El 10 de noviembre de 1942, con motivo de la victoria de las tropas británicas en El Alamein (Egipto), Winston Churchill profirió, en la Mansion House de Londres, uno de sus más emblemáticos discursos. En él pronunció la célebre frase: «Esto no es el final, ni siquiera el principio del final, aunque quizás sea el final del principio».
El premier británico se refería a que, si bien faltaba bastante para acabar la guerra, la posibilidad de la victoria era un hecho, más allá del desánimo de mucha gente. En España llevamos años malviviendo, afrontando una decepción tras otra, viendo cómo no hay suelo que pare la caída, mientras se destruye de manera sistemática la familia, las creencias, la nación, la convivencia y la vida.
Hemos visto que la alianza parlamentaria que sustenta al Gobierno de Pedro Sánchez se ha ido manteniendo a base de cesiones indignas. La reforma del Código Penal, suprimiendo el delito de sedición y abaratando la malversación (legalizar el robo), fue clave para la investidura de 2023. La condonación de una parte significativa de la deuda catalana, 17.100 millones de euros, algo así como la suma de todo lo invertido en un año por la Comunidad Valenciana en sanidad y educación, no es un pequeño detalle. Lo que se da a unos se sustrae a otros.
Se premia al mal gestor, al deshonesto, al que despilfarra, sin atender a otros intereses que no sirvan a la propia supervivencia política. Una asociación para delinquir compuesta de mendaces y corruptos, con el único objetivo de seguir medrando en las instituciones y engordando con la pitanza del dinero público. Se paga con dinero o con la sangre y el dolor de otros.
Con el fin de la doctrina Parot, el Gobierno accedió a acelerar procesos judiciales para la salida de prisión de terroristas. Desde entonces, el goteo de las excarcelaciones ha sido una constante. En el año 2021, de los 261 etarras encarcelados, solo tres cumplían sus penas en cárceles vascas. Actualmente, todos están en el País Vasco o Navarra. Por otra parte, más del 80 % se encuentra en tercer grado o semilibertad. El resto lo alcanzará en 2027.
En su gran mayoría no ha habido arrepentimiento por el daño causado, ni tampoco se han regateado homenajes públicos a los asesinos y humillaciones a las víctimas y a sus familiares. Pedro Sánchez y el Partido Socialista han dado carta de respetabilidad a criminales y a sus colaboradores políticos. Los han blanqueado, como se blanquea el dinero sucio procedente de la droga, la extorsión y el crimen.
No debemos olvidar a Podemos, Sumar, Izquierda Unida… colaboradores necesarios de los desmanes del Gobierno. Un elenco de pijos progres, paniaguados, genuflexos y palmeros subvencionados. Siempre a la greña, no por controversias ideológicas, sino por puestos de poder o influencia. Simplemente, por dinero.
Voceros de la superioridad moral de la izquierda, no dejan de ser herederos y seguidores del comunismo. Una ideología que ha matado a más inocentes que Hitler y el cáncer juntos. Queda lejos, muy lejos, el Congreso del Centenario del PSOE, en 1979, en el que Felipe González exhibía como lema «100 años de honradez y firmeza». Visto lo visto, hoy parece una burla. El socialismo se ha convertido en una cloaca al aire libre.
Una sociedad adormecida asiste, atónita, a un reality show cutre y casposo protagonizado por quienes fueron elegidos para gobernar el bien común. Un desfile de esposa corrupta; hermano enchufado por un dirigente regional tiernamente enamorado; un expresidente mentiroso, defraudador y miserable; ministros ladrones, cocainómanos y puteros… Y esto no ha concluido.
Mientras, en nuestro país más de 4,5 millones de personas se encuentran sumidas en una pobreza severa y un cuarto de la población de España continúa en riesgo de caer en la pobreza y en la exclusión social. La cronificación de la pobreza. Quien es indiferente al dolor ajeno seguirá, como ha hecho en los últimos siete años, sin hacer nada. Los pobres no producen beneficios ni suelen votar. Simplemente, no cuentan.
Antes del final veremos más cortinas de humo, como las del Valle de los Caídos y el traslado de los restos del general Franco, o los palestinos de Gaza, que han desaparecido de las preocupaciones de Pedro Sánchez, o el «no a la guerra» y su enfrentamiento cosmético con Donald Trump. Cuando ya no queda dónde esconderse y todas las mentiras son insuficientes, ¿qué le queda a Pedro Sánchez y su camarilla para esquivar la cárcel?
Necesita un último golpe de efecto, mover el tablero o, mejor, derribarlo de una patada. Dar por concluida la Transición y proclamar a la Monarquía como la última rémora del franquismo. Resucitar el Frente Popular, buscar un Estado confederal e intentar proclamar la Tercera República.
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