Diálogo para la paz en Cataluña desde la Constitución del 78

El nacionalismo, para sus reivindicaciones secesionistas, se vale de dos herramientas (no les llamo argumentos porque a mi juicio no pertenecen a la lógica): la significación del llamado “hecho diferencial” y la “revisión histórica” según su particular punto de vista. El hecho diferencial  lo encuentran en factores religiosos, étnicos o culturales (como puede ser el de tener una lengua propia); mientras que la revisión histórica se realiza mediante el recurso al victimismo, un lamento de batallas perdidas y de opresión por la imposición de los Estados de los que se pretende liberar.

El hecho diferencial es muy difícil de argüir en sociedades modernas y cosmopolitas, donde la mezcla de culturas, producida por siglos de integración, hace imposible distinguir cualquier signo de identidad propia exclusiva. También resulta falaz apelar al victimismo de la opresión en los Estados de Derecho, donde Constituciones democráticas regulan la vida de los ciudadanos.

El nacionalismo no nace de la razón, es un sentimiento comunitario manipulable que puede llegar convertirse en perverso. La perversión del nacionalismo lo convierte en excluyente e insolidario. Es, por tanto, complicado contraponer razonamientos a sentimientos, es muy difícil entablar diálogos con aquellos que anteponen su sentimiento nacionalista por encima, incluso, de su bienestar personal.

En Cataluña nos encontramos con ese problema de diferentes planos de debate, se enfrentan los sentimientos a la razón. Un debate que se ha extendido al resto de España, donde también los sentimientos comienzan a aflorar como reacción a aquellos de los independentistas. El problema se agrava entonces porque cada vez menos personas utilizan argumentos (que siempre son racionales), y las emociones no controladas pueden tener consecuencias imprevisibles.

A pesar de lo dicho, no hay que desistir en la búsqueda de razonamientos que conduzcan a la resolución del conflicto de una forma dialogada, en la que todas las partes se encuentren representadas. Habrá que tener en cuenta que las negociaciones serán complicadas y que la solución no satisfará completamente a todas las facciones.

La “negociación de suma cero”, es decir aquella donde uno lo gana todo y el otro lo pierde todo, nunca resuelven el conflicto de una manera definitiva. La imposición de una de las partes sobre la otra sólo consigue aplacar momentáneamente la confrontación, que volverá a resurgir al cabo de poco tiempo.

Independientemente de lo que cada uno pueda sentir, sería conveniente un ejercicio de racionalidad, que siempre implica moderación y prudencia. En este envite nacionalista independentista catalán, todos nos jugamos lo suficiente como para dejar que las “vísceras” nos lleven a una confrontación de consecuencias dramáticas para Cataluña, para España y para Europa.

Así, la racionalidad ha comenzado y gran parte de la sociedad española (catalanes  incluidos) abogan por una solución dialogadaA esa solución insta la Europa civilizada y democrática, cuyo papel  como facilitadora (no mediadora) del diálogo puede resultar fundamental.

Y esa racionalidad se propone decisivamente desde la economía, sin la cual es imposible conseguir los niveles de bienestar alcanzados en Cataluña, en España y en Europa. Una economía que afecta a los bolsillos de todos los ciudadanos, sean o no independentistas. Ante la inseguridad jurídica y social, es racional que las empresas salgan de Cataluña y que los ahorradores busquen lugares seguros para sus euros.

Pero la emoción también juega un papel importante. La emoción que sale del corazón, la que transmite mensajes positivos para fomentar el acercamiento. Por eso es muy importante que la Cataluña no independentista manifieste su deseo de continuar juntos en ese proyecto común, dentro de Europa, que hemos llamado España. Y es decisivo que el resto de los españoles demuestren su cariño hacia Cataluña, como siempre lo han hecho.

Por eso es primordial que no se emprendan acciones que puedan ser usadas por el victimismo nacionalista como elemento de propaganda para sus seguidores y para distribuir a la opinión pública internacional. La combinación de racionalidad y emoción positiva puede ser la base para conseguir aplacar los ánimos independentistas.

No conviene olvidar que España es un país democrático internacionalmente reconocido y que la comunidad internacional defiende sin fisuras la unidad de España. Esa comunidad internacional no consentirá que España se convierta en un Estado fallido incapaz de defender un sistema constitucional democrático que vela por la seguridad de todos sus ciudadanos.

La prueba más evidente de que España es un país democrático es que el nacionalismo independentista ha gozado y goza de libertad para expresar sus idearios; ha dispuesto de medios de comunicación públicos y privados para promocionar y propagar su ideario independentista; organizaciones civiles han servido sin restricción alguna a los fines independentistas; y hasta en universidades y colegios se ha educado en el ideario independentista sin obstáculo alguno. Que se sepa nadie ha sido encarcelado a pesar de las vulneraciones constitucionales perfectamente identificadas.

Durante los últimos años, el independentismo se ha adueñado del discurso en Cataluña y se han atribuido la representación del pueblo catalán. Sin embargo, conviene recordar que la democracia se gana en las urnas y se desarrolla en las instituciones democráticas. Los independentistas no han respetado a la mitad de los representantes legítimos del pueblo catalán, que resultaron elegidos en unas elecciones libres y limpias, como se pudo comprobar los días 6 y 7 de septiembre en el Parlamento de Cataluña, cuando se vulneró la Constitución, el Estatuto de Autonomía y el Reglamento de ese Parlamento.

Los independentistas han secuestrado la tranquilidad de millones de catalanes y españoles, incluso Europa comienza a sentirse intranquila; han provocado la división de un pueblo pacífico y dialogante; pueden llevar al ruina a una de las regiones más prosperas de Europa; y pueden causar una confrontación de proporciones inimaginables dentro y fuera de su territorio.

Desde el Estado, desde el Gobierno y desde otras instituciones hay que asumir la parte de responsabilidad por no haber sabido atajar este conflicto a tiempo (hay quienes piensan, cada vez más personas, que no se ha actuado a tiempo con suficiente firmeza ante el desafío independentista) pero la culpabilidad directa de este caos en el que están sumiendo a la sociedad catalana sólo recae sobre los independentistas. La firmeza del Estado de Derecho no puede consentir la vulneración de los derechos y deberes fundamentales que contempla la Constitución. Es algo que los independentistas también tienen que saber y tener en cuenta.

No se puede jugar con el bienestar de millones de personas por las motivaciones sentimentales o por los intereses particulares  de una minoría. No es justo que toda una nación como la española esté pendiente de la decisión de un dirigente atrapado por su discurso radical y por los extremistas seguidores que lo secundan. Es una tortura psicológica a la que están sometiendo a millones de personas, que ven como se está llegando al enfrentamiento irreversible

En una democracia como la española nadie puede ser perseguido por sus ideas políticas, y menos reprimirlas. Pero hay que atenerse a las reglas de juego establecidas. Para aquellos que defienden un referéndum en Cataluña alegando el derecho a decidir, tendrán que conseguir los apoyos necesarios en las urnas para abordar las reformas constitucionales convenientes para alcanzar ese objetivo. No olvidemos que Cataluña no es un ente particular, es parte de un proyecto común en el que todos los españoles estamos implicados.

A pesar de todo, todavía es tiempo de diálogo, un diálogo que conduzca a una paz justa, pero para alcanzarla hay que partir de alguna base. En la España democrática ese punto de partida es la Constitución del 78. La paz debería de empezar por ese reconocimiento. Un punto de partida para alcanzar la reformas necesarias que satisfagan las necesidades de la sociedad actual.

A modo de recordatorio:

RESULTADOS DEL REFERÉNDUM DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978

COMUNIDADES NOBLANCONULOABSTENCIÓN
ANDALUCÍA91’85%5’48%2’07%0’58%30’49%
ARAGÓN88’09%6’72%4’65%0’52%26’45%
ASTURIAS88’58%8’39%2’13%0’88%38’21%
BALEARES89’46%4’82%4’87%0’83%29’81%
CANARIAS91’89%4’36%3’17%0’55%37’09%
CANTABRIA83’50%12’46%3’43%0’59%28’84%
CASTILLA Y LEÓN85’06%9’16%4’97%0’80%28’62%
CASTILLA-LA MANCHA84’32%11’78%3’11%0’77%26’18%
CATALUÑA90’46%4’61%4’23%0’68%32’09%
CEUTA Y MELILLA88’30%8’45%2’74%0’50%30’40%
COMUNIDAD VALENCIANA88’84%6,97%3’44%0’73%25’86%
EUSKADI69’11%23’53%5’74%1’60%55’34%
EXTREMADURA89’29%7’34%2’74%0’61%29’49%
GALICIA89’04%5’80%3’97%1’13%49’79%
LA RIOJA86’59%7’83%4’70%0’86%27’53%
MADRID86’14%10’11%3’02%0’71%27’76%
MURCIA90’77%6’21%2’43%0’57%28’56%
NAVARRA75’70%16’95%6’40%0’94%33’37%

 

De la misma manera que se elaboró está Constitución, se pueden transformar en otra acorde con la voluntad actual de los españoles. El camino fue y es diálogo, acuerdos y urnas.

Javier Jiménez Olmos

14 de octubre de 2017

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