Artículo primero: sobre qué me propongo y cómo lo voy a hacer

En alguna parte leí hace tiempo que el nacionalismo, un fenómeno sólo del s.XIX en adelante, es una inflamación del patriotismo. Así, algo tan natural desde que el hombre es hombre como el amor a la patria (paisaje, música, lengua, gastronomía, cultura, tradiciones, historia, proyectos…) se exacerba y convierte en algo excluyente que enmaraña ese amor a lo propio con odio a lo ajeno; y antes o después termina en tragedia, como demuestra la historia (es sobradamente sabido que Charles de Gaulle, por citar a alguien célebre, distinguía bien cuál es la prioridad en cada caso: amor al propio pueblo para el patriotismo, odio a los demás pueblos para el nacionalismo).

El nacionalismo no es ni tan viejo ni tan natural como el patriotismo, pues invariablemente es otro quien nos lo inculca buscando su interés; lo presenta como idea, pero logra que lo asumamos como creencia; disfraza de argumentos lo que no son más que sentimientos, poco cerebro crítico bajo tanto corazón apasionado.

Por eso, todo nacionalismo precisa la existencia de otro cercano (al que escoge como su enemigo particular) para mantenerse vivo gracias al refuerzo mutuo mientras, paradójicamente, se imitan y acaban teniendo iguales defectos y cayendo en iguales absurdos.

Si se quiere limitar eficazmente uno, nada hay peor que hacerlo desde el otro, pues lo alimentará. Hay que recurrir a la razón y al sentido común, a la evolución del pensamiento humano y del arte de gobernar noblemente los pueblos, al sentido de la historia universal (y no de la historia local, que siempre acaba suponiendo un mayor enfrentamiento), etc.

Esto es precisamente lo que me propongo con esta serie de artículos que hoy inicio. Como catalán orgulloso de ser –precisamente por ello- español, como parte de la mayoría que ha dejado de ser silenciosa, defenderé la convivencia en Cataluña, pero sólo voy a hacerlo desde la higiene mental, con lenguaje preciso y “seny”… frente a la propaganda separatista. No argumentaré contra sus falacias desde puntos de vista políticos pues siempre parecerán discutibles; trataré de hacerlo desde posiciones de lógica, que no puedan juzgarse más que como asépticas e irrefutables.

Aunque no podré ser exhaustivo, pretendo ir descubriendo y denunciando sin ofender a nadie, lo que yo veo como incoherencias y errores no intencionados, perversiones de conceptos y palabras, confusiones (de hechos con opiniones, causas y efectos, percepción/deseo y realidad, cantidad y calidad, condición necesaria y/o suficiente, norma o excepción, problema o síntoma, etc.), y también falsedades y argucias, cuya incesante repetición en importantes medios de comunicación social catalanes manipula especialmente a los jóvenes. Éstos se creen más preparados intelectualmente pero yo los percibo como más indefensos ante el efecto de abducción que genera el independentismo; un efecto que, por más que lo rechacen sus líderes, sigue siendo evidente a los ojos de los no abducidos.

Admito que alguno no quiera aceptar que esos líderes empleen técnicas de manipulación de masas (como han hecho otros en la historia sin que tampoco se reconociese en el momento), y admito que ni siquiera acepte que les salga así de manera fortuita, pero creo que debería opinar después de comprobar que se ha escrito mucho sobre la existencia de esas técnicas y de molestarse en repasarlas.

Admito también que muchos independentistas catalanes actúan de buena fe, pero creo que deberían saber que hay algo muy estudiado, que se llama “pensamiento de grupo” y que afecta a colectivos cuyas características se parecen extraordinariamente a las de sus compañeros de viaje.

En mis próximos artículos profundizaré en estos y otros temas, si a ustedes les parece interesante y útil, siguiendo un orden que lo haga más ameno que académico pero sin dejar de lado el rigor.

Autor: Ángel Mazo.

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