Desde que Oriol Junqueras y Elisenda Alamany tomaron las riendas de una Esquerra rota tras una cruenta guerra interna el partido quedó en una posición de extrema fragilidad, sobre todo tras las acusaciones entre el sector ganador y el perdedor de juego sucio. La pérdida de la Generalitat les obligó a pactar con el PSC para investir a Salvador Illa, un acuerdo que hoy se tambalea peligrosamente.
La gestión de los presupuestos se ha convertido en el último capítulo de esta tensión entre republicanos y socialistas. El Gobierno de Illa ha decidido presentar las cuentas sin ceder en la gestión del 100% del IRPF. ERC asegura que sin esa «línea roja» no habrá apoyo, pero la credibilidad de los de Junqueras ante la opinión pública es, a estas alturas, nula.
En Gerona se vive una auténtica revuelta contra la cúpula de ERC, mientras que figuras del sector crítico como Helena Solà o Gabriel Fernàndez ya han abandonado la formación. El goteo de bajas es constante, reflejando el descontento de las bases con la deriva de la actual dirección.
La renuncia de la exconsejera Tània Verge a su acta de diputada es otro síntoma del agotamiento que sufre el proyecto de Junqueras. El partido intenta desesperadamente equilibrar su influencia política con la cohesión interna, pero los expertos ya hablan de una divergencia estratégica insalvable.
El socialismo catalán observa con pánico cómo su principal socio se desintegra por momentos. Si Junqueras no logra controlar a sus críticos , la legislatura de Illa será un calvario constante. La falta de liderazgo en ERC convierte cualquier negociación en un campo de minas donde las promesas se las lleva el viento.
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