Comentarios pertinentes

No hay que confundir pertinencia con pertenencia. Son sustantivos que tienen el mismo origen etimológico, pero significados ligeramente distintos. Uno da lugar a dos adjetivos antónimos, “pertinente” e “impertinente”, y el otro sólo a uno, “perteneciente”. Una lengua es rica por estos matices; dominarla es saber distinguirlos y aplicarlos. Soy de los que piensan que es necesario conocer bien una lengua para pensar bien, para analizar bien, desarrollar la mente y dotarnos de un instrumento imprescindible para dominar nuestras emociones y reacciones.

Ya dijo Cervantes aquello de que “lo que se sabe sentir, se sabe decir”, estableciendo una relación estrecha entre el decir y el sentir. Decir bien para bien sentir, y al revés, sentirse bien porque existe armonía entre lo que uno dice y lo que siente.

Sirva el preámbulo para defender la necesidad de aprender a hacer comentarios “pertinentes”. Debiera ser máxima sagrada de tertulianos y comentaristas, una “profesión” hoy sobrevalorada ante la ausencia de lectura, pensamiento crítico, vacío y aturdimiento mental. Todo comentario debiera ajustarse al objeto de discusión y análisis, encajar o ajustarse al tema, venir a cuento y a propósito.

Lo contrario es ser impertinente, hablar por hablar, confundir, someter a la mente a una especie de parálisis y aturdimiento que impide a los oyentes o receptores construir un mínimo de orden y  sentido con los mensajes que reciben. Comentar debiera ser poner de relieve lo relevante, lo apropiado y congruente con aquello de lo que se habla o trata. Esto requiere aprendizaje y voluntad de claridad, pero también respeto a los demás, a aquellos que ven y escuchan los mensajes.

Reflexiono sobre el fenómeno tertuliano (o tertulianesco), porque recientemente he sido invitado a participar dos veces en un programa de Intereconomía TV, La Redacción Abierta, dirigido por Rafael Núñez, un presentador nada engolado ni retórico, que practica un periodismo abierto, no sectario, a años luz de lo que vemos en la Sexta u otros programas de agitación y propaganda. En el primer programa pude hablar ajustándome a la máxima que aquí defiendo, intentando que mis comentarios fueran pertinentes con las preguntas e intervenciones del entrevistador, todas ellas a su vez muy pertinentes.

Todo lo contrario me sucedió en el siguiente programa, donde, planteado a modo de debate, tuve que ajustarme a las intervenciones y preguntas, no del moderador, sino del otro tertuliano o contrincante. Imposible poner orden en el marco conceptual y el conglomerado de ideas incongruentes (impertinentes) de mi oponente (y perdón por la aliteración).

Falta de experiencia en tales lides y cierto hábito profesoral que confía demasiado en la “pedagogía de la razón”, en lugar de centrar la atención en lo relevante, lo pertinente, aquello que de verdad interesa a los espectadores, me llevó a veces por cerros llenos de niebla, y no logré decir bien lo que pensaba.

Pero voy a lo que quiero ir. La impertinencia es hoy lo más común, la característica más destacada del tertuliano, pero sobre todo del político. Para no quedar atrapados por la “logotropía” del discurso (descentrado, merodeante, digresivo, elusivo y hasta logorreico) uno debe mantener la cabeza fría y el cuerpo sereno, y preguntarse siempre “de qué está hablando este tío”, “qué me quiere decir”, “qué rollo está soltando”.

Si no sabes responder con claridad, no te eches la culpa ni te creas tonto; piensa que ese charlatán impertinente te está haciendo perder el tiempo. No pretendas entenderlo ni meterte en su cabeza: acabará contagiándote.

Es lo peor que nos puede suceder. Ejemplo: si tratas de ser comprensivo con un nacionalista o un separatista, tal y como predica Iceta y repite Sánchez y toda su cohorte, acabarás hilvanando un discurso tan incoherente (e impertinente) como el que mi compañero tertuliano esbozó en el debate referido.

Lo difícil es superar la perplejidad y la ofuscación mental que este tipo de intervenciones produce. Y lo malo, y hasta peor, es que, sometidos a un constante bombardeo de este tipo de mensajes, es muy difícil sustraerse a su tóxica influencia. No es el arte de la política, como se suele decir, sino la miseria de la política. Porque el primer deber de un político es ser responsable de sus palabras, de lo que dice y cómo lo dice. O sea, no ser impertinente.

 

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