Carlo Ginzburg empezó su artículo titulado «El vínculo de la vergüenza» publicado en la New Left Review de enero-febrero de 2020 con el siguiente párrafo: “Hace mucho tiempo me di cuenta de repente de que el país al que se pertenece no es, como dice la retórica habitual, al que se ama, sino del que uno se avergüenza. La vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor.”
Se nos hace muy difícil disentir de esta afirmación del ilustre historiador italiano cuando en este mismo fin de semana, sin ir más lejos, hemos tenido que presenciar, casi simultáneamente, como un partido que siempre ha acatado la voluntad popular y el ordenamiento jurídico vigente no puede desarrollar sus actos políticos en paz sin que la turba se le eche encima literalmente a pedradas, mientras que un golpista excarcelado junto a un etarra nada arrepentido pueden arengar a multitudes amnésicas como si fueran ídolos de Rock. Eso que sientes, apreciado lector, es lo mismo que siento yo. Una profunda, desoladora y árida vergüenza. Esa de la que habla Ginzburg, la que nos confirma como catalanes más que el amor.
Después de lo que hemos pasado estos últimos años, en los que el veneno inoculado homeopáticamente por la Convergencia de Pujol con la ayuda inestimable desde Madrid del PP y del PSOE por fin eclosionó y dio toda su violenta cara, es normal que nuestra primera intención sea no votar, quedarnos en casa. Renunciar de entrada a jugar, una vez más, con las cartas marcadas. Y, sin embargo, en esta convocatoria tan enfermiza como las mismas circunstancias en que se celebra, tenemos, más que nunca, que ejercer nuestro derecho al voto.
Porque tienes una tienda y no quieres encontrarte al ir a levantar la persiana con pintadas que te señalan. Porque has pedido en un pueblo las correspondientes horas de castellano para tus hijos y has visto con horror como dejaban de invitarlos a las fiestas de sus compañeros y te hacían el vacío social. Porque eres funcionario de la Generalitat y ya has renunciado a la libre expresión de tus ideas y guardas un silencio que te degrada poco a poco por dentro. Porque te duele que te llamen «nyordo», «colono» o «facha» y ni te dejan ni sabes por donde empezar a explicarte, porque el supremacismo latente en el independentismo te hace dudar de tu valía o lo que es peor, de la de tus padres que vinieron aquí a trabajar y crear un futuro mejor para sus hijos. Porque pones la tele pública y no existes para la TV3 que tú mismo pagas, porque sabes que la brigada del lacito, desde todo lo alto de su superioridad moral, te considera un ciudadano de segunda clase y consigue muchas veces que de verdad te sientas así.
Porque te juegas mucho, y tienes un miedo absolutamente legítimo. Y porque solo es valiente el que supera ese miedo. Porque el domingo, a las ocho de la tarde, tú sentirás igual que yo esa esperanza absurda como de ganar el gordo de Navidad justo un segundo antes de que empiecen a dar los resultados. ¿Y si esta vez es diferente?
Pues en nuestra mano está. Sal de casa, ve a votar. Si puedes permitirte el lujo de coger la papeleta en el mismo colegio electoral sin tener que pagar un precio social excesivo, hazlo. Esa pequeña libertad personal que ganas al demostrarle a los interventores de la turba que no les tienes miedo es un triunfo para todos, para la democracia y para la libertad.
Vota, porque como dice la profesora Teresa Freixes, que lleva dando la cara por todos demasiado tiempo, si tu no vas, ellos se quedan. Puede que tu voto no sirva para revertir la situación y los resultados sean los que todos nos tememos, pero habrás dado una batalla justa y ejemplo a tus hijos de que rendirse no es una opción.
Vota, porque si votas a lo mejor esta vez, por fin, es diferente.
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