«La Guerra Civil que vino de África», ensayo recién editado por La Esfera de los Libros y firmado por Joaquín Rivera Chamorro, ofrece una mirada profunda sobre los orígenes del grupo de militares que acabaría siendo protagonista del estallido bélico de 1936. Rivera, historiador y oficial del Ejército español, rastrea el impacto de las campañas coloniales en Marruecos entre 1909 y 1927, y cómo aquellas experiencias configuraron tanto las trayectorias como las mentalidades de figuras clave como Franco, Millán Astray, Miaja, Vicente Rojo o Sanjurjo.
La España de la Restauración enmarca el inicio de una obra apasionante. En estos años claves para nuestra historia contemporánea el Ejército intentaba recomponerse tras un siglo XIX convulso, aunque seguía lejos de alcanzar los estándares de una fuerza profesional moderna. El sistema de reclutamiento obligatorio permitía eludir el servicio militar mediante un pago, mientras las condiciones sanitarias de los cuarteles y hospitales castrenses provocaban más muertes por enfermedades que por combates.
Recordemos que esta forma de librarse de las armas provocó conflictos sociales como ‘La Semana Trágica’ en Barcelona (1909), con quema de iglesias y conventos y enfrentamientos armados. En este contexto, los jóvenes oficiales que querían avanzar en su carrera se veían obligados a presentarse voluntarios para servir en África. Las campañas en Melilla, el Kert, Annual o Alhucemas ofrecían oportunidades de ascenso rápido a través de méritos de guerra, lo que pronto generó tensiones dentro del propio Ejército.
Mientras los oficiales peninsulares agrupados en las juntas de defensa defendían los valores de la antigüedad y el orden institucional, los llamados «africanistas» que luchaban en las guerras del Rif se percibían como una élite forjada en el combate, con una concepción distinta del mando y del poder. Rivera retrata con detalle esta pugna interna, que acabó convirtiéndose en una lucha por el control del Ejército.
El libro también retrata la evolución del Ejército en esa España dominada por el mundo rural, que acumulaba un grave atraso económico y cultural y que era socialmente inestable. En un país donde el poder civil se erosionaba y los conflictos sociales –huelgas, atentados anarquistas, movilización obrera– crecían en intensidad, los militares fueron asumiendo cada vez más responsabilidades en el mantenimiento del orden. Esa lógica represiva terminó por afianzarse especialmente en el Rif, donde las fuerzas españolas se enfrentaban a un enemigo montañoso y resistente, al que con frecuencia se deshumanizaba para justificar la violencia del combate.
La obra reserva también espacio para el análisis de la crisis que siguió a la pérdida de Cuba y los reveses sufridos en el protectorado de Marruecos, que culminaron con el desastre de Annual. Aunque no entra en el detalle táctico de cada operación, Rivera destaca el profundo desgaste político y moral que supuso una guerra colonial impopular, cuestionada por la prensa y por amplios sectores de la sociedad y del propio Ejército.
El africanismo, plantea el autor, fue tanto una reacción frente a ese declive como un caldo de cultivo para una nueva casta militar que lideró el alzamiento contra el Gobierno del Frente Popular. El adiestramiento en guerras irregulares, la normalización del enemigo interior, el ascenso por méritos bélicos y la distancia creciente respecto al poder civil configuraron a un tipo de oficial que ya no se identificaba con los principios de la España liberal.
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