El restaurante peruano El Dorado Chicken (Balmes, 122) se ha convertido en el templo de peregrinación para quienes buscan el auténtico pollo a la brasa, ese plato que en Perú es casi una religión y aquí, gracias a locales como este, empieza a ser un vicio confesable para los barceloneses.
No estamos ante la típica pollería de barrio donde el ave da vueltas sin alma bajo un foco naranja. Aquí el protagonista es el horno de carbón, un gigante que trabaja a destajo para conseguir ese equilibrio imposible: una piel crujiente y sabrosa frente a una carne que se deshace, manteniendo toda su jugosidad.
Lo que hace que El Dorado destaque entre la oferta gastronómica de la ciudad es su fidelidad a la tradición sin caer en el postureo innecesario. El local respira un ambiente familiar y bullicioso, donde se mezclan ejecutivos con la corbata floja, familias peruanas que buscan el sabor de su infancia y turistas despistados que acaban de descubrir que la vida es mejor disfrutando de sus especialidades, como el ceviche, la jalea de pescado o el arroz con pollo.
Las patatas fritas de aquí son de verdad, de las que crujen y tienen cuerpo, ideales para rebañar hasta la última gota de sus salsas caseras. La crema de ají amarillo es, sencillamente, de otro planeta; pica lo justo para despertarte los sentidos pero te permite seguir disfrutando del festín sin pedir clemencia. Cada plato se presenta con un elenco de guarniciones, con diferentes tipo de maíz, yuca, ensalada, puré, patatas fritas o arroz blanco o verde.

Uno de los puntos fuertes de El Dorado Chicken es su capacidad para hacernos olvidar que estamos a escasos metros de la Plaza Cataluña. En cuanto cruzas el umbral, el ruido del tráfico barcelonés se apaga y es sustituido por el tintineo de los vasos y el murmullo alegre de un comedor siempre lleno. Es esa hospitalidad peruana tan característica la que te hace sentir que no eres un número de mesa, sino un invitado en una celebración casera.
En un momento donde la restauración parece obsesionada con los platos minimalistas y las luces de neón para Instagram, se agradece un lugar que apueste por la contundencia y la honestidad. Aquí las raciones son generosas, los precios son más que razonables para la zona y, sobre todo, el sabor es el que manda. Es el lugar perfecto para esas cenas de amigos donde el único plan es ponerse las botas y salir con una sonrisa de oreja a oreja.
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