Ada Colau ha puesto en pausa —solo en apariencia— su carrera política catalana. Oficialmente, se encuentra dedicada en cuerpo y alma al activismo social, pero es más un decorado que una despedida real. Su objetivo sigue intacto: preparar el terreno para intentar recuperar la alcaldía de Barcelona en 2027 y desbancar al socialista Jaume Collboni. Las municipales están aún lejos, pero Colau ya mueve ficha para conseguir su ansiada revancha. Siempre con su fiel Gerardo Pisarello en la recámara, por si surgiera otro destino más apetecible que la alcaldía.
Pero a pesar a que el rechazo hacia ella es amplísimo —empresarios, restauradores, comerciantes, vecinos hartos de la degradación urbana y formaciones tan distintas como Junts, PSC, PP y VOX—, Colau está convencida de que tiene una segunda oportunidad. Para ello, busca erosionar al PSC sin reparos, ahora la prioridad es otra que buscar la unidad de acción de la izquierda: la revancha.
En un momento en que Sumar naufraga y la coalición se descompone, los Comunes necesitan recuperar poder institucional. Colocar a su gente tanto en la Generalitat como en el Ayuntamiento sería vital para reforzar su estructura. El problema es que los socialistas no están por la labor de cerrar acuerdos a cualquier precio, y los Comunes han entrado en una fase de confrontación total, alimentada por el ánimo de venganza de Colau.
La ex alcaldesa confía en que su protagonismo mediático con la operación propagandística de la flotilla de Gaza le haya reactivado la marca personal. Tanto es así que su partido llegó a retocar el código ético para que el límite de 12 años en cargos públicos no se le aplicara.
Desde los primeros meses del mandato de Collboni, los Comunes ya dieron señales de la estrategia que estaban preparando: empapelaron Barcelona con carteles acusando al alcalde de haberse entregado a los intereses del sector empresarial y del mercado inmobiliario.
Y en sus asambleas internas se discuten nuevas movilizaciones y acciones coordinadas entre la calle y su representación municipal para presionar al equipo socialista. Todo con el fin de asociar al PSC con las élites económicas, mientras ellos se visten de abanderados del feminismo, el ecologismo, el derecho a la vivienda y la justicia social.
Lo que Colau sigue sin asumir es que la mayoría de barceloneses no quiere volver a verla en la alcaldía. Su resultado en 2023 —apenas 9 concejales de 41 tras ocho años gobernando— no fue fruto de ninguna conspiración del “capital” o de las “élites”. Fue, simplemente, la consecuencia de una gestión que dejó la ciudad exhausta y enfrentada consigo misma. Barcelona terminó hecha un desastre, y Colau perdió la confianza de casi todos los sectores que conviven en ella.
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