La presencia del Consorci de la Zona Franca de Barcelona (CZFB), organismo que depende del Gobierno de España, en el 11º Congreso Mundial de Zonas Francas, celebrado en la ciudad china de Haikou hace unas semanas, no es una simple misión comercial. Se trata de un nuevo capítulo en la deriva de la administración que tutela el Gobierno de Pedro Sánchez, más preocupada por la fotografía en territorio comunista que por los riesgos de dependencia estratégica. Bajo el paraguas del Ministerio de Hacienda, el Consorci ha acudido en masa a una cita diseñada para mayor gloria de los intereses de Pekín.
En este foro, la directora general del CZFB, Blanca Sorigué, ha sido reelegida como vicepresidenta de la asociación mundial del sector. Si bien el cargo se presenta como un éxito personal y de gestión, en realidad ata la marca de Barcelona a una estructura global donde China marca el ritmo. Sorigué, que ocupa el puesto desde mayo de 2023, seguirá formando parte de este órgano de gobierno.
La participación española en el Hainan International Conference and Exhibition Center llegó en un momento de máxima tensión entre la Unión Europea y el régimen de Xi Jinping. Mientras Bruselas endurece el tono por las prácticas comerciales desleales de China, los emisarios de Sánchez en Barcelona optaron por el blanqueamiento institucional.
El congreso reunió a unos 2.000 asistentes de 160 países, una cifra que los organizadores utilizan como demostración de fuerza. Sin embargo, tras la fachada de la «cooperación global» y los 114 ponentes, se esconde la realidad de un mercado cada vez más controlado por los intereses geopolíticos chinos. El Gobierno socialista, en lugar de liderar una respuesta común europea que proteja nuestra industria, prefiere enviar a sus cuadros directivos a participar en jornadas de «networking» en la isla de Hainan.
Durante tres días, la delegación española se deshizo en elogios hacia la conectividad económica y el crecimiento inclusivo. Estos términos, habituales en el lenguaje de la izquierda, suenan a hueco cuando se pronuncian en un país que ignora sistemáticamente las reglas de juego del libre mercado. El Consorci no parece haber tenido reparos en sumarse a una narrativa que favorece la penetración de capital estatal chino en infraestructuras clave de todo el mundo.
Blanca Sorigué aprovechó el escaparate para vender las bondades del Distrito 4.0 de Barcelona ante la mirada complaciente de los jerarcas de la dictadura china. Presentar la transformación digital de la industria barcelonesa en China es, cuanto menos, una ironía. El Gobierno de Sánchez parece estar abriendo las puertas de nuestra innovación tecnológica a un competidor que no oculta su intención de liderar la industria 4.0 mediante el espionaje industrial y el control de datos.
La visión estratégica que el CZFB proyecta al mundo no es la de una Barcelona autónoma y pujante, sino la de una ciudad que busca desesperadamente el favor de la dictadura china. Mientras en España se asfixia a los autónomos, en China los representantes públicos se dedican a firmar acuerdos de «diálogo estratégico» sin beneficio claro para el contribuyente.
La reelección de Sorigué junto al presidente Mohamed Alzarooni es la culminación de una política de gestos que olvida la seguridad nacional. Al delegar la representación económica en perfiles que se sienten cómodos en estos foros, el Ejecutivo central renuncia a defender un modelo productivo que no dependa de la órbita de influencia comunista.
Resulta preocupante que el futuro de la industria catalana y del resto de España se debata en hoteles de lujo en Haikou bajo la atenta mirada de un régimen autoritario. El blanqueamiento de China por parte de instituciones dependientes del Estado es una temeridad que pagaremos a largo plazo. La izquierda española parece no haber aprendido nada de las crisis de suministro recientes, insistiendo en estrechar lazos con quienes ven el comercio como una herramienta de dominación política.
Barcelona merece una proyección internacional que no pase por el servilismo hacia modelos económicos opacos. El CZFB, financiado con recursos que deberían servir para fortalecer el tejido empresarial local, se ha convertido en una pieza más del engranaje diplomático de Sánchez para evitar conflictos con Pekín. El tiempo dirá si esta apuesta por la «conectividad global» no es, en realidad, una vía de agua por la que se escapa la competitividad de nuestra industria ante el empuje asiático.
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