El regreso al Camp Nou, prometido por la directiva del FC Barcelona, se ha convertido en una sucesión de retrasos, excusas y desilusiones. Lo que en principio debía estar listo para la temporada 2024-2025, ha ido dilatándose en el tiempo hasta transformarse en una promesa que ya pocos creen. Viendo el estado de las obras – las fotos son de hoy mismo – parece muy difícil creer lo que vende el presidente Joan Laporta.
La última decepción llegó con la imposibilidad de disputar el Trofeo Joan Gamper en el nuevo estadio. Las obras no solo no estaban terminadas, sino que ni siquiera contaban con la licencia de ocupación necesaria para permitir el acceso del público. El partido se trasladó al Estadio Johan Cruyff, dejando a los aficionados con la amarga sensación de que las fechas anunciadas por el club son cada vez menos creíbles.

La supuesta reapertura para el inicio de la nueva temporada ahora se plantea de forma parcial, con apenas 27.000 espectadores autorizados a entrar, muy lejos de los 60.000 prometidos. Aunque el Ayuntamiento aprobó un plan de retorno por fases, lo cierto es que la fecha concreta de regreso sigue envuelta en dudas, pues aún faltan inspecciones, certificaciones y condiciones por cumplir. Lo que debería ser un momento histórico —el regreso del Barça a su casa— se está convirtiendo en un proceso torpe y deslucido.
En el plano económico, los retrasos están teniendo consecuencias graves. El club confiaba en generar hasta 100 millones de euros por conceptos de hospitalidad, eventos y explotación de instalaciones como museos y tiendas. Pero sin un estadio completamente operativo, esas previsiones caen en saco roto. Las demoras también empañan la imagen de un club que había apostado por mostrar modernidad y solvencia, pero que hoy proyecta más bien una sensación de improvisación y falta de control.

Resulta especialmente grave que, pese a las penalizaciones pactadas con la constructora turca Limak por posibles retrasos —que podrían alcanzar un millón de euros diarios—, la entidad haya decidido no aplicarlas de forma efectiva. Esta indulgencia con el contratista contrasta con la rigurosidad con la que se exige a los socios y abonados cumplir sus compromisos económicos, y alimenta las sospechas sobre la transparencia del proceso.
Los vecinos del barrio también se han visto afectados por el incumplimiento de los acuerdos. El club logró autorización para extender los horarios de trabajo, incluso hasta la medianoche, con la promesa de que las obras cumplirían un calendario estricto. Ahora, sin los resultados esperados, los residentes sufren los ruidos y molestias de una obra interminable que ha dejado de ser un proyecto de orgullo colectivo para convertirse en una fuente de irritación.
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