Érase una vez un pueblo del lejano oeste norteamericano, en el que estaban celebrando una gran fiesta popular, en la que estaba la mujer del presidente de los Estados Unidos y su hija. La fiesta transcurrió con normalidad en medio del jolgorio propio de la ocasión, y sin que nadie apenas le diese importancia, por la calle principal del pueblo, un hombre de aspecto siniestro que se llamaba Louis Blonder, que no gozaba de simpatías en la ciudad, pasó de largo a caballo con unos caballos mustangs de pura sangre. Todos vieron a Blonder, incluidas las autoridades, la mujer del presidente y su hija, y nadie le dio importancia a esa anécdota.
Cuando acabó la fiesta un grupo representativo de ciudadanos, dijo que los caballos habían sido robados a una conocida ganadera llamada Jennifer Prettyman. Cuando la gente empezó a murmurar, alguno alegó que le resultaba extraño que los caballos fueran de la ganadera, porque después de la fiesta la habían visto bromeando con Blonder, y en ningún momento le reprochó el robo de los caballos. Pero la cosa tuvo un giro inesperado cuando el sindicato de ganaderos presionó a Jennifer para decir que Blonder le había robado los caballos.
A partir de ese momento un grupo de ciudadanos que se autoerigían como los defensores de la moral y de las buenas costumbres, hicieron un llamamiento para linchar a Blonder. Lo curioso es que estos respetables ciudadanos representaban tanto a las clases más pudientes de la ciudad, como a los sectores más progresistas. Enseguida todos los periódicos locales acusaron a Blonder del robo de los caballos, afirmando que sin ningún género de dudas era un cuatrero y debía de ser colgado. También en las tertulias de todos los saloons se alzaban acusadores, que exigían que Blonder fuera colgado lo antes posible.
Sin embargo, en estas tertulias y en las mesas contiguas, había personas que no veían tan clara la culpabilidad de Blonder, pero no se atrevían a opinar, y mucho menos a defenderle para no ser tildados de «amigos de los cuatreros», porque la opinión pública y la opinión publicada habían concluido que sin ningún género de dudas era un ladrón de caballos. De nada sirvieron las explicaciones que dió en público el acusado, y a los pocos que se atrevieron a aplaudirle o a darle la razón, fueron acusados de encubridores o incluso de colaboradores.
En la turbulencia de reproches y acusaciones, se formó un grupo de linchamiento para colgarlo de una soga lo antes posible, porque si intervenía el sheriff o el juez, de momento, no podrían colgarlo. De hecho los linchadores nunca quieren que intervenga la Justicia, porque con la serenidad e imparcialidad que caracteriza a todo procedimiento judicial, se sabe perfectamente si hubo intencionalidad maliciosa o no, o si hubo o no consentimiento de la víctima, o si el hecho se cometió públicamente sin malicia o hubo ocultamiento. Los linchadores no quieren que intervengan los tribunales porque saben que muy probablemente el linchado será absuelto, o a lo sumo condenado a una pequeña pena no equiparable a una ejecución pública.
El linchador solo quiere que se aplique su visión particular de lo que él considera justicia, venciéndole el espíritu de venganza sobre la realidad de los hechos y los derechos del reo. El linchador quiere que cuando los viandantes vean el cadáver colgado de un árbol, deduzcan que era culpable y por eso lo han matado. Esto que podría haber pasado hace ciento cincuenta años, puede pasar hoy en día contra usted, contra un servidor o contra un presidente de la Federación Española de Fútbol.
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