El nacionalismo y la peste

Pau Guix (foto de Cristina Casanova Seuma)

La pandemia del COVID-19 ha sacado lo peor de muchos nacionalistas, su bajeza moral y su indignidad como personas: desde pedir ─como el edil de la CUP en Vic, Joan Coma─ toser en la cara o escupir a los miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME) que están desinfectando las residencias geriátricas donde se hallan sus propios padres o abuelos, ¡sí!, hasta hacer política usando el miserable hashtag #EspanyaMata, muy representativo del odio lazi generalizado que ha explotado en redes sociales contra España, sus instituciones y sus abnegados servidores públicos, pero también contra los catalanes libres de nacionalismo que osan contradecir el unga unga de la tribu teledirigido por el espacio mediático catalán y sus lacayos de panza en gloria (o panxacontents, como decimos en catalán).

Uno de los muchos voceros vividores del régimen, Jordi Graupera, cuando finalmente Ada Colau entró en razón y requirió la ayuda de la UME, escribió el siguiente tweet el 22 de marzo: “Una de las funciones no escritas de un alcalde democrático de BCN es evitar a toda costa que el ejército español haga algo ─hay buscar todas las alternativas posibles e imposibles. Aquí viven muchas familias perseguidas por esta banda durante generaciones”.

A lo que Ignasi Guardans respondió dos días después, definiendo perfectamente a esta clase de personas: “Mi rechazo a determinados líderes independentistas es porque creo que son personas moralmente miserables, egoístas, dañinas socialmente, difusores de odio y bilis. Vamos: desgraciados”. Sólo le faltó añadir que Graupera, quizás no sólo estaba preso del odio sino del rencor de haber fracasado como candidato de la lista separatista Barcelona és Capital (BCap) a la alcaldía, que no consiguió afortunadamente un solo edil de representación ya que su programa electoral consistía básicamente en como ejecutar un golpe de Estado e independizarse. Por todo ello, ese odio y rencor es en su caso comprensible, ya que a todos siempre nos acompañan nuestros fantasmas, y si uno es como Graupera, debe acompañarlo el Hades entero, encabezado por Companys junto con el resto de habitantes del Tártaro.

El nacionalismo es un mal endémico y metastásico que se ha propagado de manera dirigista por todas las capas de la maltrecha sociedad catalana. Estamos ya a finales de mayo y este discurso del odio no solo no se ha detenido sino que se ha acrecentado entre los representantes públicos y la sociedad civil separatistas para ocultar su pésima gestión económica, sanitaria y humana en esta crisis, el enorme número de fallecidos (especialmente las personas mayores y aquellas que moraban en residencias) y, de paso, usarlo como remedo para grotescamente tratar de asegurar sus prebendas o sus cargos y sus sueldos, aunque sea a costa de la ruina económica y de la mortandad, anteponiendo el viaje eterno hacia la Ítaca independiente, porque esa es la altura moral del separatismo.

Para aquellos que no me crean, vean un ejemplo más de esas execrables excreciones por parte de esa grey nacionalista rebosante de inquina que, un día tras otro, usa lo que sea menester para transmitir su cansino mensaje y que no decaiga dicho odio: “Cataluña independiente hubiera salvado miles de vidas… España es paro y muerte, Cataluña vida y futuro”. Esto es lo que vomitó el presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona en un tweet el 21 de abril, en plena pandemia, politizando así los muertos en clave identitaria. En la misma línea, el vicepresidente primero de la Mesa del parlamento autonómico, Josep Costa, afirmaba en un tweet de 4 de mayo respecto a la gestión de la pandemia que “el único caos lo ha provocado esta suma de centralización e incompetencia [del gobierno español]”, sin reconocer responsabilidad alguna por parte de su partido y de su gobierno, encabezado por Torra, de lo sucedido aquí en Cataluña, claro está. En definitiva, todo es válido si sirve para atacar el concepto de España como nación y para ensalzar las (imposibles) bondades de una Cataluña independiente.

¿Y quién está al frente de esta pestilencia nacionalista y permite que todo esto suceda y se normalice? El mismo que hoy, 21 de mayo, mientras escribo estas líneas, acaba de espetar en el parlamento autonómico que “la nueva normalidad tiene que culminar en un Estado independiente… no tengo ninguna duda de que Catalunya será independiente… para mí, eso es una cuestión irreversible”. El infando Torra, el Nada Honorable President, el Muy Supremacista President de verbo enfermizo y odio visceral, el intolerante que no debe ser tolerado, el inhabilitado que debería ser expulsado con urgencia de las instituciones para preservar la poquísima dignidad democrática que aún sobrevuela la Generalitat, ese proyecto de adulto que sigue siendo el niño retraído que leía con fruición aquel libro poblado de bestias parlantes y cuya imagen ha proyectado en los catalanes libres de nacionalismo y en el resto de españoles que osan desafiar su ponzoñosa ideología, está causando un daño irreparable con su actuación como marioneta de Puigdemont y el resto de líderes procesistas, esos freedoms fighters de salón, que esconden su responsabilidad cobardemente de manera sucesiva en otro a modo de una matrioshka rusa, pero en vez de muñecas usando un sinfín de decrecientes barretinas.

El nacionalismo, como cualquier otro movimiento totalitario, es siempre antitético respecto al progreso ya que supone regresión y pensamiento único (y cuando triunfa, partido único e instituciones al servicio de ese partido, se convierten en el Estado) y contraviene todos los principios sobre los que se asienta el desarrollo humano. Por ello, cuanto más avance la peste nacionalista más se destruirá nuestra sociedad, más dañados quedarán nuestros derechos civiles y nuestras libertades fundamentales y cada vez será más difícil recuperarlos, que se produzca el cambio.

Decía George Bernard Shaw que “el progreso es imposible sin el cambio, y aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada”, lo cual indica que desde el conjunto de España debe existir una responsabilidad compartida para ayudarnos a aquellos catalanes libres de nacionalismo (y por ende españoles sin ambages) a luchar no solo contra un régimen despótico de sátrapas nacionalistas sino a mostrarles, a nuestros hermanos que han sido abducidos mentalmente por la escuela y el espacio mediático hipersubvencionado catalán, que España no es paro y muerte sino paz y vida, garantías y oportunidades, derechos y libertades. Shaw afirmaba que la libertad supone responsabilidad y que por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto. Que no la teman, que es mucho peor el sometimiento a un régimen fascistoide cuyo único interés es “la nació” y cómo seguir viviendo de ésta, tanto ellos como sus hijos y sus futuros descendientes, al modo de una nobleza de rancio abolengo de famiglie separatistas.

Y todo ello es posible por la connivencia y la bajeza moral del actual gobierno de España, que dice defender el progreso y la igualdad, y pacta, aprovechando el estado de alarma, con aquellos que defienden justo lo contrario, con los nacionalistas de todo pelaje: desde los que practican el laissez faire, laissez passer a los herederos de los terroristas asesinos pasando por los que aspiran a ser como estos últimos y por los extorsionadores profesionales de competencias. Lo cierto es que, ante este panorama, cuando finalmente pase la pandemia del coronavirus, la peste nacionalista seguirá ahí, y aún más fuerte y resiliente, ya que el desastre económico sin precedentes será campo abonado para los populismos y extremismos de todo tipo, el caldo de cultivo ideal para el excluyente egoísmo nacionalista.

Describe Albert Camus en su novela La Peste (1947) cómo será la vida después de que la peste haya arrasado la ciudad de Orán: “Una de las nuevas muestras de que la era de la salud, sin ser abiertamente esperada, se aguardaba en secreto, sin embargo, fue que nuestros ciudadanos empezaron a hablar con gusto, aunque con aire de indiferencia, de la forma en que reorganizarían su vida después de la peste”.

Pero que nadie se lleve a engaños, nosotros no podremos permitirnos el hablar con indiferencia de cómo reorganizar nuestras vidas, porque la peste nacionalista no nos lo va a permitir, porque es resiliente y refractaria al progreso humano. Camus nos lo expone claramente en otro párrafo de la novela: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Y para que ese bacilo no despierte, les propongo que escuchemos juntos, por la ventana abierta, como hizo Miguel Hernández, víctima de la sinrazón de una guerra fratricida que deseamos que no se vuelva a repetir jamás.

“Soy una abierta ventana que escucha,

por donde va tenebrosa la vida.

Pero hay un rayo de sol en la lucha

que siempre deja la sombra vencida”

Antes de que sea demasiado tarde, seamos ese rayo de sol que venza para siempre a las tinieblas nacionalistas, o éstas acabarán inundando nuestras vidas y todas nuestras ciudades con ratas portadoras de esa pestilente oscuridad que pacientemente espera decenios dormida para alcanzarnos cuando menos lo esperemos.

Pau Guix

21 de mayo de 2020

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