Fue Mañé i Flaquer, periodista y escritor conservador catalán del siglo XIX, quien acuñó la expresión oasis vasco para caracterizar el microclima político que el mantenimiento de los fueros y un proverbial tradicionalismo proporcionaba al País Vasco. La expresión tuvo éxito y sirvió para que un eminente historiador actual, José Luis de la Granja, calificara de la misma manera la peculiaridad vasca en dos momentos claves de nuestro siglo XX: la proclamación de la II República y la guerra civil. Euskadi, por varias razones, se sustraía al panorama político general del resto de España.
Mientras tanto, la Rosa de Fuego (Barcelona) ardía de forma episódica como consecuencia de las tensiones que sobre todo nacionalistas catalanes, anarquistas y lerrouxistas propalaban con sus discursos y sus acciones. Tras la dictadura de Franco, Euskadi dejó de ser un oasis para convertirse en el territorio más conflictivo y violento de toda España. La presencia de un porcentaje importante de vascos que no asumía el régimen constitucional y la actividad terrorista de ETA convirtieron Euskadi en el escenario más problemático de la España democrática. Por otra parte, en Cataluña se construía un consenso que contrastaba con la situación vasca.
Es cierto que dicho consenso –lo hemos constatado después– descansaba en la subordinación a la estrategia de hegemonía nacionalista diseñada por Pujol y en su asunción por la mayoría de fuerzas políticas y sociales. De nuevo, la situación se ha invertido en la actualidad: mientras Euskadi mantiene una estabilidad política basada en la gestión por el PNV de una economía muy favorecida respecto al resto de España –en función de un desarrollo tradicional sumado al privilegio que representa el concierto económico–, ahora es Cataluña la que protagoniza en la última década el foco principal de desestabilización política del país.
Los nacionalismos vasco y catalán también han alternado encuentros y diferencias según las coyunturas. Respecto a las diferencias, en el recurso a la violencia no existen demasiados puntos de contacto en las trayectorias de nacionalistas vascos y catalanes: no hay ninguna organización que se acerque ni de lejos al número de asesinatos de ETA, pese a los intentos de EPOCA o Terra Lliure; a su vez, los conatos de violencia recientes en Barcelona, perfectamente organizados y dirigidos por responsables políticos, están muy alejados de la persistencia y la destrucción de la ‘kale borroka’. Sin embargo, el discurso de ambos nacionalismos refleja paralelismos que sí son claramente premeditados y muchas veces coordinados.
La persistente demanda de diálogo es seguramente la más evidente de todas ellas, junto con el sedicente ‘derecho a decidir’. La primera se convirtió en mantra habitual en los peores tiempos de ETA, manifestado de forma paradigmática por el famoso remate personal de Gemma Nierga al texto pactado para cerrar la manifestación contra el asesinato de Ernest Lluch; si algo demostraba la eliminación de uno de los políticos más proclive al diálogo con la organización terrorista era precisamente la imposibilidad de hablar con quienes frente a la palabra oponían la muerte.
Por el contrario, la tozuda realidad demostró que la acción de la justicia y la policía y la movilización de sectores cada vez más amplios de la sociedad vasca contribuyeron de forma decisiva al final del terrorismo. Sin comparar el proceso independentista catalán con la problemática vasca de las décadas anteriores, la apelación al diálogo y a la supuesta falta de voluntad democrática del ‘Estado’ (como si el gobierno vasco o el catalán no fueran Estado) se repiten insistentemente como factores decisivos en la situación actual de Cataluña. El mismo mensaje subyace en esa demanda estrictamente propagandística, pero carente de contenido preciso, cuando se trata de concretar las modalidades y los objetivos de ese diálogo que antes se defendía al tiempo que se asesinaba y hoy convive con la negativa a aceptar los procedimientos democráticos, las resoluciones judiciales o las leyes que sí sirven para otorgar cargos públicos a quienes las vulneran.
Pero sin duda es el llamado ‘derecho a decidir’ el que concita la principal de las confluencias entre nacionalistas vascos y catalanes. Tal formulación comenzó a circular a finales del siglo pasado, acuñada por sectores del nacionalismo vasco o del llamado ‘tercer espacio’ partidarios de una salida negociada al conflicto generado por ETA. El Plan Ibarretxe ya se movía en esa dirección, y el trasvase de la fórmula a Cataluña se hizo de forma gradual, empezando por “el derecho a decidir sobre las infraestructuras”, ampliándolo después a otros ámbitos hasta desembocar en el derecho a decidir la relación de Cataluña con España. Se trataba de invocar con otro envase el derecho de autodeterminación, poco presentable en comunidades tan ricas como Cataluña o Euskadi.
Pero tuvo éxito en virtud de oponer democracia a autoritarismo, asociados de manera inextricable a Cataluña y España, respectivamente, y urnas a porras, identificación apenas combatida desde el gobierno o los partidos nacionales. Por su parte, la izquierda, además de no enfrentarse, incluso ha avalado con su ceguera culpable la deriva antidemocrática de los gobiernos y los partidos mayoritarios del nacionalismo catalán, al igual que lo hizo con las peores expresiones del nacionalismo vasco, ETA incluida, a la que nunca combatió con la energía que la naturaleza y las prácticas de la organización terrorista merecían.
De la inmoralidad y el carácter antidemocrático de las manifestaciones mayoritarias del nacionalismo catalán en la actualidad y de su conexión con el nacionalismo vasco radical es buena muestra la frecuente presencia de Arnaldo Otegi en las instituciones y en los medios públicos de Cataluña, sin que la apelación a la memoria histórica tan cara a los nacionalistas y a la izquierda haya hecho acto de presencia en relación con el pasado de dicho dirigente político. No es necesaria una memoria privilegiada para recordar las roturas de cristales y las quemas de libros de los seguidores de Otegi en las calles de las ciudades vascas hace algunos años.
Sirvan estas líneas como aproximación a las vidas paralelas (o no tanto) de los nacionalismos vasco y catalán. Las conexiones entre nacionalismos que alientan la secesión de los ricos no se agotan ni mucho menos en estos apuntes.
Francisco Javier Merino es profesor de Historia de IES y miembro del Colectivo Juan de Mairena.
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