Cervantes, el teatro y Cataluña. Presentación en BCN de “Confesiones de Don Quijote” el 16-E

El próximo jueves, 16 de enero, presentaré en el Café Salambó de Barcelona una obrita de teatro cuyo texto se acaba de publicar. Se editan pocos libros de teatro, pero suele ser menos frecuente que se presenten como se hace con otros libros. Yo lo hago porque, como expliqué y desarrollé en mi libro Teoría del teatro, el arte dramático se basa en la conjunción de dos elementos esenciales e inseparables: texto y representación. Una obra teatral, si emociona de verdad al verla representada, debe suscitar el interés por leerla luego; y al revés, un buen texto dramático invita a verlo representado. La misma lectura es una representación imaginada, pues de otro modo no se puede leer el teatro, y por eso hablamos, con toda propiedad, de literatura dramática.

Mi obra se titula Confesiones de don Quijote, y recrea el encuentro entre Cervantes y don Quijote en su última noche antes de morir; un encuentro entre un personaje real y otro imaginario. La esencia del teatro es la unión entre realidad y ficción: realidad ficticia, ficción real. Aquí se acentúa este oxímoron, porque los protagonistas encarnan la unión de esos dos mundos opuestos: Cervantes como personaje real, don Quijote como personaje de ficción.

El teatro nos invita a reflexionar sobre esa mezcla entre realidad y ficción que constituye la esencia de la condición humana. Cervantes ha sido quien ha planteado del modo más lúcido y radical esta contradicción que atraviesa toda nuestra experiencia. Por un lado defiende la necesidad de no confundir la realidad con la ficción ni la ficción con la realidad; por otro, nos muestra hasta qué punto la realidad necesita de la ficción y la ficción de la realidad. Distintas e inseparables, ambas son necesarias. Todo el arte barroco le da vueltas obsesivamente a esta unión de opuestos: serpihombre, baciyelmo, claroscuro.

Vivimos tiempos muy confusos en los que la realidad se ha vuelto tan evanescente que nos resulta difícil distinguirla de la ficción. Lo nuevo del momento actual no es ya la incapacidad para separar ambos mundos, sino la sustitución de la realidad por la ficción, el triunfo de lo imaginario sobre lo real. La realidad objetiva desaparece subsumida por la realidad imaginaria. La única realidad que de verdad parece existir, es la realidad construida, la realidad mental e imaginaria. Los poderosos medios de comunicación han logrado este trueque o retruécano.

Nos enfrentamos a un fenómeno, si no nuevo, sí de consecuencias imprevisibles. Comprobamos cada día cómo la ficción sustituye casi por completo a la realidad, cuya referencia apenas tiene efectos sobre esa otra realidad construida imaginariamente. A las personas racionales nos cuesta comprender este mecanismo de sustitución. Con frecuencia nos desesperamos ante lo disparatado e insostenible de muchas de las ficciones que ocupan el espacio de la realidad y ante las que la presencia de los hechos, el choque brusco con la evidencia, no sólo no sirve para destruir una invención o una falsa creencia, sino que muchas veces las refuerza.

Los demócratas, que concebimos la democracia como el ejercicio de la racionalidad, y la racionalidad como el esfuerzo por controlar la fantasía, la propensión al delirio y el desatino, no hemos sabido encarar este fenómeno, creyendo que es suficiente con negarlo o despreciarlo con displicencia. No hemos valorado suficientemente la capacidad persuasiva de la propaganda, el control de la información, la fuerza de las imágenes, el dominio del lenguaje, la hegemonía simbólica. Todo ello, puesto al servicio de una construcción imaginaria, ha sido capaz, por ejemplo, de convertir la ficción nacionalista en realidad indiscutible.

Pocos ejemplos más evidentes de este empeño por sustituir la realidad por la ficción que el mal llamado Institut Nova Història, un chiringuito escandalosamente subvencionado  dispuesto a defender que no hay hombre ni hazaña histórica relevante que no haya sido protagonizada por genios catalanes. Especial esfuerzo han dedicado a demostrar que todos los grandes escritores del Siglo de Oro español eran catalanes, y que sólo la conspiración anticatalana españolista los ha despojado de su indiscutible catalanidad. Destaca, por lo grotesco, el convertir a Cervantes en Miquel Sirvent y asegurar incluso que tuvo que huir a Inglaterra y allí se convirtió en Shakespeare. ¡Y los ingleses sin enterarse!

La primera reacción es pensar que se trata de pícaros osados o locos delirantes. Pero quizás sea todo mucho más mezquino. El propósito es doble: por un lado, promover una exaltación del supremacismo catalán, por otro destruir todo lo que pueda identificarse como español. Lo original es el método utilizado: la apropiación y catalanización de todo lo que convenga. Tendemos a pensar que estas bufonadas son inofensivas, que a nadie se va a convencer con tan disparatada propaganda. Al contrario, yo creo que sus promotores saben bien lo que hacen y que, por absurdo que parezca, les funciona.

El nacionalismo ha sabido utilizar uno de los principios del arte de la guerra: atacar primero, definir el espacio y las condiciones de la batalla, obligar al enemigo a luchar en el campo propio. En lugar de destruir a Cervantes, universalmente  admirado, es mejor apropiárselo y obligar a los demás a rebatir su tesis. Si lo hacemos, eso reforzará su  victimismo revanchista: somos parte de la conjura anticatalana. Imposible romper esta argumentación circular.

Pero sin llegar a este perverso retorcimiento de la historia, hemos de denunciar igualmente otro tipo de tergiversaciones, no menos tóxicas. Pondré un solo ejemplo, también relacionado con los intentos de catalanizar a Cervantes. Francisco Rico, eximio cervantista, tan osado como los Bilbeny y Cucurull, en un artículo titulado graciosamente “La barretina de Sancho, don Quijote en Barcelona”, afirma con mucho desparpajo y mayor descaro, comentando el pasaje en que Don Quijote se pasea por las calles de Barcelona y es increpado por “un castellano” aconsejándole que vuelva a su pueblo con sus locuras:

Si el narrador no hubiera especificado que quien increpa a don Quijote es ‘un castellano’ anónimo, se habría entendido sin más que los desabridos reproches al caballero sonaban en boca de un barcelonés, y ello hubiera supuesto una palmaria desconsideración con el forastero, una conducta que Cervantes juzgaba inimaginable para una ciudad en costumbres, ‘en sitio y en belleza, única’ ”.

Pero no se conforma el académico con esta interpretación fabulosa. Descubre también por qué Cervantes hizo que el anfitrión de don Quijote en Barcelona se llamara Antonio Moreno: “La misma respuesta es válida para la vieja cuestión de por qué el anfitrión de don Quijote lleva el apellido (…) tan poco catalán como ‘Moreno’. El novelista resuelve la papeleta con una elegancia muy suya: don Antonio está perfectamente arraigado en Barcelona, pero no es catalán”.

Así que Cervantes, exquisito en su respeto al catalán, a Cataluña y a todos los catalanes, no podía hacer a esos personajes barceloneses o catalanes, no, porque eso iría en contra de lo que los catalanes son, han sido y serán, hospitalarios, acogedores y respetuosos con cualquier forastero que llega a su tierra. Tamaña desconsideración sólo podían hacerla “castellanos”, léase españoles.

Cervantes, lince, ya intuyó el conflicto nacionalista actual, y se pronunció indiscutiblemente a favor del catalanismo, todo finezas y cortesía. Y sabía muy bien quién era catalán o no con echarle un vistazo al apellido. Hiló tan fino que quiso dejar bien claro que sólo los “castellanos”, no los catalanes, podían burlarse del disparatado hidalgo. Poco importa que en su paseo triunfal por Barcelona, toda la gente se pitorree de su figura estrafalaria; a éstos Rico los ignora. Apellidarse Moreno y ser catalán es para Rico algo imposible. Pero con el mismo propósito de ganarse las simpatías del catalanismo, Rico ha afirmado tan ricamente que Cervantes era un “meapilas y un ex combatiente de la División Azul”. Poco importa que semejante invención carezca de cualquier fundamento histórico.

A los separatistas les molesta que Cervantes sea un referente simbólico que sostiene un sentimiento de pertenencia nacional español. Destruir o desprestigiar este símbolo forma parte de su “hoja de ruta”. Rico oculta o ignora que Cervantes dijo también de Cataluña y los catalanes que eran “temor y espanto de los circunvecinos”, “venganza de los ofendidos”, “gente enojada terrible y pacífica suave”. Por supuesto, no considera a Barcelona fuera de España: “honra de España”, escribe.

Combatamos la mentira, pero también la ficción tóxica. ¡Oh tiempos turbios, en los que la esclavitud y la dominación se camuflan detrás de la ficción y la invención de la realidad! Ya escribió Gracián, refiriéndose a su tiempo, también turbulento y confuso: “el topo pasa  por lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo de jilguero, el jumento de aguilucho”. Desenmascaremos a los topos, ranas, gallinas, grillos y jumentos que hoy quieren adueñarse, no sólo de la realidad, sino de la ficción que necesitamos para sostenerla.

Santiago Trancón Pérez


'El complot de los desnortados' es una visión valiente y sincera de los últimos años de proceso secesionista. El autor, el ex diputado del PSC Joan Ferran, revela cómo apostó por un frente constitucionalista con Cs, y como la postura de Rivera de competir con el PP le decepcionó. En estas páginas critica la deriva nacionalista de algunos sindicalistas y 'progresistas' diversos y relata aspectos de la intrahistoria de los socialistas catalanes. Lo puede comprar en este enlace de Amazon o en este de Iberlibro. Si lo compra mandando un correo a edicioneshildy@gmail.com y paga por transferencia bancaria o paypal le costaría 15 euros, y si desea también el libro 'Desde la aspillera', del mismo autor, ingrese 21 euros. Mientras dure la actual crisis de confinamiento, los tiempos de entrega de Correos son mucho más lentos.

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