Es la noticia del día. Iñigo Errejón, diputado de Sumar y portavoz en el Congreso, dimite de todas sus responsabilidades y cargos, abandonando la política. Lo curioso del tema, es que no acaba cogiendo a todo el mundo por sorpresa.
“Se veía venir”, reconocía en privado una activista de la izquierda alternativa, que conserva más apego a su puesto de trabajo en la Administración que a la coherencia en la defensa de sus ideas. Hace ya un año circuló la noticia de un incidente en Castellón. Según parece, Errejón tocó en un bar, sin consentimiento y de forma inapropiada a una señorita, que se sintió vejada.
Poca muy poca cobertura de la prensa. Lo más significativo del tema, es que la diputada Luisa Arenillas de “Mas Madrid”, el partido de Errejón, se erigió como mediadora en el caso, pidiéndole a la agredida que no “hiciera escarnio público”. En definitiva, que mantuviera la boca cerrada. Omertà.
Ya en esa época era público y notorio la indisimulada dependencia por parte del político de “ciertas sustancias”. El derecho a la intimidad y la censura de los nuevos guardianes de la moral, no especificaban si era una adicción a los vaporizadores de nicotina con olor a fresa o una militancia festiva en el gremio de la “farlopa”, lo que le hacía perder el tino.
Sin embargo, era un secreto a voces que persona y personaje estaban cada vez más disociados. De día: portavoz de Sumar, azote del patriarcado fascio-racista y adalid del progresismo. De noche: machista, maltratador psicológico, proclive a la violencia y al abuso con las mujeres. Un legítimo representante de la superioridad moral de la izquierda. Abuso, miedo e indefensión en el país de la Dictablanda.
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