El alcalde Jaume Collboni ha hecho del Pla Endreça la piedra angular de su mandato en Barcelona. Con esta iniciativa, el gobierno socialista pretende recuperar el control del espacio público, un área que quedó seriamente dañada durante los años de convivencia con los Comuns. Sin embargo, lo que el PSC vende como una gestión eficiente y decidida, es percibido desde los bancos de la oposición como una operación de marketing diseñada para tapar la falta de soluciones reales a los problemas crónicos de la ciudad.
El Partido Popular, liderado por Daniel Sirera, ha sido contundente al calificar el plan como una «propaganda millonaria». Según los populares, el gasto de casi un millón de euros en campañas de publicidad y autobombo no se traduce en una mejora tangible de la limpieza. Sirera sostiene que la ciudad está «más sucia que nunca» y que el gobierno municipal vive en un mundo virtual, alejado de los barrios donde el incivismo y la degradación de las infraestructuras básicas, como el alcantarillado, siguen presentes.
Desde Vox, la crítica sube de tono al centrarse en el binomio seguridad-limpieza. Gonzalo de Oro-Pulido ha denunciado que el Pla Endreça es pura «ficción publicitaria» que intenta blanquear una realidad de inseguridad creciente. Para la formación, es inaceptable que se destinen fondos públicos a promocionar un plan que no ha logrado frenar el repunte de delitos ni el deterioro de la convivencia. Vox critica que se gaste en cartelería lo que debería invertirse en una presencia policial mucho más contundente y efectiva.
El desequilibrio en las prioridades de gasto es otro de los puntos de fricción. El PP señala que el Ayuntamiento gasta el doble en publicitar este plan que en promover sectores estratégicos como el comercio y la restauración. Esta falta de criterio presupuestario evidencia, a juicio de los populares, que a Collboni le importa más la percepción de orden que el orden en sí mismo. La política de gestos, según esta visión, está sustituyendo a la política de hechos.
La presión sobre el civismo
La respuesta del gobierno municipal ha sido endurecer las sanciones, con un aumento significativo de las multas por conductas incívicas. No obstante, para el PP y Vox, esta presión sancionadora es insuficiente si no va acompañada de un cambio de modelo profundo. Consideran que el PSC sigue prisionero de los complejos ideológicos heredados del mandato anterior, lo que impide una aplicación estricta de la ley y el orden que Barcelona reclama con urgencia.
La oposición de derecha coincide en que el Pla Endreça es un reconocimiento implícito del fracaso socialista durante los años que gobernaron junto a Ada Colau. Resulta paradójico que ahora presenten como «excelencia» lo que antes era dejadez. Para Sirera y De Oro, el problema no es la falta de escobas o carteles, sino la falta de autoridad frente a quienes degradan la ciudad día tras día sin consecuencias reales.
Incluso los datos del Barómetro municipal reflejan una brecha de credibilidad: una parte importante de la ciudadanía desconoce el plan o no percibe mejoras sustanciales. Esto alimenta el argumento de la oposición de que nos encontramos ante una «estratagema abusiva de autopromoción política». Si el ciudadano no ve las calles más limpias, de poco sirve que el alcalde le diga desde una marquesina que la ciudad se está «ordenando».
El debate sobre el estado de Barcelona se ha convertido en una batalla de relatos. Mientras el PSC intenta vender una ciudad que recupera el brillo, el PP y Vox recuerdan que los búnkeres del Carmel siguen sufriendo botellones y que Ciutat Vella sigue siendo un foco de delincuencia. El «escaparate» de Collboni empieza a mostrar grietas ante una realidad que no se deja limpiar solo con comunicados de prensa o fotos de operarios.
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