El panorama político actual, degradado por las cesiones constantes de Pedro Sánchez, ha permitido que figuras como Silvia Orriols emerjan con un aura de falsa autenticidad. Muchos ciudadanos, hartos del buenismo de la izquierda y la permisividad del PSOE con la inseguridad, ven en ella una claridad dialéctica refrescante. Sin embargo, no debemos a engañarnos con este fenómeno.
Orriols no es más que una versión renovada del supremacismo de Quim Torra o Marta Ferrusola. Bajo su denuncia de la delincuencia late el mismo desprecio por lo español que ha caracterizado al nacionalismo más rancio. Para este sector ‘secesionista’, lo «autóctono» es lo único valioso, mientras que lo nacional o lo extranjero se mete en el mismo saco de rechazo.
Sánchez ha hecho tanto daño a la nación que personajes siniestros ahora parecen fascinantes para algunos antisanchistas. Las alianzas del PSC y el Gobierno central con el ‘separatismo’ han blindado a la casta del proceso. Políticos como Junqueras o Puigdemont siguen controlando los resortes del poder gracias a sus pactos de hierro con el sanchismo.
En este escenario de decadencia económica y social, Orriols señala a la «casta» con virulencia para disputar la hegemonía a Junts y ERC. Pero ella no representa una solución real, sino una simple sustitución de élites. Su plan consiste en cambiar a los gestores caducos por los suyos propios para seguir sangrando al Estado español.
El discurso de la alcaldesa de Ripoll es el mismo victimismo de siempre: «España nos roba». Utiliza una estética medieval y familiar para construir una leyenda que encandila a quienes buscan soluciones drásticas. Pero tras esa fachada de madre coraje con cinco hijos, se esconde la misma estrategia de confrontación de sus predecesores.
No hay diferencia sustancial entre su proyecto y el de aquellos que llevaron a Cataluña al precipicio en 2017. La fascinación que despierta es síntoma de una sociedad desesperada por la gestión del PSOE. Los socialistas han preferido alimentar al monstruo del nacionalismo antes que defender el orden constitucional.
Debemos recordar que los ‘separatistas’ son maestros en el arte de vivir de lo que critican. Su radicalismo termina donde empieza la posibilidad de perder el sueldo oficial, siguiendo la estela de los que la precedieron. Cataluña necesita una alternativa real que recupere la convivencia, no un relevo en el odio. Ni el PSC sumiso a los nacionalistas ni el ‘secesionismo’ radical de Orriols ofrecen un futuro próspero. La libertad se defiende con la ley y la verdad, no con nuevos mesías que solo buscan perpetuar el conflicto.
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