Recientemente se ha estrenado «El 47» dirigida por Marcel Barrena. La película describe las circunstancias que precedieron al secuestro por su mismo conductor, del autobús metropolitano que cubría la línea 47 que finalizaba en La Gunaueta, para reivindicar la prolongación de la línea hasta Torre Baró. Ha sido alabada por la crítica como un gran éxito el cine catalán, éxito que suponemos se circunscribe al ámbito local porque ni siguiera ha sido nominada ésta, como ninguna otra película del cine catalán o del resto de España, a los premios Oscar de este año de la Academia de Hollywood.
Sin quitarle mérito a la película, como todo relato elevado a las pantallas combina claros con oscuros, y verdades con medias verdades. Para empezar refleja como en los años cincuenta y principios de los sesenta, ante la gran llegada de compatriotas de Andalucía y de Extremadura que venían a Barcelona para trabajar y encontrar una vida mejor, como era materialmente imposible alojar en pisos a tantas familias, la Policía Armada de la época, aplicando disposiciones judiciales paternalistas relacionadas con los derecho de morada, permitían que cualquier persona que pusiera un techo en su barraca, no podía ser lanzado o desalojado porque eso ya era su casa.
Aquí se produce el primer error de la película porque no fueron «los grises» los encargados de este cometido, porque el Ayuntamiento de Barcelona en 1949 instituyó lo que se denominó el Servicio Municipal para la Represión de Nuestras Barracas, que eran unos inspectores municipales acompañados de Guardias urbanos, pronto conocidos por razones obvias como «los picos», que al margen de derribar las que estaban en estado precario, censaban las chabolas colocando una placa en la puerta de cada una, controlando que no se ampliaran o se construyeran más, pero esto último no se llegó a cumplir en muchos casos. Evidentemente en el cine moderno español queda más visual ver a «los grises» derribando barracas, que ver a policías municipales.
Con el paso de los años y las mejoras introducidas, esas antiguas barracas se convirtieron en casas unifamiliares en las laderas de Torre Baró, con su propio jardín y magníficas vistas a Barcelona, que en la actualidad tienen un alto valor económico. Se podría decir que a muchos barraquistas el negocio les salió redondo, porque hasta que normalizaron su situación en el Registro de la Propiedad acreditando un derecho de usucapión y consolidando su posesión, habían construido en un terreno que no era de su propiedad, y habían estado muchos años sin pagar ningún tipo de impuesto municipal como el IBI o la plusvalía.
Otro aspecto que llama poderosamente la atención en la película, es la normalización lingüística del uso del catalán en la Administración pública durante la etapa franquista, porque de las múltiples entrevistas que realiza Manolo Vital, encarnado por el actor Eduard Fernández Serrano, con funcionarios municipales, en todas ellas habla con ellos en catalán.
Durante la etapa del régimen anterior, el catalán no era lengua cooficial como ahora, como tampoco lo es en la actualidad en la Cataluña Norte. Por ello entonces no se podía presentar un escrito en lengua catalana, como tampoco ningún órgano de la Administración pública, podía emitir un documento en catalán, como también ocurre en la actualidad en el Rosellón donde solo es oficial el francés. Sin embargo si el funcionario de turno era catalanoparlante, atendía con naturalidad en catalán a aquellos ciudadanos también catalanoparlantes con los que despachaba.
También llama la atención el interés de aquellos trabajadores -llamados despectivamente ‘charnegos’- en aprender a hablar en catalán para progresar socialmente, en contraste con los actuales inmigrantes extranjeros que la inmensa mayoría de ellos apenas se esfuerzan en hablar catalán.
La película nos describe a un abnegado Manolo Vital como un voluntarioso chófer de Transportes Metropolitanos de Barcelona, cuando en realidad era un activista de Comisiones Obreras y del PSUC, que tenía un interés legítimo por la mejora de las condiciones de vida de su barrio. Por lo que respecta a su autobús de la línea 47, durante la época del alcalde José María de Porcioles, el despliegue de las líneas de autobuses de Barcelona tuvo una extensión sin precedentes, porque de cubrir los trayectos que solo abarcaban el casco urbano de la ciudad, alcanzaron muchos de los llamados «barrios del extrarradio», pero como es lógico las líneas de autobús no podían llegar a aquellas calles no asfaltadas, con fuerte pendiente o excesivamente estrechas, por las que como se ve en la película, el autobús no podía circular. Esto no obstó para que el insistente Manolo Vital reclamase una y otra vez durante el final del régimen franquista y el inicio de la democracia, la llegada de su autobús a su barriada,
Llama la atención en la película la presencia de un monumento de piedra con el yugo y las flechas en Torre Baró, cuando durante el franquismo todos los monumentos eran conmemorativos de algo, y como nada había que conmemorar en Torre Baró, el monumento sencillamente nunca existió. Aunque suponemos que el guionista quiere establecer una simbología cuando el autobús lo daña al hacer una maniobra, pero lo que no dice el guionista es que fue en el año 1978 bien iniciada la transición, cuando Manolo Vital se decidió a tirar por lo sano, y hacer llegar el autobús hasta la parte alta de Torre Baró.
Hoy en día como ocurría en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, la llegada de inmigrantes a Barcelona y su área metropolitana, está volviendo ha hacer aflorar las zonas de barracas, pero la carestía de los alquileres ha hecho proliferar de forma masiva el alquiler de habitaciones en domicilios particulares, práctica que se ha convertido en un barraquismo moderno e invisible, mucho más difícil de controlar y de erradicar que las barracas. La sociedad evoluciona pero las pautas de pobreza se van extendiendo inexorablemente. Todos pobres, pero eso sí, con la parada del autobús delante del portal del piso compartido.
Juan Carlos Segura Just
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