. Según Paul Preston (historiador poco sospechoso de ser profranquista) las personas asesinadas en la retaguardia de Catalunya fueron 8.352, casi el doble de las producidas por la posterior represión franquista.

Me centraré en esta ocasión, especialmente en los barcos prisión de Tarragona, de los que apenas se conoce nada. Sobre el buque prisión «Uruguay» anclado en el puerto de Barcelona se ha escrito mucho más.

Al producirse el llamado Alzamiento Nacional del 18 de julio contra el gobierno de la República, en Tarragona y en la mayoría de poblaciones de Cataluña, además de múltiples desmanes de los que ya nos hemos ocupado en otros artículos, se inició una masiva e indiscriminada detención de personas sospechosas de ser afines a dicho alzamiento (religiosos, grandes propietarios, católicos, militares, falangistas, requetés o simplemente personas que lo pudieran parecer). Como consecuencia de ello, la cárcel de Pilats de Tarragona y las existentes en el resto de partidos judiciales de la provincia se llenaron en pocos días.

Las autoridades republicanas habilitaron entonces como prisión flotante dos viejos barcos inactivos y en cierto mal estado que fueron requisados por motivos de guerra y atracados en el muelle transversal del puerto de Tarragona. Se trataba del vapor Cabo Cullera y del buque mercante Río Segre (propiedad de la compañía Ybarra y Cía) de 5.000 Tm y doble fondo. Posteriormente se utilizaron otros barcos: el Mahón y el Isla de Menorca. El de mayor tamaño y el que más protagonismo tuvo fue el Río Segre, que llegó a albergar a unos 300 reclusos.

En él los presos estaban repartidos en las bodegas de proa y de popa (aislada una de la otra); y sobrevivían hacinados en las mismas soportando en verano un calor asfixiante y en invierno un intenso frío. Tenían el rancho y el agua racionadas, la letrina era nauseabunda; dormían prácticamente unos encima de otros en el suelo de hierro de unas mugrientas y húmedas bodegas. No podían recibir visitas y estaban completamente incomunicados con el exterior. Muchos de los presos, a consecuencia de estas deplorables condiciones, sufrían graves infecciones y enfermedades. Lo cierto es que estos barcos se convirtieron en una especie de checas flotantes.

Los primeros días estos barcos fueron vigilados por guardias civiles, pero a finales de julio fueron sustituidos por milicianos. Los detenidos en ellos eran considerados, en teoría, como presos preventivos en espera de juicio. Algunos, muy pocos, por diversas circunstancias tuvieron suerte y fueron liberados. Otros, después de ser juzgados salían a cumplir sus condenas en otras prisiones, como la cárcel Modelo de Barcelona, el castillo de Montjuïc o acababan en alguna de las terroríficas «checas» de Barcelona, donde solían tener un trágico final.

Como cuenta algún testigo directo, por ejemplo Enric Olivé (que sería luego alcalde franquista en Tarragona y en 1980 diputado por CiU en el Parlament) en su libro “Memòries involuntàries”, en algunos casos los presos eran sometidos a parodias de juicio en la cabina de oficiales del barco (como fue su caso), donde mientras los milicianos que componían el supuesto tribunal fumaban cigarrillos rubios y tomaban coñac, los presos eran interrogados teniendo que soportar funestas acusaciones, humillaciones, insultos y mofas. Aunque lo más habitual era que los presos, sin juicio previo, fueran formando parte sucesivamente de las denominadas «sacas» (asesinatos colectivos) que las patrullas de milicianos formaban a partir de listados que les entregaban los denominados Comitès Antifeixistes o a su capricho y que eran sacados del barco, normalmente de madrugada, para ser asesinados.

Lo cierto es que la gran mayoría de los que pasaron por estos barcos prisión no sobrevivieron. En el caso del Rio Segre, según el historiador Antonio Montero, salieron sentenciados a muerte de sus bodegas 218 personas. Cuál sería la fama del barco que en el diario Frente Anti-fascista de Tarragona en portada, en diversas ocasiones, se amenazaba irónicamente con esto: «Aviso a los derrotistas. Tienen preparado camarote en el vapor Río Segre… Estarán muy bien, no lo duden» (18/9/36).

Uno de los personajes que dirigió algunas de estas «sacas» fue el sanguinario patrullero anarquista Josep Recasens Oliva («Sec de la Matinada»), que era uno de los cabecillas de las Juventudes Libertarias y de la FAI en Tarragona, y de cuya crueldad sin límites ya nos hemos ocupado en otros artículos. Pues bien, dos de las «sacas» más numerosas que él dirigió tuvieron lugar la noche del 10 de octubre y la del 11 de noviembre de 1936, en esta última Josep Recasens se personó, con varios milicianos, ante el que hacía funciones de «comandante» (así se hacían llamar) del barco-prisión Río Segre, que ese día era el también anarquista Joan Ballesta de la CNT (se turnaba en el mando del barco con Estanislao Lavilla de la JSU- UGT). Recasens fue con una lista en la mano y acompañado por Ballesta se dirigieron a la puerta de la bodega de proa y empezaron a leer nombres. Como nadie contestaba, al parecer las listas estaban equivocadas, entonces iban señalándolos con el dedo y abriéndose paso a puntapiés, fueron preguntando por la profesión que tenían.

-Tú, ¿qué eres?.

– Sacerdote.

– ¡Pues, arriba !. – ¿Y tú?

– Religioso.

– ¡Arriba también!

Y los iban separando así del grupo. Según cuenta el hermano de la Salle Joaquín Donato se produjeron esa noche algunas anécdotas muy reveladoras, que confirman que iban, sobre todo, a por los clérigos. En la puerta de una de las bodegas donde estaba preso el periodista Timoteo Zanuy (redactor del diario “La Cruz”), cuenta que los milicianos gritaron:

– ¿Está aquí Miguel Saludes Ciuret?

-No (contestaron).

Y se fueron de allí. Se trataba del párroco de Borges del Camp y Riudoms (adscrito), a quien encontraron después en la otra bodega. Uno de los presos era Vicente Loscos Pardo, médico titular de Horta de Sant Joan, quien al ser preguntado respondió diciendo su profesión, pero los milicianos no lo creyeron y lo tomaron por un religioso y así pasó también a formar parte del aciago grupo. A las 24 personas que integraron ese día la fatídica “saca” (dieciséis eran clérigos), los maniataron por la espalda, los subieron en un autobús y los condujeron hasta las tapias del cementerio de Torredembarra, donde a medianoche los fusilaron, siendo luego enterrados en una fosa común. Decir que “sacas” similares habían salido del Rio Segre durante el mes de agosto, en especial las de los días 9, 15, 25 y 28 de agosto (con un total, según Antonio Montero Moreno, de 60 fusilados), muchos de ellos encontrados también en fosas comunes cerca de las playas de la ciudad o en el cementerio de Torredembarra.

En las inmediaciones de la Playa Larga fue encontrada una fosa con 18 cadáveres, justo en el lugar donde indicó a la policía un miliciano (J. Bosch) que había sido detenido al finalizar la guerra y que confesó haber tomado parte en diversos asesinatos colectivos.

La historia, por dura que sea, hay que contarla completa, sin ocultaciones, sin tergiversaciones, sin prejuicios y sin propaganda, que es la más poderosa arma política para imponer la mentira.

Salvador Caamaño Morado (Diplomado en Relaciones Laborales. Exdirigente del PSUC, PCC y CC.OO. en Tarragona. Miembro fundador Foro Babel-Tarragona. Presidente Provincial de SCC en Tarragona). Foto: Vapor Rio Segre-

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