Artículo cuadragésimo séptimo: civil y fría

Mis recuerdos de infancia sobre la Guerra Fría se refieren a algo siempre lejano y vago, que apenas afectaba a España salvo que los misiles (EEUU y URSS) chocasen unos con otros en el punto medio, más o menos aquí encima, (¡qué ingenuo!, ¿no había entonces rutas polares?…); solo sabía aquello de que la paz era imposible pero el enfrentamiento nuclear poco probable, y que para iniciarlo bastaba con apretar un botón que decían que era rojo. Por el contrario, las conversaciones de los mayores hacían de la última guerra civil española algo muy concreto, cercano, narrado por protagonistas, con detalles espeluznantes… “¡Nada hay peor que una guerra civil!”, decían de común acuerdo mi padre y mi abuelo; inmediatamente después, una vez más nos explicaban por qué. Y hablaban de odios y venganzas entre viejos amigos, entre vecinos y hermanos; yo pensaba en mi clase del cole, y miraba las casas de enfrente y al bebé que me decían que tenía que cuidar porque yo ya era mayorcito….

Esta guerra, aunque terminada, me afectaba mucho más que la otra aunque le quedase aún mucho por delante. Mi esquema mental era así: una guerra fría es internacional y tranquila; una guerra civil es nacional y supercaliente. Como en catequesis: dos naturalezas distintas y un solo concepto (de destrucción) verdadero. He tenido que llegar a mayor para empezar a pensar en que es posible también una guerra civil y fría.

Con el corazón encogido por la gran preocupación que usted sabe que tengo y coincidiendo con la euforia que acompañó la “diada” de 2012 (como recordará, un punto de inflexión en la demencia inducida), circunstancias de la vida me llevaron a Bélgica y me permitieron vivir tres años entre flamencos y valones. Abrí bien los ojos. Sentí de inmediato que vivían totalmente de espaldas, en una especie de guerra civil fría que no dejé de observar en ese largo tiempo (pienso que es una osadía que intente describir hoy aquella sociedad, aun brevemente, pero lo justifico por el valor didáctico que tiene para nosotros).

Bélgica se ha ido acostumbrando a vivir en una especie de crisis existencial, con riesgo (aceptado más que aceptable) de fractura definitiva, y todos parecen saberlo pero, si no surge el tema en la conversación –y ya se encargan los belgas de evitarlo-, la vida en general mira a otra parte y sigue a su ritmo, como si nada; cada uno a lo suyo (ni siquiera cruzan los dedos). Al poco de haber llegado, comencé ya a preguntarme si sería ése el futuro de la sociedad catalana.

Los flamencos hablan neerlandés, los valones: francés. Viven de espaldas; simplemente, se identifican por la lengua, por el apellido o por lo que sea y si pueden se ignoran, pues siempre parece proceder ignorarse. Ante el turista o funcionario extranjero (que no les identifica con tanta facilidad y que, lógicamente, habla más francés que neerlandés), aflora el problema y muchos flamencos niegan que saben francés (lo que es apenas creíble en el caso de los adultos). Por querer ser amable esto me pasó a menudo; los más condescendientes se pasaban rápidamente al inglés “como sin advertirlo” (o “como advirtiéndome de la no procedencia de seguir en el mismo plan”); es muy probable que no sospechasen que les veía venir desde muy lejos dada mi familiaridad y sensibilidad con estas problemáticas. Un colega mío, la mujer de otro, el cura de la iglesia de enfrente (muy empático conmigo en cuanto le dije que soy catalán y, ya sólo por eso, me supuso independentista), la estúpida farmacéutica de al lado de la iglesia, un matrimonio de mi grupo de turistas en una excursión, un médico –culto y adulto- de Sint-Genesius-Rode (pueblo  situado en una estrecha franja flamenca, entre Bruselas y Waterloo, desde cuyo centro hasta el lugar más próximo donde es oficial el francés sólo hay 1,9 kms.), etc., etc. Aún me duele la mirada de unos adolescentes flamencos cuando, por error, pregunté por una dirección en francés recién pasada con mi coche la “frontera” Valonia-Flandes; en sus ojos había asombro (como si yo hubiera preguntado en turco) y displicencia (porque les resultaba tan obvia como crasa la afrenta). Los adultos solían comportarse igual, pero con miradas tal vez menos descaradas.

Lo de los letreros con nombres de ciudades y calles cuyas versiones en neerlandés y francés en nada se parecen es bien conocido por todos, pero hoy en día nos lo resuelve el GPS del coche; menos sabido es que los anuncios orales del tren se hacen en las dos lenguas oficiales en la región de Bruselas, en flamenco en cuanto se sale de ella y en francés unos ocho kilómetros después (calculo yo), si se viaja en dirección sur, porque ésa es la “colosal” anchura de la franja de antes, por donde van las vías, un poco al oeste del San Ginés de marras… que parece que estamos hablando de la famosa línea azul entre Israel y Líbano, junto al río Litani, pero en plena capital de la pacífica Unión Europea (por cierto: son muchos los que piensan que el cemento que mantiene a Bélgica unida es el enorme negocio de la capitalidad europea). Estas fronteras lingüísticas quedaron definitivamente fijadas en 1962 tras estar moviéndolas tontamente unos años según variaban los censos de unos y otros en cada pueblecito (por si fuera poco, hay al este unas pequeñas comarcas donde el idioma oficial es el alemán…).

¡Qué importante es el asunto de la lengua en todo lo que huele a identitario, y más cuanto más primitivo (cateto) es uno!… (allí, al menos desde el s. XVI, se usa la lengua como arma política –para dividir, naturalmente- y, a mediados del s. XIX, ya podía hablarse de guerra lingüística). “Actitudes catetas” (lenguaje agresivo pero menos bélico) las hay en la calle pero sobre todo entre los políticos, que son los que las insuflan a los que van por la “rue” o por la “straat”, según el caso.

Antes de 1962, a principios de los treinta, esa vez por complejos y reticencias de los valones, se había tomado la decisión de que el país no fuese bilingüe (solo la capital),  que hubiese dos regiones monolingües; ahí empezaron tal vez los problemas más gordos que existen hoy entre ambas comunidades. Durante la ocupación nazi (por cierto: hubo colaboracionismo de fascistas flamencos, pero también valones), la brecha se amplió hasta el límite de lo que admite un conflicto no violento y puso al país al borde de una guerra civil (nada fría) en 1950, al regreso del rey (la abdicación en Balduino evitó la guerra); después, sorprendentemente, el separatismo pasó de valones a flamencos, y éstos dejaron de ser monárquicos (ahora lo son los valones); las explicaciones, que las hay, no consiguen eliminar la sensación de artificialidad que esto me produce.

Y la vida sigue, sin que llegue la sangre al río. Una guerra civil y fría. Bélgica es un Estado que se va desintegrando a cámara lenta sin que se le ponga remedio -dice J. de Regoyos en el libro en que la describe como un laboratorio nacionalista, y que he leído y consultado varias veces-. El rol más supremacista y belicoso ha estado siempre en la región donde estaba el mayor poder económico ¡qué casualidad! (el comercio medieval y renacentista de Flandes, la industria y la minería de la Valonia decimonónica, etc.), y el mayor poder sociológico, ¡qué casualidad!, la lengua correspondiente. Hoy, las mayores similitudes se dan (o creo haberlas visto) entre los separatistas catalanes y flamencos (lo que explica bien la complicidad de Puigdemont con la ultraderecha flamenca, cuya ayuda dejará pronto de serle rentable y le pasará odiosa factura; no sé si es consciente). Los partidarios de la unión, enfrente, se reúnen en torno a la monarquía, la bandera belga y demás símbolos oficiales…

Pero mire usted: al fin y al cabo por allí pasa en realidad la raya que separa la Europa germánica o del norte, y la Europa romanizada o del sur, como bien apunta el mismo libro. Pero aquí no hay una raya así, ni tan grandes diferencias entre unas lenguas y otras (salvo en el caso del vascuence), ni tienen los Pirineos forma de “T” con una mediatriz que apunte al sur y pase entre Fraga y Alcarràs.

Como no quiero alargarme, le dejo a usted que imagine la cantidad de tonterías que pueblan en Bélgica los mundos de la enseñanza, las normas municipales, manifestaciones culturales y festivas (y alguna deportiva), temas de tráfico y taxistas, topónimos tachados, rotulación de establecimientos y las multas correspondientes, oficios religiosos… Vaya usted a aquel gran país, ¡hombre!, pero vaya usted como turista -porque es bellísimo donde los haya-; de lo demás ya sabe prácticamente todo.

Lo que tal vez no sepa es que tras cinco reformas constitucionales (propiciadas por las fuerzas centrífugas), Bélgica se ha ido haciendo un Estado más y más federal, quedando casi vacío de competencias y recursos. Los flamencos, insaciables como no podía ser de otra forma, quieren ahora el estado confederal (antesala de la separación total). Hay un Parlamento y un gobierno en cada región, y multitud de funcionarios y traductores. Los valones, vagos e inútiles, suponen un lastre económico brutal para los serios y laboriosos flamencos, dicen éstos. Los entresijos de la política interna son asombrosos en sí mismos, y asombrosamente parecidos a los nuestros y, en algunos casos, asombrosamente peores que los nuestros.

Ya explica J. de Regoyos que si se convierten en una confederación, el Estado habrá dejado de existir del todo pasando a ser una especie de organismo internacional llamado “Bélgica”, con Flandes y Valonia independientes y soberanas. Y Flandes habrá conseguido de facto su independencia sin salir de la UE (que no apoya tal cosa, ya sabe usted). Es una guerra civil y fría, y también absurda; la lección de las barbas de nuestro vecino (en realidad: 11,4 millones de ellos, con un lema oficial común: “La unión hace la fuerza”… vuelva usted a echarle hoy guindas al pavo). Pero es la lección mala, la de lo que no hay que hacer… porque cuando se trata de lo que hay que hacer, suelen querer darnos “lecciones de democracia”… pero, si se las dieran a sí mismos, tal vez no ocuparían peor puesto que España en el ranking mundial de calidad de las democracias liberales (échele aún más guindas, que el pavo se las pide).

No me ufano. Aquí, sin un lema siquiera, hace tiempo ya que puede considerarse empezada también la guerra fría; los viejos amigos, vecinos y hermanos no nos disparamos balas pero sí recelosas miradas -de las que hieren- desde el otro lado de la calle, o prolongados silencios de los que matan poco a poco… con esa “complicidad” a la que hipócritamente hemos dado la vuelta como un calcetín (en Cataluña, esto es menos metáfora de lo que parece; si aún no lo sabe, créame ya).

Ángel Mazo


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