
El proceso secesionista nos ha producido mucho sufrimiento, mucho cansancio, mucho hastío, muchos enfados y muchos dolores de cabeza, pero también algunas (pocas) alegrías. Entre ellas, conocer a personas rectas que te demuestran que hay motivos para la esperanza. Josep Bou es una de ellas: un catalán lúcido que lucha contra ese alucinamiento colectivo llamado procés que ha afectado a dos millones de conciudadanos.
El primer día que le vi recuerdo que iba vestido de manera discreta, pero elegante. Un traje impecable que le sentaba como un guante. Pensé: “Mira, un empresario, uniformado de empresario, que seguro habla como un empresario”. El error me duró cinco minutos: los que tardó en demostrar, con vehemencia y ardor guerrero, que no es de esos emprendedores volcados exclusivamente en su fabriqueta, en su cuenta de resultados y en mojarse poco para no perder oportunidades de negocio.
Cuando le escuché hablar, con una pasión insobornable, de su amor a su tierra, Cataluña, y a su nación, España, y de cómo el nacionalismo era una plaga que había envenenado el alma de sus convecinos y que había que plantarle cara —de manera cívica y democrática, pero firme y sin renuncias—, me quedó claro que antes de juzgar a alguien por su apariencia es mejor contar hasta trescientos.
Y cuando le vi defender la unidad de acción entre las entidades constitucionalistas para plantar cara al secesionismo y demostrar al resto de compatriotas que no hicieran caso a la propaganda separatista porque hay una Cataluña, la mayoritaria, que ama a España, me convencí que tenía delante de mí a un líder de primera y a un luchador con valores y principios. Por sus ideas ha sido perseguido, insultado, boicoteado, atacado y acosado. Pero a una persona que ha hecho la mili en el cuerpo de paracaidistas, y que quería ir a la Marcha Verde para defender a España, no le acobarda un grupo de radicales a sueldo.
Con estas páginas pretendemos que se hagan una idea de cómo es, cómo piensa, cómo ama y cómo siente una de las personalidades más interesantes de la vida social y empresarial de Barcelona. A un activista decisivo para que el golpe de Estado secesionista haya fracasado por su apoyo a las entidades que contribuyeron a movilizar a la antaño mayoría silenciosa de catalanes que no son secesionistas. Puede parecer pasión de autor el vender bien al protagonista del libro que uno está emprendiendo, pero no es así.
Y no es así porque Bou es una fuerza de la naturaleza. Es una persona al que cuesta encajar en una sola definición. ¿Es un empresario típico? ¿Un buen católico? ¿Un hombre familiar? ¿Un alpinista? ¿Una persona con vocación militar? ¿Un activista constitucionalista? ¿Un lector empedernido? ¿Un esquiador que se la juega? ¿Un apasionado de la historia? ¿Un defensor del libre mercado? ¿Un emprendedor con alma social? ¿Un panadero? ¿Un nen de Vic que se hizo hombre en Barcelona? ¿Un ciudadano preocupado por la degradación de su ciudad?
Bou es todo esto, pero ante todo es un CATALÁN que ama a ESPAÑA. Es un español de pies a cabeza que quiere contribuir al progreso de su nación, ESPAÑA, pero con el acento de su tierra, CATALUÑA. Cree que Barcelona, Cataluña y España forman un todo indiferenciado. Barcelona es una gran ciudad española que tiene la fortuna de ser la urbe más importante de Cataluña. Y no concibe que desde el ayuntamiento se esté trabajando para la demolición de una gran nación que une a más de cuarenta y siete millones de personas.
Por eso, ha dado un paso al frente. Porque quiere contribuir, desde el gobierno municipal, a construir una Barcelona mejor. Porque es la mejor manera de ayudar a que progrese la España que tanto ama. Y porque la conquista de Barcelona por parte del separatismo sería un duro golpe para la unidad de nuestro país. Conociendo a Bou, va a dejarse el alma para evitarlo.
(Prólogo del libro «Barcelona de España. Una conversación con Josep Bou», de Sergio Fidalgo. Más información sobre el libro escribiendo a edicioneshildy@gmail.com)
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