El RCD Espanyol arrastra un problema estructural que va más allá de lo económico o lo social. Durante décadas, la entidad ha caído en la trampa de medir su éxito en función del rival ciudadano. Disfrutar más de las derrotas ajenas que de las victorias propias, o centrar los objetivos de la temporada en salvar el honor en un derbi, es el síntoma más claro de una preocupante decadencia institucional.
Esta falta de ambición no se justifica con el presupuesto ni con la masa social. El ejemplo del Villarreal es demoledor: con un presupuesto superior, pero tampoco a años luz, del del Espanyol, y muchos menos socios su trayectoria reciente evidencia lo que se puede lograr con un proyecto deportivo sólido.
En Cornellà, por el contrario, el club se ha convertido en un simple trampolín. Ya no solo los grandes históricos nos arrebatan el talento; hoy, equipos como el Betis resultan destinos mucho más atractivos para cualquier profesional que aspire a algo más que la supervivencia.
Los jugadores con proyección detectan el conformismo que se respira en el ambiente y buscan salidas rápidas. Mientras tanto, la institución parece atrapada en el papel de «Pepito Grillo» del fútbol catalán, consumiendo energías en quejas contra medios de comunicación o instituciones que priorizan al Barça. Esa actitud victimista solo ha conducido a la mediocridad más absoluta y a un estancamiento que aleja a los posibles nuevos aficionados.
Urge un cambio de rumbo valiente. El Espanyol debe dejar de mirar hacia fuera para empezar a mirar hacia dentro. El potencial para aumentar la masa de aficionados en toda Cataluña existe, pero requiere un proyecto ilusionante y una voluntad real de ofrecer al perico lo que quiere ver: un club con orgullo que aspire a cotas altas por méritos propios. Solo dejando de ser el eterno agraviado se podrá construir un futuro a la altura de nuestra historia.
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