Del ‘procés’ al proceso

El separatismo catalán nunca ha sido un problema catalán, sino de España. Ha sido -y es- un error decisivo analizarlo y circunscribirlo a Cataluña, porque esto supone aceptar, de entrada, una falacia inaceptable: la existencia de una Cataluña como realidad separada, diferenciada y diferente de la realidad de España. Ni existe ni ha existido nunca esa dualidad Cataluña/España que se ha instalado en la mente de casi todos.

Pero, además, es un error porque todo lo que pasa en Cataluña repercute en el resto de España, y al revés, lo que pasa en el resto de España explica lo que sucede en Cataluña. Si esto ha sido así desde el Imperio Romano (en que ni existía Cataluña ni España), mucho más desde 1714, y no digamos desde que Franco entró triunfante en Barcelona. Lo que sí puede comprobarse, al menos desde el siglo XVIII, es que la burguesía catalana ha logrado algo verdaderamente insólito: mezclarse con toda la burguesía y oligarquía española al mismo tiempo que mantenía su sentido de posesión y dominio sobre un territorio, Cataluña.

Si la oligarquía y burguesía catalana ha logrado siempre obtener privilegios “internos” (exenciones, aranceles, inversiones, industrialización, etc.) ha sido por tener, al mismo tiempo, un gran poder e influencia en España. Basta revisar la presencia de catalanes en todos los gobiernos e instituciones franquistas, por referirnos al periodo más reciente. Pero ha sido sobre todo durante la democracia cuando este poder catalán ha llegado a ser determinante del rumbo de España, hasta el punto de que nunca ha estado más cerca de lograr su objetivo último: disolver la realidad de España en un conglomerado de “naciones” más o menos “federadas” sobre las que Cataluña ejercería su indiscutible hegemonía.

Esto no es un delirio ni fruto de una pesadilla: nunca ha estado España más cerca de desaparecer como nación. No es una hipótesis de futuro, sino un proyecto ya iniciado y bastante avanzado. Porque ya hemos pasado del procés secesionista de Cataluña al proceso disgregador de España. O lo que es lo mismo: del golpe de Estado en Cataluña, al golpe a la democracia en toda España, un golpe de Estado camuflado, cuya manifestación más insidiosa es ese “golpe de Estado ideológico” que impone, desde la “ideología de género” o la “memoria histórica”, el desprecio de los símbolos nacionales o la persecución de la lengua común.

“Golpe” es hoy una palabra equívoca, porque alude a un momento inicial brusco, concentrado y, por lo mismo, transitorio, que solo tiene dos posibilidades: el triunfo o el fracaso. Si mantenemos hoy la palabra es para destacar lo principal: la voluntad clara de cambiar radicalmente el orden político establecido para imponer otro. Históricamente esto siempre se ha llevado a cabo con violencia, de modo rápido y cruento. Hoy estamos asistiendo a otro tipo de golpe de Estado, coactivo y violento (hay muchas formas de violencia), pero no cruento, silencioso, continuado. No un “golpe”, sino sucesivos “golpes”: proceso. No llevado a cabo sólo en Cataluña por los separatistas supremacistas, sino en toda España por los plurinacionalistas, federalistas, populistas e independentistas de todo pelaje.

Ante este negro panorama, la pregunta más importante es: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Hay muchas explicaciones, pero yo voy a esbozar una: por la enorme influencia del “poder catalán” en el diseño y evolución de nuestra democracia desde el minuto cero (e incluso antes). El proyecto estratégico disgregador de ese poder encontró enseguida un personaje excepcional, quiero decir excepcionalmente dotado para urdir un entramado corrupto de intereses, favores, cesiones, apoyos, silencios y engaños. Me refiero a Jordi Pujol, el personaje más importante de cuanto ha ocurrido en España en los últimos 40 años.

Pujol fue capaz de enredar, con sus artimañas y su concepción de la política como el arte de la amenaza, el engaño y el disimulo, no sólo a Felipe González y Aznar, sino a todos los poderes del Estado, empezando por la monarquía. Partiendo de un momento especialmente difícil, confuso y turbulento (franquistas, militares, ETA…), Pujol logró erigirse en el elemento estabilizador decisivo del inestable equilibrio político y, a partir de ahí, maniobró, sobornó, engañó, amenazó… Logró que todos quedaran, de un modo u otro, “atrapados” en su red mediante un arma fundamental: el espionaje, los dosieres, la prevaricación y la corrupción. Montó un poderoso sistema de inteligencia a su servicio, después de lograr desmantelar el CESID en Cataluña.

¿Se acuerdan de aquello de “cauran tots“? Si vas segant, diguem, la branca d’un arbre al final cau tota la branca, tots els nius que hi han: No és que després caurà aquell d’allà! Aquell d’allà que… No, no…, és que després cauran tots!” ¡Caerán todos, todos, no uno  aquí y otro allá, sino todos..! Caerá el árbol entero, amenazó enfurecido en el Parlamento catalán en septiembre de 2014. Y añadió: “Si todo hubiera sido tan corrupto, tan terrible y esos gobiernos tan incapaces, no se hubiera aguantado, y eso condenaría a toda la política catalana”. Pues sí, aguantó, y precisamente por eso, porque toda la política catalana ha sido “tan corrupta y tan terrible”. En el colmo de su cinismo y descaro dijo también: “No he estat un polític corrupte. Era un home amb molts diners, però vaig dedicar la meva vida i els meus recursos a construir Catalunya”. Vamos, que sacrificó su vida por Cataluña, y todo por una minucia, unos miles de millones.

Ya estaba todo esto anunciado en aquel Programa 2000 que se destapó 1990, en el que Pujol planificó minuciosamente catalanizar hasta el último rincón de la sociedad civil, cultural, política y administrativa de Cataluña con el claro objetivo de “alcanzar su soberanía” y  convertir a “Cataluña (Països Catalans) en el centro de gravedad del sur de la CEE”. La llegada de Sánchez a la Moncloa, con todas sus concesiones al separatismo independentista (la última: negar el delito de rebelión) hay que entenderla dentro de este marco general. Es sin duda un salto hacia adelante en esa estrategia general perfectamente definida. Un pequeño paso para Sánchez, y un gran paso para el proyecto separatista.

¿Cómo entender, si no, que nadie de la familia Pujol, a pesar de estar todos inculpados, haya pisado todavía la cárcel? ¿Cómo entender los silencios de Aznar y Felipe González, desde el escándalo de Banca Catalana a los Pactos de Majestic? ¿Cómo entender que los poderes fácticos, empresarios, periodistas, banqueros, magistrados…? Pujol ha conseguido que la corrupción se haya convertido en secreto de Estado. ¿Hasta cuándo?¿Cómo parar este proceso disgregador, que aprovecha la conjunción fatal de la crisis económica y política para acabar con nuestro Estado democrático? Es necesario un verdadero plan estratégico general, que una todas las fuerzas y recursos de la sociedad española para, con total claridad y determinación, iniciar un proceso que revierta todo aquello que ha avanzado gracias a la ceguera, el entreguismo y el derrotismo de nuestros máximos responsables políticos y económicos, muchos de ellos atrapados en una red de corrupción, claudicación, cobardía y proteccionismo mutuo que ha llegado a un nivel insoportable. ¿Quién asumirá e impulsará esta urgente tarea? ¿Quién tendrá el coraje de llevar a cabo este proyecto apremiante e inaplazable?

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