Culebrón.cat

El proceso independentista catalán cada vez se parece más a un culebrón (teleseries o telenovelas denominan en algunos lugares a este género televisivo). Como muy bien saben los lectores, suelen estar desarrollados a partir de argumentos melodramáticos y acostumbran a tener un final feliz para los protagonistas.

La situación política que estamos viviendo en Cataluña también tiene mucho de melodrama. Cuando el Gobierno central se vio en la obligación de aplicar el artículo 155 de la Constitución (cosa que hubiera hecho cualquier otro Ejecutivo de cualquier otro país similar al nuestro), la mayoría de los ciudadanos sentimos un cierto alivio, por una parte, pero también, una gran dosis de frustración.

Alivio porque de esa forma se ponía coto a todo un proceso sin pies ni cabeza que había desembocado en unos hechos gravísimos; primero, los días 6 y 7 de septiembre en el Parlament intentando poner en jaque al Estado, después, en la calle, en especial el día 20 ante la consejería de Economía y más tarde, en octubre, con la celebración del mal llamado referéndum y la proclamación de la república.

Pero, también, frustración porque tuvimos que contemplar cómo se recurría a las vías judiciales ya que los políticos habían sido incapaces de sentarse, hablar, negocias y pactar.

Al poco tiempo, se celebraron unas elecciones que, si bien ganó Ciudadanos, obteniendo más votos y más escaños, la aritmética parlamentaria no les permitía forma gobierno. Sin embargo, las fuerzas independentistas, si sumaban los diputados suficientes para proponer un candidato y lograr la investidura.

Si entre los soberanistas hubiera existido algo de sensatez y sin necesidad de renunciar, de forma explícita, a ninguno de sus planteamientos, hubieran propuesto para presidente de la Generalitat a alguien sin cuentas con la justicia, habría salido elegido, hubiera formado su propio ejecutivo, el 155 hubiese quedado desactivado y se habría empezado a normalizar el país que tanto dicen querer. Y eso, lo podían haber hecho a partir del 31 de enero.

Pero no, el independentismo ha preferido seguir con la fractura social, el bloqueo institucional y ahondando en la brecha económica que se ha abierto con la fuga de empresas y exilios de sedes sociales.

Hasta cuatro intentos de investidura ha llevado a cabo el president del Parlament Roger Torrent, sabiendo que todos ellos eran jurídica y políticamente inviables. En consecuencia, no cabe atribuir desconocimiento al tomar esas iniciativas, sino chulería y un ánimo deliberado de saltarse la legalidad y desafiar al Gobierno central.

Por si todo esto fuera poco,  Torrent ha utilizado de forma torticera un documento, con fecha del 23 de marzo pasado, del Comité de Derechos Humanos (un comité técnico formado por 18 expertos, pero no de la ONU, que tiene como misión la vigilancia del cumplimiento del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos ), intentado hacer creer que en ese documento se cuestionaba la prisión provisional de Jordi Sánchez (propuesto, por el inefable Roger Torrent, por dos veces para ser investido). La verdad, es que ese organismo lo único que ha hecho ha sido admitir a trámite la reclamación planteada. Una reclamación que, además de no ser vinculante, puede tardar meses e incluso años en sustanciarse.

De todos modos, no deja de ser paradójico que aquellos que optaron por la vía unilateral y la ruptura de un Estado de derecho, social y democrático, como es el español, intenten, ahora, buscar amparo en la Naciones Unidas. Un organismo que ni por lo más remoto contempla la secesión en los términos que aquí nos la han planteado.

Los independentistas son conscientes que han perdido toda opción de llevar su proyecto adelante. De hecho, nunca la tuvieron. En consecuencia, lo único que les queda son las algaradas, las crónicas de sucesos, las de tribunales y poco más.

Quizás esa sea la razón por la que la mesa de la Cámara catalana, en la que tienen mayoría los independentistas, haya amenazado con presentar una querella por prevaricación contra el magistrado Pablo Llarena por no permitir a Jordi Sánchez asistir a la sesión de investidura, pese a que los letrados de la institución lo han desaconsejado y han sugerido que, de llevarse a cabo, sea presentada o por el propio Sánchez o por un grupo parlamentario. Pero según parece aquí se tarta de marcar territorio y como dice el cantor “a ver quién la tiene más larga”.

Como escribía al principio de estas líneas, las telenovelas suelen tener un final feliz para los protagonistas. Sin embargo, mucho me temo que este culebrón político que estamos sufriendo en Cataluña, como dice el catedrático de Derecho Constitucional, Francesc de Carreras, “sólo puede acabar mal o muy mal”.

Bernardo Fernández

 

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