¡Hasta el coño! (una crónica personal de la gran manifestación organizada por Societat Civil Catalana en Barcelona)

Más de un millón de personas, por segunda vez en menos de un mes, han salido a la calle para reivindicar algo tan obvio como que Cataluña es de todos, y no solo de los secesionistas. La ‘Cataluña silenciosa’ le ha tomado tanto gusto a dejar de serlo que llenó el centro de Barcelona de rojigualdas, ‘senyeres’ y cánticos de ‘Y viva España’.

Había mucha ilusión, muchas ganas de fiesta y de celebrar que Cataluña es española y lo va a seguir siendo, que la DUI es una gran mentira y que Carles Puigdemont se ha convertido en el primer presidente ‘zombi’ de la historia de la Generalitat. O mejor dicho, el primer presidente a lo ‘Sexto sentido’. Todo el mundo sabe que ya no forma parte del mundo de los vivos, excepto él mismo.

Pero no solo había ganas de jarana. También se respiraba cierto cabreo. El millón largo de personas que ‘okuparon’ de buena manera, y no al estilo ‘cupaire’ porque no ardieron contenedores, querían demostrar que estaban hasta el coño. Hasta el coño que el presidente de la Generalitat más mediocre de la historia reciente de Cataluña trate con condescendencia a más de la mitad de la población mientras divide a la sociedad.

Hasta el coño de que Oriol Junqueras esté destrozando la economía de Cataluña. Hasta el coño que Anna Gabriel dé lecciones de democracia. Hasta el coño que Raül Romeva vaya difundiendo en el extranjero (el de verdad, no el que vende TV3 o Catalunya Ràdio, y que lo circunscribe a Córdoba o Badajoz), que España es una especie de país sanguinario y totalitario.

Hasta el coño que Ada Colau presuma de equidistancia cuando ha jugado siempre a favor del secesionismo. Hasta el coño que TV3 y Catalunya Ràdio no sean medios de comunicación públicos, sino herramientas de difusión de odio hacia buena parte de la población que las sostiene con sus impuestos. Hasta el coño que Santi Vila pase como un “moderado” cuando ha formado parte de todo el ‘procés’ hasta el último momento.

Hasta el coño que se venda a Jordi Sánchez y a Jordi Cuixart como dos presos políticos, cuando lo son, presuntamente, por organizar tumultos para amedrentar a la Justicia y a la Guardia Civil. Hasta el coño que una parte de Cataluña, la secesionista, se creyera superior, más democrática, más cívica y más guay que millones de catalanes que solo han cometido un pecado: sentirse catalanes y, ¡uy!, españoles.

Con muchos menos medios que cualquiera de las manifestaciones que han organizado la ANC y Òmnium en las sucesivas Diadas, con mucho menos tiempo, con mucho menos apoyo institucional y mediático. Pero con una respuesta ciudadana igual de numerosa. Sin vender camisetas en centros comerciales durante semanas, y sin consignas. Solo una marea de rojigualdas y ‘senyeres’ clamando por una Cataluña de todos, una Cataluña que trabaje con el resto de españoles por el bien del país.

Societat Civil Catalana ha sido el catalizador de un anhelo compartido por millones de catalanes. Ellos han puesto el lema y el escenario, y una multitud de ciudadanos, sin consignas, sin uniformes, sin estar organizados por “tramos”, han respondido una vez más. Bien harían los partidos secesionistas en darse cuenta de la realidad catalana y dejar sus propósitos de dividir a la sociedad.

Un millón largo de personas han gritado: ¡Visca Catalunya! ¡Visca Espanya! Pero también qué están hasta el coño. Que tomen nota “nuestros” políticos, y los “suyos”. Y a ver si conseguimos entre todos que no haya ni “nuestros” y “suyos”. Y que una Cataluña unida forme parte, con lealtad y con respeto a las leyes, de un proyecto común de progreso que se llama España y Europa.

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