El pasado domingo, en el transcurso de una manifestación convocada en San Sebastián por juventudes de Sortu y Bildu, Ernai, contra “el fascismo”, fue decapitada una figura que representaba al Rey. Por supuesto, dirán que es libertad de expresión, pero lo que yo veo es una gran violencia simbólica sobre una persona concreta. Y odio. Hace un par de noches, en las fiestas de Oviedo, jóvenes ultras agredieron brutalmente a dos militantes de izquierda que trataban de evitar que fuese arrancada una bandera LGTBI. Veo violencia física, no simbólica esta vez (hay heridos), y también odio, claro.
El día anterior, en la glosa de la Diada de Cataluña que se hizo en el monasterio de Ripoll, cuya alcaldesa es la líder de Alianza Catalana, el orador empleó un lenguaje belicista contra el islam del que incluso se ha desmarcado ella (porque “no era el momento”, no porque no lo suscriba). ERC lo ha calificado como “totalitarismo en estado puro” y “discurso xenófobo” puesto que “ha atizado el odio” (lo dicen los que favorecieron con contratos millonarios a “humoristas” que popularizaron lo de “Puta Espanya” en TV3 y Catalunya Ràdio). Pero es que sólo unos días antes, acabó su pregón de fiestas el alcalde de Santa Eugenia de Berga, un pueblo al lado del mío, gritando “¡Puta Espanya!” porque “le hacía ilusión decirlo en su calidad de alcalde” (de Junts). No hace falta que siga, son innumerables los ejemplos que proporciona el nacionalismo (de Gaulle decía que “patriotismo es amar al propio pueblo y nacionalismo es odiar a los demás pueblos”); y es que el nacionalismo es el mal, como sabemos todos los que acostumbramos a reflexionar sobre él.
Odio y odio por todas partes, la tecnología permite ya una inteligencia artificial y nosotros seguimos siendo tan primitivos como hace cinco mil años, o más. No “progresamos” adecuadamente ni desde el s.XIX.
La RAE nos señala que odiar a alguien es sentir antipatía y aversión hacia él y desearle mal. Ese sentimiento puede tenerlo cualquiera de nosotros, pero ocurre que nunca lo reconocemos, optamos por autojustificarnos. El que odia al otro es siempre otro. El evangelista Mateo habría titulado este artículo como “La viga está siempre en el ojo ajeno”. Si, además, pertenecemos a un colectivo de los que cultivan con esmero la identidad grupal (sentimiento igual de fuerte que el odio y frecuentemente relacionado con él), resulta que los que odian a los otros son siempre otros. Esta cruda realidad es tan fácil de entender en los demás como difícil de asumir en carne propia.
El odio es lo contrario al amor; por eso es, y será por los siglos de los siglos, socialmente impresentable, políticamente incorrecto. La cuestión es que en estas últimas décadas estamos concediendo más peso a las emociones que a las razones; y que, cuando son intensas y duraderas, se convierten en pasiones; el odio es una de ellas. La guinda para el pastel de estas consideraciones es la constatación de que hay quien odia al odiador. No le parezca a usted que me estoy permitiendo un juego de palabras: eso y no otra cosa es el wokismo.
Desde que las clases medias son, afortunadamente, tan abultadas, la clásica lucha de clases entre burgueses y proletarios ha perdido gran parte de su sentido y, consecuentemente, el afán de supervivencia del marxismo-leninismo le ha hecho derivar a otras dualidades de opresores y oprimidos. Es éste un filón dialéctico ya que dualidades las hay a montones y casi todas tienen pinta de durar (hombre/mujer, heterosexual/homosexual, cisgénero/transgénero, raza blanca/negra, europeo/indígena, flaco/gordo, nacional/inmigrante…) dando lugar a conceptos como el de patriarcado, heteronormatividad, cisnormatividad, racismo, neocolonialismo, belleza hegemónica, gordofobia, capacitismo psiquiátrico, capacitismo físico, xenofobia, ambientalismo radical, animalismo, negacionismo climático… y proporcionando cada uno la oportuna encomiable causa que defender en adelante.
En todas estas dualidades hay un grupo que oprime (odia, por tanto) a otro; y resulta que para el wokismo es siempre un hombre, blanco, heterosexual, europeo, flaco, rico, etc. Enraizado en la nueva izquierda (hoy ya es sólo izquierda-woke), predica el odio a los odiadores… y eso les salva, les permite mantener la pose de superioridad moral, se sienten mejores, por mucho que dicte la lógica que el que odia al odiador, odia también. De hecho, si uno escucha atentamente, advierte que el “discurso” se les vuelve en contra.
Además, los defensores de estas causas suelen ser muy activos y vehementes, y enrolarse afanosamente en todas ellas, por lo que nos regalan elocuentes silencios cuando se dan casos “cruzados”, como por ejemplo: un violador de raza distinta a la blanca, una mujer asesina de su marido, un inmigrante xenófobo, o un homosexual que niega el cambio climático… También nos obsequian con incoherencias de manual, por ejemplo cuando ponen mayor interés en vituperar a los negacionistas de ese cambio que en buscarle remedio.
Lo del “discurso de odio” está de moda: nacionalismos y populismos lo emplean sin nombrarlo tanto; los políticos de izquierda hablan de él hasta la saciedad, atribuyéndoselo machaconamente en exclusiva a la pareja derecha-ultraderecha… y la viga en el ojo ajeno siempre.
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