Recuerdo con agrado como antes de un coloquio sobre libertad de prensa organizado por S’ha Acabat! los ponentes Xavier Rius, Albert Soler y servidor disfrutamos de un sustancioso ágape en una tasca de toda la vida, el Bar Bodega Bartolí (Vallespir, 41), en el barrio de Sants.
Tras disfrutar de sus ricas bravas y sus platos – tienen un menú al mediodía espectacular – me juré probar un día uno de sus afamados ‘esmorzars de forquilla’, qué es el ‘brunch’ catalán, zamparse a media mañana un plato con las calorías para alimentar a una familia de ‘influencers’ durante una semana. Luego fuimos al coloquio y ya relatamos en este medio el escrache que sufrimos.
Tras el acto, y justo antes de abandonar el recinto universitario, quedé hipnotizado por la presencia de un futbolín solidario en el bar del campus. Acostumbrado al canalleo del futbolín del típico Bar Manolo o del salón de recreativo el comprobar que el antaño divertimento entre birras y gritos de “ahí va esa” se había reconvertido en una herramienta recaudatoria para buenas causas me confirmó que sigo en la Edad de Piedra. Y, por cierto, que el futbolín tuviera techo me indignó. ¿Qué se hizo de darle a la bola con toda la fuerza posible para acabar ir a buscarla bajo la barra y de paso pedir una ronda más?
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