Pedro Sánchez ha demostrado una vez más su frialdad táctica. La vicepresidenta Yolanda Díaz y su proyecto Sumar han dejado de ser útiles para el líder del PSOE y, en consecuencia, están siendo abandonados a su suerte. El idilio político que el presidente mostró hacia Díaz en la pasada campaña electoral ha terminado de forma abrupta.
La principal debilidad de Díaz ha sido su incapacidad para controlar a Podemos. Sánchez ha tomado nota de la guerra interna que desangra a la izquierda radical. Tras constatar que Sumar está en una clara pendiente descendente, el presidente ha optado por buscar nuevos socios que aseguren su permanencia en el poder.
El cambio de estrategia fue evidente en las recientes elecciones gallegas. Sánchez ordenó a su potente aparato mediático y político engordar artificialmente al BNG. De forma paralela, el PSOE lleva meses inmerso en una descarada operación de promoción y blanqueamiento de Bildu, a pesar de su pasado terrorista.
Y no es casualidad la gran atención mediática que está recibiendo Gabriel Rufián por parte del poderoso aparato mediático que controla el PSOE, y es que el de Santa Coloma tiene más futuro en la política nacional que en ERC, dónde los ‘suyos’ le ven como una rémora ya que habla más de temas sociales que de la independencia de Cataluña.
Para Sánchez, Yolanda Díaz ya no es una pieza clave para sumar mayorías. Es un elemento a extinguir cuyo electorado debe ser fagocitado por otros partidos. El objetivo es claro: traspasar votantes a las formaciones secesionistas y, de ser posible, al propio Partido Socialista.
La lideresa de Sumar debería aprovechar sus últimos estertores de poder. Es el momento de colocar a sus allegados en puestos de relevancia, porque el chollo político se le agota. El destino de Díaz es previsible y dramático, un calco del sufrido por sus antiguos socios.
Si la vicepresidenta duda de su inminente caída, solo tiene que preguntar a Irene Montero o Ione Belarra. Hace apenas un par de años, ambas prometían revolucionar la izquierda mundial. Hoy, no son más que voces marginales, reducidas a tuiteras de ocasión.
La fuga de votantes es un hecho irrefutable. Recordemos que este espacio estuvo a punto de conseguir el temido sorpasso sobre el PSOE. En un futuro muy cercano, el número de sus diputados será tan reducido que caberán en un par de taxis. El declive es irreversible.
Mientras Sumar se desmorona, su fundador, Pablo Iglesias, sigue moviendo hilos desde la retaguardia. Su actual misión es la colocación estratégica de peones en TVE. Intenta así inyectar vida artificial a una formación que es ya un cadáver político al mismo nivel que Sumar.
La izquierda radical española no solo ha fracasado en su gestión, sino que ha perdido toda credibilidad. Su obsesión por imponer su agenda ideológica y su constante bronca han provocado una huida masiva de sus antiguos votantes. El coste de su sectarismo lo pagarán ellos, facilitando la supervivencia de Pedro Sánchez al engordar al PSOE, ya que podrá presumir de haber recuperado mucho del terreno que perdió en los últimos años, aunque deje de gobernar.
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