En Cataluña, hubo un tiempo en el que los catalanes vivimos mucho mejor. Fue un momento efímero, breve, en el que no nos tomaban el pelo ni nos robaban con nuestros impuestos ni teníamos que aguantar sainetes ni comedias. Un tiempo en el que pudimos vivir en paz. Por eso, algunos sentimos nostalgia.
Cuatro años atrás, como consecuencia de un golpe de Estado por parte de las instituciones catalanas, el Gobierno no tuvo más remedio que aplicar el artículo 155, aunque las razones ya venían de antes. Esa herramienta constitucional trajo la tranquilidad a la región. Los catalanes disfrutamos de un tiempo sin Govern, se cesó al presidente, Carles Puigdemont, vicepresidente, Oriol Junqueras, y demás consejeros autonómicos; se extinguieron las secretarías de la presidencia y vicepresidencia; se extinguió el Diplocat y las delegaciones de la Generalitat en el exterior, aunque dejaron la de Bruselas; cesaron los delegados del gobierno catalán en Bruselas y Madrid; cesaron al secretario general de la Consejería de Interior y el director general de la policía autonómica, el Mayor de los Mossos, Trapero.
Asimismo, la administración catalana debía actuar bajo las directrices de los órganos o autoridades creadas por el Gobierno, además de poderse acordar el nombramiento, cese o sustitución temporal de cualquier cargo público o personal de la administración. Las finanzas de la Generalitat también fueron controladas por el Gobierno para que no se destinara ningún céntimo a proyectos secesionistas como estaban acostumbrados, “se garantizará que la totalidad de los fondos de la Generalitat y los impuestos que recauda no se destinen a actividades o fines vinculados con el proceso soberanista”. Al mismo tiempo se controlaron las telecomunicaciones y la información, “se garantizará la transmisión de una información veraz, objetiva y equilibrada, respetuosa con el pluralismo político, social y cultural, y también con el equilibrio territorial; así como el conocimiento y respeto de los valores y principios contenidos en la Constitución y el Estatut”. Sin duda, fueron tiempos mejores, aunque demasiado fugaces.
Por supuesto, estas resoluciones adoptadas por el Gobierno de Rajoy fueron duramente criticadas por los secesionistas alegando venganza, pérdida de libertades y demás argumentario victimista. Pero en realidad no pasó nada. La administración funcionaba perfectamente; de hecho, esto demostró que podíamos vivir sin políticos en Cataluña. Y, además, los ciudadanos nos ahorrábamos los sainetes propios de los miembros del Govern, como ahora, que no son ni capaces de formar un gobierno después de otras elecciones y pasado el tiempo límite para hacerlo.
¿Por qué tenemos que pagar el sueldo a un Govern que no gobierna? ¿Por qué tenemos que aguantar que nos robe la Generalitat para financiar embajaditas en el exterior y viajes para internacionalizar el odio del procés? ¿Por qué no podemos tener unas instituciones que velen por el bien común, apuesten por la sanidad y la economía? ¿Por qué hemos de financiar una tv pública que insulta a la mitad de catalanes y, encima, con nuestro dinero? ¿Por qué tenemos que sufrir a un presidente autonómico y demás cargos públicos, que cobran como si trabajaran de verdad, pero que no han gestionado todavía nada en muchísimos años? ¿Por qué hemos de pagar tantos impuestos y ver que solamente van a parar a las causas secesionistas? ¿Por qué hemos de soportar que nos tomen el pelo desde la Generalitat, pero se lleven los mejores sueldos? ¿Realmente nos merecemos esto? El efímero 155 debería haberse prolongado porque los catalanes tenemos derecho a vivir en paz. ¡Estamos hartos de que nadie gobierne, pero cobre como si lo hiciera!
En este momento en el que todavía los partidos catalanes son incapaces de ponerse de acuerdo, pues solamente velan por su cargo y por su propio interés personal (lo del bien común lo dejamos para otro día). Después de votar por enésima vez y soportar las constantes amenazas de un ho tornarem a fer, así como las peleas entre ellos por haber quién es más separatista. Después de tantos años sin que nadie gobierne solamente para construir una imaginaria república. Después de tanto hartazgo, siento nostalgia de ese breve momento en el que los catalanes pudimos vivir tranquilos, en paz, sabiendo que la Generalitat no nos tomaba el pelo. Siento nostalgia, mucha nostalgia.
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