La decadencia de los comunes como fuerza política en Cataluña se ha hecho cada vez más evidente desde que perdieron el control del Ayuntamiento de Barcelona y Ada Colau dejó de ser alcaldesa. Su derrota en las últimas municipales marcó el inicio de un declive que no ha dejado de acelerarse. El proyecto que en su día se presentó como una alternativa fresca y transformadora ha terminado convertido en un espacio irrelevante, con un liderazgo debilitado y sin capacidad de marcar agenda.
La figura de Ada Colau simboliza como nadie esta pérdida de peso político. La exalcaldesa, que durante años fue el rostro de una izquierda combativa y disruptiva, se ha ido desdibujando progresivamente. Su paso por la alcaldía acabó en desgaste, y desde entonces no ha sabido encontrar un nuevo papel que le devuelva centralidad. Cada movimiento reciente parece un intento desesperado de recuperar protagonismo, sin resultados tangibles.
El ridículo sufrido con la llamada “Flotilla de la Libertad” que partió de Barcelona rumbo a Gaza este domingo es un ejemplo claro. Colau quiso liderar una iniciativa cargada de simbolismo, pero que terminó mal antes de empezar: varias embarcaciones se vieron obligadas a regresar por el mal tiempo, y la imagen transmitida fue la de una aventura improvisada, con más pose activista que eficacia real. Máxime cuando Colau había criticado pocos días antes a Ernest Urtasun, ministro de Cultura, por la «cobardía» del Gobierno de España en su relación con Israel. Urtasun es en la actualidad el dirigente de los comunes con más peso institucional.
Ese episodio no hace más que reforzar la percepción de que Colau y los comunes han quedado atrapados en la teatralidad política. Sus gestos tienen cada vez menos eco y sus mensajes apenas despiertan entusiasmo. La exalcaldesa se aleja del papel de referente de la izquierda transformadora y se acerca peligrosamente a la irrelevancia pública, arrastrando con ella al espacio político que lideró.
La pérdida del Ayuntamiento de Barcelona fue el golpe más duro, porque supuso ceder el principal bastión institucional de los comunes. Sin poder municipal y sin influencia real en la Generalitat, el partido ha quedado reducido a una fuerza secundaria, dependiente de pactos y alianzas, incapaz de movilizar a la ciudadanía como lo hacía en sus primeros años.
Colau, que antaño era un icono internacional por su activismo contra los desahucios, hoy aparece como una figura agotada. Su intento de mantenerse en el centro del debate público a base de gestos simbólicos ya no conecta con la ciudadanía. La flotilla fallida es la metáfora perfecta: mucho ruido, grandes titulares iniciales, pero al final un resultado decepcionante y vacío.
NOTA: En estos momentos de crisis y de hundimiento de publicidad, elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 2, 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.

















