La manifestación constitucionalista del 12 de octubre en Barcelona reunió a 300.000 personas según los organizadores (Espanya i Catalans), y 65.000 según la Guardia Urbana de Ada Colau, la que cuelga lazos amarillos en el Ayuntamiento y abomina de la Constitución de 1978. Así que se pueden imaginar que lo más normal es que la cifra real fuera, como poco, el doble de lo que “contaron” los policías de los “comuns”. O, mejor dicho, los mandos, porque los agentes de este cuerpo policial están más bien hartos de la ineptitud del gobierno municipal en materia de seguridad.
Lo importante es que esta manifestación fue un éxito del constitucionalismo catalán, que a pesar de las provocaciones de los radicales secesionistas que quisieron convertir una jornada festiva en una jornada violenta no se produjeron incidentes destacables y que los Mossos d’Esquadra hicieron su trabajo con cierta solvencia. La misma que en otras ocasiones se ha echado en falta.
La calle es de todos, de los secesionistas y de los constitucionalistas. Y a pesar de los intentos de los separatistas de echar a los que no piensan como ellos del espacio público, no lo han conseguido. El 12 de octubre fue una nueva prueba de la fuerza cívica de los catalanes libres de nacionalismo, que han decidido existir y plantar cara, de manera democrática, a la intolerancia independentista.

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