La reciente crisis migratoria vivida en Ceuta ha dejado al descubierto, de la manera más cruda, la profunda soledad internacional del Ejecutivo español. Mientras la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha sabido transformar con rapidez la presión fronteriza en una palanca diplomática de primer orden, el Palacio de la Moncloa parece instalado en una parálisis incomprensible. La audacia de la mandataria transalpina le ha permitido aglutinar a una amplia mayoría de gobiernos comunitarios en torno a una respuesta firme y sin complejos frente a la inmigración irregular. Es el triunfo de la iniciativa política frente a la inacción de un Gobierno, el de Pedro Sánchez, incapaz de liderar el debate sobre la seguridad en su propia frontera sur.
La maniobra italiana, secundada con presteza por Dinamarca, se ha materializado en una carta formal respaldada por 22 Estados miembros. En este documento crítico, los socios europeos exigen una convocatoria extraordinaria de los ministros de Interior de la Unión Europea y una actuación de urgencia para blindar las fronteras exteriores, agilizar de inmediato los retornos y combatir a las mafias que trafican con personas. Los acontecimientos de Ceuta se han convertido, por mérito propio de la ineficacia española, en una severa advertencia para el conjunto de la Unión. Los firmantes recuerdan sin ambages que la entrada masiva de decenas de miles de personas evidencia la extrema vulnerabilidad de nuestra frontera, reclamando movilizar sin dilación los instrumentos comunitarios y redoblar la cooperación con Marruecos.
El contraste entre el liderazgo ejercido desde Roma y la alarmante tibieza de Madrid resulta a todas luces bochornoso. La misiva ya ha sido remitida formalmente a las máximas instituciones europeas: António Costa en el Consejo, Ursula von der Leyen en la Comisión, y la presidencia semestral de Irlanda. Con este movimiento, Meloni consolida su tesis de que la protección de las fronteras no es un problema exclusivo de España, sino una responsabilidad compartida que el bloque europeo no puede seguir eludiendo. «Las imágenes llegadas desde Ceuta han demostrado una vez más cuán urgente es una respuesta europea a la inmigración clandestina», sentenciaba con acierto la dirigente italiana a través de sus redes sociales.
Para el Gobierno de Pedro Sánchez, esta iniciativa europea representa un varapalo político de dimensiones colosales y una enmienda a la totalidad a su errática política exterior en materia migratoria. Moncloa ha optado tradicionalmente por la diplomacia de baja intensidad y los discursos buenistas, ignorando que el resto de los socios europeos perciben el problema con una creciente y justificada preocupación. Al no abanderar una postura rigurosa ante el desafío de Ceuta, el Ejecutivo socialista ha permitido que Roma capitalice el descontento continental y dicte la agenda migratoria de la Unión. España ha pasado de ser el actor principal en la gestión de su propia frontera a convertirse en un convidado de piedra que asiste, atónito e impotente, al liderazgo ajeno.
En definitiva, la crisis ceutí ha certificado el fracaso estrepitoso de la estrategia migratoria de Pedro Sánchez y su incapacidad manifiesta para tejer alianzas sólidas en defensa de los intereses nacionales. La soledad del presidente del Gobierno en Bruselas es hoy el reflejo exacto de un Ejecutivo agotado, desconectado de la realidad comunitaria y superado por los acontecimientos. Mientras Europa despierta y exige mano dura contra las mafias y eficacia en las expulsiones, España sigue a la deriva, prisionera de su propia irrelevancia y con un presidente más ocupado en su supervivencia interna que en proteger eficazmente las fronteras de Europa.
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