Este lunes el cómico separatista Jair Domínguez, que se ha forrado a costa de nuestros impuestos cobrando una pasta de TV3 y Catalunya Ràdio por gritar «puta España», le dio por provocar a la afición del Espanyol en redes sociales. Es a lo que se dedica habitualmente, a lanzar anzuelos para que la gente pique, se enfade con él, y así seguir aumentando su notoriedad a base de generar ruido mediático.
La provocación era la típica de cualquier indocumentado que no conozca de qué va la película: el RCD Espanyol es despreciado porque tiene un nombre «de mierda» y lo que tiene que hacer es cambiárselo. Estúpida, pero muy eficaz, porque consiguió su objetivo. A continuación se produjo un debate acalorado en el que muchos pericos cayeron en el argumentario supremacista. Le decían a Domínguez que cómo podía dudar de la catalanidad del Espanyol alguien que se llamaba «Jair» y se apellidaba «Domínguez», como si la «catalanidad» dependiera de tu nombre y apellidos.
Pero el fondo es otro. ¿Realmente el Espanyol es despreciado por la Cataluña oficial, por esa Cataluña nacionalista que domina los resortes del poder político, social y mediático por llamarse así? La respuesta es «no». El Espanyol es despreciado porque es el único club de Cataluña que no acepta el axioma de que el Barça es el gran «club nacional catalán», y no acepta su hegemonía social y deportiva. El Espanyol podría cambiarse el nombre por uno más «amable» para el nacionalismo catalán como «Sporting Baix Llobregat», pero mientras se escuche en nuestro estadio el cántico de «puta Barça» en todos los partidos y seamos el campo de la Liga en el que se recibe con más hostilidad a los culés, siempre seremos vistos como una anomalía y un club a eliminar.
Ésta es la clave. En el RCDE Stadium se recibe peor al Barça que en otros campos como el Bernabéu o Mestalla. El Espanyol es la única resistencia activa a la hegemonía absoluta que los culés tienen sobre el deporte catalán. El nacionalismo quiere una sociedad uniforme, una sola lengua de uso social (el catalán), un himno (Els Segadors), una bandera (la ‘senyera’ trasvestida de ‘estelada’), una televisión ‘nacional’ que sea el eje mediático de Cataluña (TV3) y un equipo de fútbol que sea el gran equipo ‘nacional’ (el Barça). Saltarse uno de estos dogmas significa caer en la herejía.
El Sabadell, el Girona o el Nàstic – por poner tres ejemplos – son tolerados como particularismos locales, siempre que no hagan demasiada sombra al Barça y, sobre todo, sus aficionados sean, en el fondo, culés que desean que los de Laporta ganen los grandes títulos. Cuando uno ‘crece’ demasiado, como le pasó al Girona la temporada pasada, comienza a sentir la presión mediática para que cese en su atrevimiento.
Pero lo que no se tolera es el enfrentamiento a campo abierto con la ‘religión’ culé. El Espanyol niega la ‘azulgranización’ de Cataluña y pregona una Cataluña deportiva plural. Niega que el Barça sea el club ‘nacional’, y combate esta idea recibiendo con una hostilidad increíble cualquier exceso propagandístico culé. Esto es lo que el ‘mainstream’ nacionalista que controla Cataluña no perdona, ni nos perdonará jamás.
No se fíen en que Salvador Illa, Gabriel Rufián o Jordi Turull sean pericos. No digo que no lo sean, pero no moverán un dedo para enfrentarse al ‘establishment’, porque ellos forman parte del mismo. Son pericos de una manera folklórica, pero nunca plantearán un desafío peligroso a la hegemonía culé. En esta batalla estamos solos, y lo primero que tenemos que tener claro que el debate sobre el nombre nos debilita, porque hay aficionados del Espanyol que compran esta mercancía averiada y, honestamente, se creen que cambiando el nombre nos iría mejor. Nunca será así mientras el cambio de nombre no vaya acompañado de la total sumisión a la idea de que el gran club «nacional» de Cataluña, su «ejército simbólico», es el Barça.
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