El aquelarre llamado procés

Manuel Reyes. Foto: PP

Hemos vivido recientemente un nuevo episodio del aquelarre separatista donde el presidente Puigdemont trataba de rodearse de parte de los alcaldes que están a favor del mal llamado “procés”. Un fiasco de concentración que lo ha dejado en evidencia al poderse visualizar destacadas ausencias que ponen de manifiesto que el separatismo pierde fuelle, y que lejos está de poder mostrar el músculo que pretende en este pulso a la democracia que tratan de librar.

Durante estos últimos años los separatistas han ido nutriendo, o mejor dicho, financiando, el populismo fácil. Pagando a charlatanes de poca monta que han tratado de vendernos falsos paraísos que nos harían vivir supuestamente en un mundo de ensueño, donde cualquier cosa sería posible. Desde vivir más años, a apenas trabajar, ganar mucho dinero, pagar muy pocos impuestos, y poco menos que recibir servicios gratuitos son ya un clásico del repertorio del orador separatista.

A estos encantadores de serpientes, siempre apoltronados en cómodos escaños del parlamento de nuestra comunidad autónoma, le quedan muy lejos las verdaderas necesidades y carencias de miles de ciudadanos que ven atónitos como se despilfarra su dinero, y se trata de burlar la legalidad creando un casta separatista que se considera por encima del imperio de la ley y de la justicia.

Quizás tras la estelada ocultan muchos sus vergüenzas del pater familia del nacionalismo que durante décadas se dedicó a sembrar la semilla de la discordia con el resto de España mientras se abultan miles de las olvidadas pesetas (luego euros) en sus cuentas corrientes de paraísos fiscales.

Paraísos fiscales pueden que fueran la fuente de inspiración para emprender ese camino hacia ninguna parte al que nos quieren llevar los herederos del nacionalismo reinventado en separatismo cainita que ha fijado en el 1 de octubre su nuevo hito, su nuevo desafío al margen de toda legalidad.

Pero somos muchos los que no compartimos este ataque a nuestro sistema democrático. Rechazamos el totalitarismo subvencionado con dinero público que establece quienes son catalanes buenos y catalanes malos. A aquellos que buscan el choque de trenes les diría que no merecen nuestra confianza. Han fracasado y su empecinamiento nos hace perder un tiempo valioso que ni Cataluña ni los catalanes nos podemos permitir.


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